El encantador pueblo de Sidi Bou Said, a 25 kilómetros de Túnez capital, fue el retiro espiritual de un barón de renombre. Después, de Jean-Paul Sartre, Oscar Wilde, Paul Klee y Le Corbusier. Ahora, de cualquiera en busca de estilo, mar, belleza andalusí y té con piñones.
Quizá el domingo no sea el mejor día para visitar este cautivador pueblo del norte tunecino si lo que se busca es paz y alguna que otra dosis de brisa mediterránea. Entonces, la cercana capital, Túnez, a unos 25 kilómetros, parece cerrar sus puertas al ajetreo diario y sus habitantes buscan en masa la playa, un paisaje agradable en el que perderse y ese azul y blanco que salpica toda la fisionomía de Sidi Bou Said, alzado en lo alto de un acantilado con vistas al mar.
Si lo que se quiere, en cambio, es codearse entre los cafés con algún anciano del lugar mientras llena apaciblemente la pipa de fumar con su tabaco o ver cómo la señora de la casa tiñe de cal sus paredes, el domingo es la mejor opción. También habrá que ingeniárselas para regatear con tino en los puestos de artesanías que copan literalmente la avenida principal, entre sus eficientes vendedores con sheshiya (típico gorro tunecino) y chilaba (los más jóvenes cada vez la usan menos) y mujeres que invitan a acicalarse con henna.
No sólo los lugareños (de clase medio-alta eso sí; que aunque Túnez haya evolucionado a pasos de gigante en los últimos años, las diferencias sociales aún son un estigma) se dejan ver por esta villa de tradición marinera, raíces púnicas (y después romanas, turcas, italianas...) y 700.000 habitantes.
También es uno de los destinos preferidos por los viajeros, ya que suele formar parte de los programas organizados por las decenas de touroperadores que trabajan en Túnez. Aunque no hace falta. Muchos turistas se las apañan solos para coger un tren desde la capital y llegar, en algo más de media hora, a este apacible enclave más parecido a las islas griegas e incluso a Ibiza que al propio Magreb en el que se ubica. Lo permite la seguridad que el Gobierno se ha esforzado en lograr en el país.
Los turistas se las apañan para coger un tren desde la capital y llegar, en no más de media hora, a este apacible enclave.
La culpa de la visita también la tiene esa fama de reducto alejado del mundo y poblado de artistas, bohemios y "gente loca" (como se afanan en decir entre risas los guías) que se ganó la localidad desde que el barón Rodolphe d'Erlanger decidiera ponerla de moda en 1912. Le bastó con construir un inconmensurable palacio de inspiración andalusí (hoy sede del prestigioso Centro de Músicas Árabes y Mediterráneas) desde el que vigilar los atardeceres e invitar a los intelectuales de la época.
A partir de ahí comenzaron a ser conocidas las tertulias de Jean-Paul Sartre acompañado de su inseparable Simone de Beauvoir. O las de Le Corbusier o el Nobel de Literatura francés André Gide, que acostumbraba a pasar largas temporadas en el país. Y sobre todo en el Café des Nattes, el más popular de Sidi Bou Said, también conocido por El Alia (El Alto), en clara alusión a la calle empinada en la que se encuentra. El café, arriba del todo, con su interminable escalinata como puerta de acceso fue, durante un tiempo, parte de la Mezquita, otra visita obligada.
Pero la zona ya era objeto de deseo de intelectuales antes de la llegada del barón, Sartre y compañía. El mismo Gustave Flaubert centró su novela Salambo por estos lares, en concreto Cartago, con las guerras púnicas como telón de fondo. Y Oscar Wilde se dejaba ver por los cafés azulados de Sidi Bou Said en busca de nuevas inspiraciones.
El barón d'Erlanger hizo que se promulgase una ley que obliga a pintar las casas de blanco y azul, color de la buena suerte.
Por su parte, el barón d'Erlanger, a la sazón pintor y compositor especializado en música árabe, fue también el responsable de la estética azul y blanca que caracteriza al lugar, ya que sus buenas relaciones con el Gobierno hicieron que se promulgase una ley que obligaba (y sigue haciéndolo) a los residentes a pintar sus casas de blanco, a excepción de puertas, ventanas y celosías. Éstas deben ser azules, color de la buena suerte en el mundo árabe.
Esas mismas tonalidades fueron decisivas en la obra del pintor suizo Paul Klee, que llegó a decir que el color se "había apoderado" de él nada más atravesar las angostas y todavía adoquinadas calles de Sidi Bou Said, entre sus patios con olor a jazmín y té de menta con piñones. La luz mediterránea transformó su obra para siempre.
Como la de Abu Said el Baji, un poeta sufí que, en el siglo XIII, decidió retirarse en lo alto de este precipicio que otea el Golfo de Túnez a modo de fortaleza impenetrable. Aquí está su tumba, lugar de peregrinación de los tunecinos, hasta tal punto que el pueblo debe su nombre al poeta.
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