Hoi An, la joya escondida

Hoi An, felizmente respetada por la guerra, es hoy un puerto pesquero y el mayor punto de atracción turística en el talle de Vietnam. Al amanecer, es una delicia pasear por la cuidada orilla del río y presenciar la descarga de la pesca.

Francisco López-Seivane

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Actualizado jueves 08/01/2009 18:31 horas

Hay algo muy familiar en esta atractiva ciudad que ocupa el ombligo de Vietnam y le hace a uno sentirse como en casa. Por momentos, al pasear ociosamente por el trecho de viviendas que mira al río, el viajero tiene la impresión de moverse en un territorio familiar y amable. Quizás sean las casas de dos plantas pintadas de albero, o los frescos y ornados patios interiores que se entreven a través de las puertas abiertas, o los impensables tejados de rojas tejas superpuestas al estilo mediterráneo, o, acaso, las balconadas de madera que se asoman a la calle..., lo cierto es que, al atardecer, cuando los locales se encienden y las mesas de los restaurantes ocupan la calle, uno se sienta a cenar con la confianza y alegría de quien se encuentra en un ambiente que siente como propio.

Aún se nota la influencia de los navegantes españoles y portugueses que fondeaban sus naves en este abrigado puerto fluvial. Aquí recalaron Francisco Javier y tantos otros misioneros lusos e hispanos antes de emprender la última singladura a la misteriosa Cipango, guiados por su afán de llevar la palabra del Señor a todos los rincones del planeta.

Durante sus largas estancia
en Hoi An, los mercaderes alquilaban las casas cercanas
al puerto

No fueron los únicos. Faifo, como era conocida la ciudad entonces, fue siempre un floreciente centro comercial que atraía a mercaderes de todo el mundo: indios, portugueses, holandeses, indonesios... Los chinos y japoneses llegaban en primavera empujados por los vientos del nordeste y se quedaban hasta bien avanzado el verano, cuando las brisas estacionales del sur los llevaban de vuelta a casa. Durante sus largas estancia en Hoi An, estos mercaderes alquilaban las casas cercanas al puerto y las utilizaban como almacenes y viviendas. Muchos de ellos terminaron estableciendo bases permanentes en la ciudad, lo que contribuyó a su rápido florecimiento.

Con el tiempo, las colonias chinas y japonesas se organizaron en hermandades y construyeron las extraordinarias casas y templos que hoy se visitan con asombro y han llevado a la ciudad a ser declarada Patrimonio de la Humanidad. Bien avenidos con los habitantes locales, solían financiar numerosos proyectos sociales. Uno de ellos, el llamado Puente de los Japoneses, construido en el siglo XVI por la colonia nipona para salvar un arroyo que separaba su barrio del de los chinos, aún sobrevive con su tejado español que servía tanto para proteger a los viandantes del sol como de las frecuentes lluvias.

Algunas prósperas familias chinas, como los Tran, los Truong o los Fu Kien, se establecieron definitivamente entre los siglos XVII y XVIII y dejaron para la posteridad exquisitas capillas dedicadas a sus antepasados, maravillosos jardines, llamativas fachadas adornadas con cerámica y asombrosas colecciones de objetos de arte: mesas de mármol, figuras de jade, filigranas de oro... Estos ricos e influyentes personajes componían una perfecta síntesis entre ambas culturas y eran respetados tanto por los mandatarios vietnamitas como por los emperadores chinos, tal como muestran las numerosas placas que adornan sus mansiones.

Activo puerto pesquero

En el siglo pasado, sin embargo, el río perdió profundidad y los grande barcos tuvieron que abrigarse en el puerto de la vecina Danang. Hoi An, felizmente respetada por la guerra, es hoy un puerto pesquero y el mayor punto de atracción turística en el talle de Vietnam.

Al amanecer, es una delicia pasear por la cuidada orilla del río y presenciar la descarga de la pesca, con las mujeres limpiando y clasificando las capturas bajo un enjambre de sombreros cónicos, mientras los hombres contabilizan y negocian los precios. Después, hay que dejarse caer por el vecino y efervescente mercado donde todo se compra y todo se vende. Pronto, los vendedores se apoderarán de las aceras y la muchedumbre de las calles y ya todo será un caos de ciclomotores, bicicletas, bocinas, voces, empujones... que sólo los más entusiastas pueden resistir.

Muchas casas que merecen
una visita están habitadas y cobran una módica cantidad
por las molestias

Es el momento de adentrarse en calles más apartadas y apacibles para visitar sin prisa los templos, las pagodas y los maravillosos patios y jardines de algunas mansiones tradicionales. Muchas casas que merecen una visita están habitadas y suelen cobrar una módica cantidad por las molestias de interrumpir su vida cotidiana, pero vale la pena pagar.

Tal puede ser el caso de la vivienda de los Phung Hung, pegadita al Puente de los Japoneses. Hoy día alberga una librería y una exposición de cerámica, pero tiene ocho generaciones a la espalda y fue construida por tres arquitectos: un chino diseñó los balcones, un japonés, el tejado de cuatro aguas y del interior se encargó un vietnamita. Llama la atención una trampa en el piso superior que permitía subir rápidamente las mercancías en caso de inundación.

Hoy, muchos de aquellos almacenes y casas que jalonaban la orilla son bares y restaurantes que permiten disfrutar de un refresco mientras se contempla el trajín del puerto: ferrys, barcos de pesca, estibadores cargados con sacos, mujeres con sus hijos a cuestas... Como el río no es tan ancho, un puente peatonal une ambas orillas. No hay mejor punto de observación para ver correr la vida.

 
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