Cuando los submarinistas oyen hablar de Bahamas, la mente se traslada rápidamente a los célebres destinos de buceo de Nassau, Abaco, Grand Bahama e islas Bimini, lugares tan increíbles como masificados, sobre todo por el turismo yanqui. Sin embargo, este archipiélago ofrece rincones aún vírgenes y, si cabe, más hermosos.
Estas aguas tienen lo mejor del Caribe y del Atlántico: delfines, tortugas marinas, llamativos peces tropicales y, sobre todo... tiburones de varias especies, incluyendo al temido tiburón tigre, conocido como el caníbal de las profundidades. Éste es, sin duda, un viaje para amantes de las emociones fuertes.
Desde la ventanilla del avión, las Islas Bahamas se asemejan a la paleta de un pintor, con el llamativo azul profundo del océano dominándolo todo y salpicada con manchas de aguas azul turquesa y verde y, ocasionalmente, con islas marrones rodeadas de arenas blancas. Detrás de estas paradisiacas vistas aéreas se asoma un archipiélago compuesto por 700 islas y más de 2000 islotes, cayos y bancos de arena. Este paraíso en medio del Atlántico se localiza a tan sólo 70 kilómetros de las costas de Florida y, para los amantes de las profundidades, es una enorme fuente de recursos marinos naturales debido a la riqueza que albergan sus aguas, influenciadas por la cercanía del Mar Caribe, incluso su temperatura, a unos 27ºC de media, y su visibilidad (30 metros) son más características de las costas caribeñas que de las atlánticas.
En cada rincón de estas islas hay siempre una historia de piratas que contar. Su población autóctona es descendiente de esclavos africanos y vive en gran parte del turismo. Es uno de los más importantes destinos de buceo del mundo y aunque posee unos espectaculares y saludables arrecifes coralinos en los que abunda una enorme biodiversidad de fauna tropical, el plato fuerte del menú submarino es, sin duda, el buceo con tiburones. Aquí fue donde Steven Spielberg filmó su exitosa película Tiburón (1975), que tanto daño ha hecho a esta especie en los últimos 30 años.
Casi todo el turismo que acude a Bahamas, atraído por esos excitantes encuentros con los escualos, lo hace a través de las principales ciudades del país: Nassau, capital de New Providence, y Freeport, capital de Grand Bahama. Los centros de buceo pueden garantizar un arrecife de primera, excelente visibilidad, aguas templadas, barcos hundidos, cuevas, abundante vida marina y, sobre todo, tiburones. Andros, Long Island y New Providence son las islas más famosas para el buceo en las que se encuentran las inmersiones más conocidas: Shark Wall, Shark Arena, James Bond Wreck, Banana Mama, Razorback, Runway...

Sin embargo, si lo que se busca es bucear en lugares poco frecuentados, más desconocidos, pero igual de intensos y emocionantes que los puntos más célebres, el archipiélago sigue ofreciendo numerosas oportunidades para la aventura submarina. Uno de estos sitios está al noroeste de Grand Bahama, en una zona conocida como Little Bahama Bank, lejos de toda la civilización y que sólo es accesible en un crucero de vida a bordo. En este lugar, localizado entre Sandy Cay y Mantanilla Shoal, abundan los arrecifes coralinos.
Las inmersiones de arrecife, como Sherwood Forest, Mini Wall, Olimpus Mount, presentan un perfil irregular de bajo relieve situado a una profundidad máxima de 20-25 metros sobre una plataforma arenosa. Contiene numerosas grietas, cuevas, cañones y formaciones geológicas de roca y coral duro que dan cobijo a más de 400 especies de peces tropicales, algunos tan vistosos como peces ardilla, meros, murciélagos, caballitos de mar, snappers, peces globo y peces ángel, y otros tan enigmáticos como barracudas, pargos, túnidos y, como no, tiburones de varias especies: gris, puntas negras, puntas blancas, limón, martillo, etc.
En prácticamente todas las inmersiones hay encuentros con los escualos, aunque hay dos puntos de buceo, El Dorado y Jack's Jungle, donde la orgía pelágica está asegurada. El sistema que utilizan casi todos los operadores de buceo para garantizar la presencia de tiburones es el llamado feeding, que consiste en alimentar a los tiburones durante la inmersión. Se trata de un método muy controvertido, ya que toda intervención humana en el medio natural implica un riesgo ecológico.
La alimentación de los peces, en este caso los tiburones, muchas veces altera sus hábitos alimentarios naturales, creándoles problemas digestivos y transtornando su capacidad de búsqueda de la comida que necesitan cuando no hay submarinistas cerca. Además, el feeding puede alterar el equilibrio de la cadena alimenticia, ya que los tiburones al no hacerle falta cazar pueden provocar la superpoblación de algunas especies que pueden resultar nocivas para el ecosistema.
El sistema que nosotros empleamos para la realización de este reportaje fue el de utilizar como reclamo trozos de pescado dentro de unas cajas de plástico con agujeros que sólo dejaban pasar el olor del cebo. Los tiburones grises de arrecife, ejemplares algunos de tres metros, atraídos por el aroma, aparecieron a los pocos minutos. El grupo podía estar compuesto por unos 25-30 escualos que daban vueltas sin parar alrededor de las cajas de pescado, ignorando, incluso, la presencia de los buceadores.
La sorpresa fue cuando al olor de la comida también se presentó un convidado que no esta previsto: un tiburón tigre, que posee una de las peores famas del reino animal. Esta especie (Galeocerdo cuvier) es también llamado 'el caníbal de las profundidades' o 'comehombres'. No es extraño encontrar en las costas de Florida ejemplares de cinco a siete metros, que pesan entre 700 y 1.000 kilos. Su comportamiento solitario y arisco hacen del tigre uno de los animales más desconocidos del planeta, sobre todo en lo referente a su comportamiento y biología.

Cuando apareció en escena, sus marcadas franjas negras transversales le delataron enseguida. El estupor y la cautela se adueñó del grupo de buceadores que optaron por desceder al fondo y observar las evoluciones del animal protegidos por el arrecife. No se trataba de un sitio seguro en caso de ataque, pero mucho mejor que estar en aguas abiertas. Durante más de 15 minutos, el tigre merodeó por el arrecife, se acercó con curiosidad a los buceadores y también intentó morder la caja con el pescado. Cuando se cansó de dar vueltas, con los misma soberbia y seguridad que había nadado entre los buzos, se dio media vuelta y desaperció en el azul. Pocas veces, los submarinistas tienen oportunidad de tener un encuentro de estas características.
Además de los tiburones y los peces de arrecife, esta zona de Grand Bahama también ofrece la oportunidad de explorar naufragios hundidos, como el Sugar Wreck, o nadar con delfines. Sin embargo, para esto no hay nunca garantías, ya que los delfines aparecen de improviso en lugares impredecibles (en la zona conocida como White Sand Ridge hay muchas probabilidades de encontralos) y sólo se quedan a jugar con los buceadores si les apetece. Éste es otro de los encuentros más deseado por los amantes de las profundidades.
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