Rabaul, una moderna Pompeya

Como si de una moderna Pompeya se tratara, la mitad de Rabaul, en Papúa Nueva Guinea, permanece enterrada bajo varios metros de una ceniza tan fértil que ya está empezando a crecerle selva. La belleza natural del paisaje es superlativa, pero no es mucho lo que un turista puede hacer aquí si no está interesado en vulcanología o en las hazañas bélicas de la Guerra del Pacífico.

Francisco López-Seivane

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Actualizado viernes 31/10/2008 18:01 horas

El Focker que me trae desde Port Moresby sobrevuela antes de aterrizar la hermosa bahía de Rabaul, perfectamente circular y festoneada por no menos de seis volcanes. Por un momento, me siento atrapado por la magia indescriptible del paisaje hasta caer en la cuenta de que la inmensa columna de humo blanco que asciende hacia el cielo desde la boca cónica y negra del pequeño Tavurvur son los gases de una reciente erupción que tiene al océano hirviendo como un puchero y ha generado un río amarillo de sulfuro que cruza la bahía.

Desde el aire, parece un brochazo impresionista pintado sobre el agua. Es entonces cuando lo racional se impone a lo bucólico y comprendo que la hermosa bahía que se extiende a mis pies no es otra cosa que una inmensa caldera volcánica en plena actividad.

En efecto, cerca del Tavurvur la tierra ya verdea ocultando la densa capa de ceniza negra que cubrió más de la mitad de la ciudad en 1994. Esta vez Dios estuvo de parte de los católicos y muchos salvaron su vida refugiándose en la iglesia alemana, cuyos tejados inclinados dejaron resbalar la ceniza al suelo. Fue uno de los pocos edificios que quedaron en pie, junto al Hotel Rabaul y algunos galpones del puerto. La mayoría de las casas, de techumbre plana, no resistieron el peso de las rocas pulverizadas que llovieron durante días sobre ellas hasta derrumbarlas.

Éxodo en el paraíso

Hoy no queda en la ciudad ni el cinco por ciento de los habitantes que había entonces. La inmensa mayoría optaron por trasladarse a Kokopo, a unos veinte kilómetros de distancia, lo que les permite seguir contemplando la chimenea humeante del Tavurvur sin sobresaltos. Como si de una moderna Pompeya se tratara, la mitad de Rabaul permanece enterrada bajo varios metros de una ceniza tan fértil que ya está empezando a crecerle selva. Lo que cuesta en Castilla criar un poco de hierba no es nada comparado con lo que cuesta aquí evitar que la lujuriante selva se lo coma todo.

Al término de la guerra, el bunker de Yamamoto se convirtió en un museo

Gran parte de lo que hace poco constituía una bella población abrigada en la bahía no es ahora más que una escombrera cubierta de maleza. Por una pista de picón negro todavía se accede al bunker desde donde el Almirante Yamamoto dirigió la campaña del Pacífico contra las fuerzas aliadas. Al término de la guerra, el bunker se convirtió en un museo al que ahora no se puede entrar, aunque me aseguran que aún conserva los espléndidos mapas de la isla que especialistas militares dibujaron primorosamente en paredes y techos con tinta japonesa.

En 1914, tras estallar la I Guerra Mundial, fuerzas australianas tomaron la isla de New Britan, en el Mar de Bismark, donde los germanos habían instalado su capital, y se hicieron cargo de los territorios de la colonia hasta que, en 1942, los japoneses, conscientes de la gran importancia estratégica del puerto de Rabaul, la invadieron para instalar allí el Cuartel General de su flota en el Pacífico, al mando del famoso Almirante Isoroku Yamamoto, el estratega responsable del bombardeo de Pearl Harbour.

Pero la verdadera razón por la que los nipones eligieron Rabaul estriba en la profundidad de las aguas de su puerto que permitía a los submarinos acercarse casi hasta la misma costa y emerger por la noche para abastecer a la guarnición de víveres y municiones, burlando la estrecha vigilancia de la Marina y la Aviación aliadas. Las barcazas de desembarco se dirigían directamente a túneles excavados en la roca donde permanecían ocultas durante el día. Yamamoto hizo construir un entramado de cerca de setecientos kilómetros de túneles donde soldados y equipos se abrigaban de las bombas aliadas.

Misiones y cocoteros

La belleza natural del paisaje es superlativa, pero no es mucho lo que un turista puede hacer aquí si no está interesado en vulcanología o en las hazañas bélicas de la Guerra del Pacífico, que Clint Eastwood ha vuelto a poner de moda. Los alemanes, dueños y señores de la isla hasta 1914, dejaron varias misiones e inmensas plantaciones de cocoteros que todavía perfilan el paisaje con la belleza de sus palmas y la escrupulosa geometría de los esbeltos troncos que se extienden hasta el infinito en impecables ringleras, produciendo cada año una cantidad ingente de copra que ha convertido a la provincia de East New Britain en la más próspera de Papúa Nueva Guinea.

Los alemanes, dueños y señores de la isla hasta 1914, dejaron varias misiones y plantaciones de cocoteros

Y también en una de las más visitadas por haber sido, como digo, el formidable escenario en el que las grandes potencias militares del siglo XX cruzaron a muerte sus cuernos de fuego ante la mirada atónita de los indígenas.

Me llaman la atención, mientras navego lentamente por la bahía en el único barco a motor que se ve sobre el agua, unos peculiares pájaros que no cesan de sobrevolar el volcán. Mi acompañante me dice que se llaman ñiok y abandonan los huevos, de mayor tamaño que su propio cuerpo, en el suelo para que se incuben rápidamente con el calor que desprende la tierra. No hace falta decir que la mayoría de esos huevos terminan en las sartenes de los despabilados indígenas que no temen acercarse en sus canoas a las faldas del volcán, donde hierve el agua del mar y huele permanentemente a azufre.

 
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