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TROTAMUNDOS EN CHILE (VI)

El río de la vida

A 4.300 metros de altitud, el campo de fumarolas más grande del hemisferio sur da de beber a miles de personas que habitan en las cuencas de los ríos Loa y San Pedro. Bosques de cactus, antenas de comunicación extraterrestre y caminos incas hacen de El Tatio un lugar conmovedor.

Texto y fotos: Jorge Barreno

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Actualizado viernes 07/11/2008 17:36 horas

El frío de la mañana congelaba las extremidades de la veintena de turistas que subía a la cima del volcán Licancabur. Miraban absortos una manada de vicuñas. Los camélidos, mitad cervatillo, mitad cabra montesa pastaban tranquilos a 4.500 metros de altura. Mascaban su alimento preferido, la paja brava. De repente, se oyó un chasquido inesperado. Una fuerte explosión hizo saltar al animal por los aires. Una antigua mina, último resquicio de la Guerra del Salitre entre Bolivia, Chile y Perú, fue la responsable.

"Otra causa frecuente de la muerte de este tipo de animales, entre los que se encuentra la llama, el guanaco y la alpaca es el estrés", admite el conductor de vehículos turísticos Tirso Gómez. "Debido a la altura los animales del altiplano necesitan bombear mucha sangre y enseguida se estresan. A veces se mueren de un susto", aclara este chileno nacido en las inmediaciones de la ciudad sureña Puerto Montt.

El mal de altura, puna, soroche o hipoxia (descenso de la biodisponibilidad de nuestro organismo para captar el oxígeno del entorno) es el mayor de los problemas que se presenta en el altiplano. San Pedro se encuentra ya a 2.400 metros sobre el nivel del mar, medida en la que los médicos advierten de que pueden empezarse a producir náuseas, vómitos, falta de apetito, agotamiento físico y trastornos del sueño.

A una hora en coche de la ciudad del adobe, a cuatro kilómetros de altura, se hallan lagunas altiplánicas de Miscanti y Miñiques. Para llegar a este universo de colores hay que bordear el salar de Atacama y pasar por encantadores oasis de Socaire y Toconao, producto de la colonización española. En las inmediaciones de Socaire se produce un extraño fenómeno. Al parar el motor de los vehículos en un punto determinado, con una cuesta considerable, éstos suben en vez de bajar.

Un duende escondido

El porqué de este hecho físico extranatural es toda una incógnita. Algunos dicen que se trata de un efecto óptico, aunque hemos comprobado con nuestros propios ojos que los coches realmente suben. Otros piensan que un duende escondido detrás tira de los vehículos con una cuerda. Lo cierto es que las montañas de este peculiar lugar contienen gran cantidad de minerales. De hecho, la mitad de las reservas de litio mundiales se encuentran en las inmediaciones de San Pedro.

El agua cae en las cumbres de las montañas atacameñas en forma de nieve, se filtra entre las rocas y se almacena en forma de vapor en las capas freáticas. Traviesa, busca alguna grieta por donde ascender vertiginosamente hacia la superficie. El ciclo de la vida vuelve a empezar en El Tatio.

Es aconsejable acercarse hasta este confín vaporoso antes del amanecer, cuando un sólido vaho recubre la pradera.

Un borboteo semejante al del agua cociendo anuncia la presencia. El campo de géiseres de El Tatio es el más grande del hemisferio sur, y el tercero a nivel mundial. Abarca un área de 10 hectáreas. El agua emerge a unos 86 Cº en forma de vapor ya que a esta altura, 4.300 metros, el líquido elemento se condensa.

Es aconsejable acercarse hasta este confín vaporoso antes del amanecer, cuando un sólido vaho recubre la pradera. La temperatura ronda los -15 Cº, pero los más valientes se atreven a bañarse. Mientras, los primeros rayos de sol descongelan los charcos helados y los vasos sanguíneos.

Siguiendo el curso de la fuente que emana en El Tatio, nos topamos con unos cuantos bosques de cactus. Los gigantes esponjosos alcanzan los tres metros pese a que sólo crecen dos centímetros al año. A pleno sol, la temperatura no baja de 20 grados. Sin embargo, aún se puede ver gran parte del riachuelo helado, fundiéndose a la velocidad de la luz. Los zorros de rabo, la chachacoma (un remedio casero contra el mal de altura), el pingo-pingo (efedra) y la rica-rica (para respirar mejor) crecen a sus anchas en este escenario sacado de una película de John Wayne.

El curso de la vida

Si continuamos el descenso por el curso de la vida, el riachuelo que nace en El Tatio, encontramos Machuca, un poblado excesivamente turístico en el que afirman vivir tres personas. Aquí, los zooms de última generación conviven con los niños de zapatos roídos, las placas solares (donación norteamericana) producen energía junto a los hornos que aún queman madera de cactus. Mientras tanto, un todoterreno japonés luce bien junto a un tastarro oxidado sin motor que sirve de tendedero.

En Machuca, las empanadas de llama, que cuestan un euro (7.000 pesos), se acompañan de una Coca-Cola, que sale por euro y medio (10.000 pesos). "Ahora por lo menos nuestros nietos pueden ir a la universidad", sentencia Juana Portillo, la guardadora de la iglesia. Seguidamente espeta: "¡Una monedita, por favor!".

En Machuca, las típicas empanadas de llama, que cuestan un euro, se acompañan siempre de una Coca-Cola.

Ya en el salar de San Pedro, un cartel dice: Alma Proyect. En menos de un año, 64 antenas se instalarán en las inmediaciones del volcán Chulquentón, a 5.000 metros de altura. Su finalidad es el contacto con la vida extraterrestre.

Un poco más abajo, un pastor conduce a su rebaño de llamas por el camino inca, un sendero que une el norte de Chile con su antigua capital, Cuzco. Cerca, los restos de un bosque de tamarugos, plantado por el gobierno chileno en los años 70, da sombra a los cansados animales. El exceso de minerales y la desidia de los plantadores, que introdujeron los árboles en la tierra con una bolsa, han acabado con la mayoría.

En San Pedro, una manifestación recibe al visitante. Exploración = extinción, pone en una pancarta. La ENG (Empresa Geotérmica del Norte) quiere hacer prospecciones en El Tatio. La energía del campo de géiseres produciría 6.000 megavatios anuales, suficientes para abastecer a toda América Latina. "Si lo exploran se producirá un desastre medioambiental. Es como si a una tetera le abrieras otro agujero por donde se escapara el vapor", explica el conocido juez Juan Guzmán, presidente de la comisión jurídica contra las prospecciones de El Tatio. A lo lejos, un indio likanantaí canta al agua: "Tenemos que cuidar la Tierra como si fuera una novia. Es lo más sagrado. Es la vida que da la vida".

Los antiguos moradores de la región llamaban al campo de fumarolas El viejo que llora. Aún hoy, de El Tatio procede el agua que da de beber a miles de personas entre las cuencas de los ríos Loa y San Pedro. Unos cantan al agua, y otros la quieren para producir energía más barata y lucrarse. Y así, nos despedimos con pena de un lugar en el que las fuerzas minerales, espirituales y el agua se mezclan para formar el río de la vida.

 
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