Sólo la Naturaleza ha sido la responsable de la extraordinaria belleza que exhibe Papua Nueva Guinea, un remoto lugar asomado al mar impoluto de Bismark: flores por doquier, playas idílicas y jardines psicodélicos en los más impresionantes fondos marinos.
A medida que se adentra uno en Madang, la ciudad más importante de Papúa NG que se asoma al mar de Bismark, todo lo que encuentra es verdor y flores: magnolios, buganvillas, flores de pascua, estanques llenos de lotos floridos e inmensas praderas de césped que lo mismo valen para un picnic que para una partida de golf.
Lo menos aparente de Madang son los edificios, todos de una planta y ocultos entre la abundante vegetación tropical que crece por todas partes. Nada destaca en esta hermosa ciudad, si no es la extraordinaria belleza que ha puesto la Naturaleza, mientras el hombre se ha limitado a levantar supermercados.
En el horizonte se alcanza a ver una miríada de islotes, casi todos habitados por unas pocas familias de pescadores. Son lugares de ensueño, moteados de playitas de arena blanca que contrastan con el intenso verdor del manglar, los bananos y las palmeras.
Los niños del lugar manejan las canoas como si fueran una prolongación de su cuerpo
Los niños que viven allí pasan el día en diminutas canoas, en realidad, pequeños troncos ahuecados con un flotador lateral de bambú que les da estabilidad y les hace prácticamente insumergibles. Es tan angosto el habitáculo interior de esas embarcaciones que ni siquiera a un mocoso de ocho o diez años le entran bien las dos piernas... Pero los chicos las manejan como si fueran una prolongación de su propio cuerpo y no es infrecuente encontrárselos en medio del mar regresando de la escuela o transportando racimos de plátanos o cualquier otra mercancía de una isla a otra.
En las cristalinas y cálidas aguas del Mar de Bismark han crecido durante milenios las más extraordinarias formaciones de coral del planeta. Lejos de todas las rutas marinas, de cualquier forma de pesca comercial y a salvo del exterminador turismo de masas, se han desarrollado formas y colores indescriptibles, auténticos jardines psicodélicos donde bailan su misterioso ballet miríadas de peces desconocidos, especies asombrosas que no se han visto jamás en ninguna otra parte.
Aguardan cardúmenes de peces danzando al unísono, criaturas que parecen de otro planeta
Por eso no puedo resistir la tentación cuando Yayoi, una instructora de buceo japonesa que abandonó gozosa la confortable vida que llevaba en su país para disfrutar a diario de este auténtico santuario marino, me anima a zambullirme con ella y a explorar las aguas más bellas y acogedoras del planeta. Yayoi me lleva en una motora fuera de borda, la única embarcación a motor que se ve en muchas millas a la redonda, hasta una pequeña islita, donde anclamos.
Todo el mundo la conoce y un aluvión de mozalbetes rema desaforadamente en sus canoas para acercarse a saludarla. Las madres nos observan tímidamente desde la playa. No más de dos chozas asoman entre la espesura, lo que indica que seguramente no más de dos familias comparten el idílico islote.
Una vez bajo el agua, sigo dócilmente a mi guía como un lazarillo a su amo, pero pronto me olvido de todo. Lo que contemplan mis ojos no puede describirse... Baste decir que es el espectáculo mas extraordinario que he presenciado jamás. Formas tan caprichosas y extrañas que no tienen parangón en la naturaleza, colores tan brillantes que no pueden encontrarse fuera del agua.
Dondequiera que se dirija la mirada, aguarda una sorpresa: cardúmenes de peces danzando misteriosamente al unísono, criaturas con formas tan singulares que parecen de otro planeta... Mientras miro embobado un perfecto abanico formado por delgados nervios de coral amarillo, siento el contacto suave de la mano de Yayoi que me señala algo mientras extiende los brazos como si fuera a volar. Sólo entonces me doy cuenta de que el abanico se encuentra sobre el ala de un avión hundido durante la II Guerra Mundial.
Bajo la formación de coral puede adivinarse intacto el cajetín de las balas
El fuselaje del aparato está intacto, aunque cubierto de corales. Lo recorremos lentamente. Está apoyado sobre la panza, pero en un plano muy inclinado, de tal manera que el ala superior se halla a sólo quince metros de profundidad, mientras la inferior sobrepasa los veinticinco. Yayoi rasca delicadamente con una navajita en un tubo de coral y enseguida asoma el acero del cañón de una ametralladora tan brillante como si lo hubieran bruñido por la mañana. El cajetín de las balas está lleno de proyectiles que pueden adivinarse bajo la formación de coral que los cubre.
La carlinga del avión debió de saltar antes del impacto porque no aparece por ninguna parte, lo que permite a Yayoi acceder con facilidad al asiento del piloto. Ante mi asombro, se desprende del chaleco y la botella y los deja tranquilamente en el asiento contiguo, el del copiloto, mientras se aferra con ambas manos a los mandos como si estuviera pilotando. Para mayor pasmo, se quita el respirador de la boca y se queda tan tranquila jugando en el avión como si se tratara de una criatura anfibia. Después, se coloca todo en un santiamén y me hace señas de que la siga por un laberinto de hermosos corales que han crecido bajo el plano inferior del aparato.
Mucho antes de lo que hubiera deseado se nos acaba el aire y ascendemos lentamente a la superficie. Ya en el barco, me cuenta que se trata de un bombardero americano B25 que fue derribado y cayó muy cerca del islote en que nos encontramos. Como éste, me dice, hay miles de aviones y pecios en las claras aguas del Mar de Bismark, residuos de las duras batallas del Pacífico, colonizados por las más deslumbrantes formaciones de coral que uno pueda imaginarse.
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