Nadie debe perderse el espectáculo de la salida del sol sobre los grandiosos templos de esta mítica ciudad del noroeste de Camboya. En la capital del antiguo Imperio Khmer, el amante de la belleza gozará con ese cortejo indescriptible que se produce cada mañana entre la luz y la piedra.
A las cinco en punto de la mañana los teléfonos suenan como posesos en las habitaciones de todos los hoteles de Siem Reap. Nadie quiere perderse el espectáculo de la salida del sol sobre los espectaculares templos de Angkor. Una hora más tarde docenas de autobuses vomitan a centenares de turistas que toman posiciones frente al amplio canal que bordea Angkor Wat, el más famoso de los templos de Camboya y uno de los mayores monumentos religiosos del mundo. Cuando los primeros rayos de sol asoman tras las imponentes torres del templo, miles de cámaras se disparan al unísono tratando de captar la belleza del instante. Pero ya se sabe que la belleza es esquiva y sólo se entrega a unos pocos elegidos. Menos mal.
Contemplar cómo la aurora baña de luz las piedras desnudas de los magníficos templos camboyanos se ha convertido en un espectáculo de masas comparable a la visita al Taj Mahal. Ya no hay manera de disfrutar de tan refinadas sensaciones en silencio y soledad. Y no es lo mismo. El bullicio trivial del turista de paquete logra convertir lugares irrepetibles en una especie de parques temáticos donde lo más importante es encontrar cuanto antes la hamburguesería o los tenderetes de souvenirs.
El amante de la belleza gozará, a pesar de todo, con el impacto emocional de sus formas inigualables y ese cortejo indescriptible que se produce cada mañana entre la luz y la piedra. Más tarde vendrá la lección de historia, aún repleta de secretos. Suryavarman II, el rey/dios que lo erigió en el siglo XII, quiso que mirara a poniente, lo que no tiene precedentes en el hinduismo y lleva a pensar a los expertos que el emperador dedicó a Vishnu lo que en realidad concibió como un auténtico mausoleo para que reposaran sus restos por toda la eternidad.
Haría falta un volumen considerable para describir toda la belleza y el simbolismo esotérico que encierra esta auténtica octava maravilla. El canal que lo circunda, lo aísla, lo protege y lo embellece tiene doscientos metros de ancho y haría palidecer al foso del mejor castillo europeo. Los increíbles bajorrelieves que se extienden a lo largo de casi un kilómetro, los patios interiores representando las cuatro yugas del hinduismo o las intrincadas galerías donde un día se alineaban miles de figuras de buda (y que guardan el secreto de la transición del hinduismo al budismo en Indochina) constituyen sólo una muestra de la inabarcable grandeza del monumento.
A la Gran Ciudad de Angkor Thom la defiende un foso de cien metros que, en su día, estaba infectado de cocodrilos.
Pero al turista, en general, le basta con embobarse contemplando las inacabables columnatas, las imposibles escaleras que ascienden hasta la cima de las torres, todas en lo alto de un montículo (el que sustenta la torre principal, dedicada a Vishnu, representa al mítico monte Mehru), la simetría de las formas o las imponentes dimensiones del conjunto. Afortunadamente, antes de que el sol arrecie, a los turistas se los llevarán de vuelta al hotel, donde les espera un opíparo desayuno.
Es el momento ideal para trasladarse a Angkor Thom, la Gran Ciudad fortificada. Sus imponentes murallas de ocho metros de altura se extienden por un perímetro en cuadro de más de doce kilómetros, defendido en toda su extensión por un foso de cien metros de ancho que, en su día, estaba infectado de fieros cocodrilos, ¿otra alegoría del Monte Mehru, rodeado de océanos?
A esta antigua ciudad, en la que se dice que llegaron a vivir más de un millón de personas, se entraba por cinco puertas monumentales, de más de veinte metros de altura. Frente a cada de una ellas, aún se alinean cincuenta y cuatro estatuas gigantes de dioses (izquierda) y otras tantas de demonios (derecha). La más visitada (y mejor conservada) es la puerta Sur, a la que se accede directamente cuando se llega desde Angkor Wat, pero es también un lugar abarrotado de turistas, vehículos a motor y elefantes que se disputan el paso sin contemplaciones. Es mucho mejor entrar por las tranquilas puertas Este u Oeste, a las que llevan escondidos senderos de tierra que rodean la muralla.
Intramuros, en el mismísimo centro geométrico de lo que fuera la ciudad, se levanta Bayon, un complejo arquitectónico rodeado de misterio y fascinación, en el que cincuenta y cuatro torres góticas apuntan al cielo, decoradas en sus bases por 216 enormes rostros sonrientes (que se parecen extraordinariamente al del rey que mandó construirlas). Llevaría semanas adentrarse en el intrincado simbolismo de una obra tan compleja que nadie acierta a descifrar del todo, pero que a todos asombra.
Ta Prohm es un templo budista que necesitaba 80.000 personas para mantenerlo, de las que un total de 615 eran bailarinas.
Un poco más adelante, uno se topa con la Terraza de los Elefantes, una espléndida plataforma de 350 metros de largo, a la entrada de otro perímetro amurallado, Phinemenakas, que un día albergara el Palacio Real del imperio khmer. Otra visita imprescindible que es mejor hacer protegiéndose las meninges con un sombrero.
Cómo el espacio de este reportaje es muy limitado y me veo obligado a dibujar el intrincado entramado de ciudades, palacios y templos que componen el acervo monumental de Angkor con breves pinceladas, aprovecharé el momento más caluroso del día, ése en el que los turistas se hidratan con cerveza y sestean en las piscinas de sus hoteles, para acercarme a Ta Prohm, el Monasterio del Rey, un templo budista construido en el siglo XII y que conserva, escritos en sus piedras, datos que asustan: en su mantenimiento se empleaban 80.000 personas, de las que 615 eran bailarinas.
Lo más destacado de este lugar, sin embargo, es que aparece devorado por la selva. Docenas de árboles gigantes abrazan con su poderosas raíces las paredes del complejo como si fueran tentáculos de un monstruo descomunal, descoyuntando las piedras e imponiendo el imperio de la naturaleza sobre el del hombre. La impresionante visión de esta batalla eterna induce a la reflexión sobre lo efímero de los imperios y las obras humanas. Lo bueno aquí es que se puede disfrutar y reflexionar a la sombra de árboles centenarios.
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