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El final del mundo más deseable

Dice una renombrada revista que es el archipiélago más deseable del mundo. Cierto o no, las Islas Feroe, que están a 1.300 kilómetros de Dinamarca y son un lugar recóndito y perdido en medio del Atlántico Norte, son un prodigio natural diferente a todo cuanto existe.

María Ramírez / Fotos: Begoña Rivas

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Actualizado miércoles 12/11/2008 17:24 horas

En el extremo frío y silencioso del aeropuerto de Copenhague donde se suele esperar el embarque del avioncito hacia las islas Feroe, es difícil identificar algún turista -parece que pocos han seguido el consejo de National Geographic, que el año pasado proclamó este destino como el archipiélago más deseable del mundo-. El extranjero siente una mezcla de expectación y trepidación, mientras el inglés ha desaparecido de anuncios, carteles y charlas, y ya sólo prima el danés y el feroés, la lengua descendiente del antiguo vikingo que aún hoy hablan unas 50.000 personas de las nacionalistas islas de Dinamarca, a 1.300 kilómetros de la tierra madre. Una niña con zapatos de flamenca se pasea frente a grandes mujeres de ropa anticuada y unos pocos trajeados que hacen negocios en el paralelo 62, en esta tierra recóndita y perdida en el camino que lleva al Polo Norte.

Tras un vuelo tranquilo -una rareza en el estrecho del Atlántico Norte donde la corriente del Golfo se mezcla con las aguas árticas-, entre las nubes aparece un tapiz verde: la hierba que cubre las colinas hasta el agua de las sinuosas orillas entre las 18 islas que forman el archipiélago que su autor nacional, William Heinesen, llamó «una mota de arena en el suelo de un salón de baile». De las colinas sin árboles ni arbustos brotan continuas cascadas entre rocas talladas por siglos de historia glacial y volcánica, el hábitat de una extensísima variedad de pájaros, entre muchos otros, el frailecillo, una especie de pingüino pequeño y más ágil.

Después de cruzar de la isla de Vagar a la más poblada, Stremoy, en uno de los túneles submarinos por lo que los feroeses son célebres, la naturaleza virgen se empieza a animar con casas de madera multicolor y techos recubiertos de hierba, una tradición estética y que protege del frío. Las construcciones se hacen un poco más continuas y se abren alrededor de un pequeño puerto, el de Torshavn, la capital más pequeña del mundo, con unas 19.000 personas, la mayoría amigables, aunque muy parsimoniosos.

El mítico Paralelo 62

«Nos llaman la 'tierra del quizás', porque somos un pueblo pesquero. La pesca depende del tiempo y el de aquí, con las tormentas, pueden ser muy violento. Nada nos afecta demasiado», explica Janus Nordberg, profesor de Economía de un instituto profesional y ex pescador en una comunidad marcada por las tradiciones del mar (como la de acorralar a las ballenas hasta que encallan para trocearlas y repartidas entre todos los habitantes del pueblo donde haya tocado, aunque sólo unos pocos participaran en la caza). Por la cocina de su colegio, a las afueras de Torshavn, pasa el paralelo 62, un símbolo de su proverbial aislamiento y lejanía, y un motivo de orgullo para los feroeses por su especialidad.

La vida súper-moderna tras las paredes de casitas de madera parece a años luz del camino al borde de los acantilados

Pero en esa escuela, como en los hoteles, en los restaurantes y en casi todas las casas, entre ovejas oscuras y praderas excavadas por glaciares, hay siempre conexión a Internet, con una tasa más alta incluso que en el resto de Dinamarca. El comedor tiene el toque nórdico del diseño simple y natural que tanto gusta aquí �los suelos del bello Museo de Arte Nacional están hechos con los árboles caídos de una tormenta- y los coches a la puerta son último modelo. La diminuta ciudad tiene el auditorio más nuevo y moderno de los países nórdicos, periódicos que compiten con ferocidad, una vida política intensa -por el debate de la relación con Dinamarca y con la UE, de la que los feroeses decidieron no formar parte en un referéndum en 1979- y cable conectado con la CNN y las grandes cadenas del mundo.

Y aún así la vida súper-moderna tras las paredes de casitas de madera parece a años luz en el estrecho camino al borde de los acantilados de obligado recorrido para conocer el corazón histórico de las Feroe, la aldea de Kirkjubour, donde quedan los muros de piedra gastados por el viento y el mar de la catedral gótica, alrededor de la cual la vida giraba en la Edad Media. A su lado, una pequeña iglesia de madera -siempre abierta en una cultura que no cierra las puertas- guarda la Biblia más antigua en islandés, la lengua más cercana al feroés y que los locales prefieren antes que el danés: hacia éste queda un viejo resentimiento por el pasado dominador de Copenhague.

Aquí también queda la granja de los Patursson, políticos, artistas y líderes de la comunidad, que viven desde hace 17 generaciones en este paraje de inquietante belleza. Algunos de los feroeses que llegan a ese lugar no pueden evitar que se les salten las lágrimas de la emoción por la vista y la historia de este rincón.

Sjúrður Skaale, el cordial y joven líder del Partido Republicano, independentista, y que habla un español casi perfecto porque estudió en la Complutense de Madrid, explica la magia de las islas: «Si viajas y todo parece igual, la vida es más pobre. Pero cuando encuentras algo que es diferente, un idioma diferente, una cultura diferente, eso es lo que da riqueza al planeta; la cultura y el idioma de las Feroe dan un poco de color al mundo».

 
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