Ayutthaya, la ciudad que fue testigo de una época dorada

Fue la capital de Tailandia cuando ésta se llamaba Siam, una de las ciudades más prósperas del sudeste asiático, uno de los centros mercatiles más importantes de Oriente. Hoy un Parque Histórico acoge sus ruinas, fruto de la barbarie, y brinda un bonito paseo por el esplendor y la caída de un reino.

Noelia Ferreiro

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Actualizado jueves 01/04/2010 15:01 horas

Aun sin conocer su pasado, la simple entrada en Ayutthaya induce a caer en la cuenta de que es uno de esos lugares vapuleados por la Historia. Tienen las ruinas de esta ciudad oriental el esplendor mustio de las viejas glorias que ya no lo son, el aura melancólico de los grandes imperios venidos a menos.

Es cierto. Mejores tiempos que los que hoy corren vieron aquellas piedras centenarias, las mismas que se erigieron durante uno de los reinados más influyentes del sudeste asiático. Porque ahí donde se la ve -imponente pero olvidada; fastuosa pero decrépita- Ayutthaya fue la capital de Tailandia, en aquella época remota en que a este bello país, todavía, se le conocía por el nombre de Siam.

Eran los años de la prosperidad, del 'glamour', de la tímida, pero decisiva apertura a Occidente.

Eran los años de la prosperidad, del glamour, de la tímida, pero decisiva apertura a Occidente. Ayutthaya, cuyo nombre completo significa ciudad impenetrable, había sido fundada en 1350 por el rey Ramathibodi I (el afamado U Thong), que llegó desde tierras lejanas huyendo de una epidemia. Le hizo falta poco tiempo para extender su dominio: a mediados del siglo XVI, este reino controlaba, desde esta sede de las llanuras centrales, buena parte del territorio del país.

Durante este periodo florecieron las artes decorativas, se acometieron reformas legales y se fomentó el comercio con el resto del mundo hasta hacer de esta capital uno de los centros mercantiles más importantes de Asia. Rendidos ante su magnificencia, pusieron pie en Ayutthaya los primeros europeos, y no sólo aquellos que se movían al olor del trueque sino también misioneros, mercenarios o simples aventureros en busca de nuevos horizontes.

Opulentas falúas reales

Todos -portugueses, franceses, daneses, ingleses...- quería tender lazos de influencia con la ciudad más boyante del momento. Cuentan viejos documentos de la época que lo primero que veían los visitantes extranjeros eran las opulentas falúas reales atestando los cauces fluviales. Y que por esta razón, Ayutthaya llegó a ser bautizada como 'la Venecia de Oriente'.

No era para menos. Asentada en la confluencia de tres ríos -Chao Phraya, Lop Buri y Pasak- la ciudad quedaba rodeada por el agua, convertida en una isla a la que vertebraron de canales para favorecer la comunicación interna. Sobre este ingenioso trazado, los avispados arquitectos del reino levantaron los famosos wat, esto es, los templos que componen el conjunto, unas estructuras tan profusamente ornamentadas que causaron fascinación.

Cuentan viejos documentos que Ayutthaya llegó a ser bautizada como 'la Venecia de Oriente'.

Aunque inspirados en el pasado, los artífices de estas joyas arquitectónicas modificaron levemente ciertos aspectos y con ello lograron dotar de originalidad a lo ya conocido. Esto explica, por ejemplo, que al Wat Ratchaburana -que es, en principio, de estilo jemer- le tallaran unos budas sentados en las hornacinas de su prang, esa torre en forma de mazorca que es característica de los templos importantes. O que para el Wat Phra Si Sanphet, de estilo Sri Lanka, idearan una espiral en forma de anillo para diferenciar a su chedi o estructura en forma de campana. Era ésta, pues, la impronta ayutthaya.

La isla central acogía los lugares más impresionantes. Entre ellos, y sólo por citar algunos entre los cientos que conforman el lugar, estaba el Wat Mahathat, considerado en su día el centro del universo. Era éste un complejo enorme, con más de 200 chedis y un esbeltísimo prang, en el que residía el patriarca supremo junto a las reliquias de Buda.

También estaba el Palacio Real, que era el centro adminstrativo de la ciudad y que albergaba un conjunto de jardines y edificios, tales como las oficinas de gobierno, los salones del trono y las estancias donde tenían lugar las ceremonias de coronación. Y en sus aledaños, el ya citado Wat Phra Sri Sanpeth, que fue en sus inicios una capilla privada del rey y que ocultaba una imagen de Buda recubierta toda de oro.

El saqueo de un imperio

Cuatro siglos, 33 reyes y diferentes dinastías recorrieron el reinado Ayutthaya, que tocó a su fin después de muchos años de luchas con Birmania (hoy denominada Myanmar), cuando se produjo el tremendo saqueo de su capital en el año 1767. Estos ejércitos atroces tuvieron el detalle de respetar la arquitectura, pero incendiaron y devastaron la ciudad y decapitaron muchas -casi todas- las estatuas budistas. Fue el fin del esplendor.

Poco más tarde se construiría una nueva ciudad a 76 kilómetros al sur, junto al río Chao Phraya. Una ciudad que primero fue llamada Krung Thep (ciudad de los ángeles) y que después adoptaría el nombre de Bangkok. Esta ciudad estaba llamada a ser la capital definitiva de un país que, ya terciado el siglo XX, pasó a ser denominado Tailandia.

Pasear hoy entre las ruinas que conforman el Parque Histórico de Ayutthaya, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1991, es revivir aquella época dorada, vanidosa y exótica. El Buda más famoso del conjunto, ése que se ecuentra entrelazado en las raíces de un ficus, deja adivinar cierta ironía bajo la expresión de sosiego de su rostro. Algo así como si repitiera: "Los caprichos que tiene la Historia..."

 
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