Acogedora y hermosa, próspera y polifacética, esta ciudad universitaria del corazón de Flandes se resiste a ser un mero escaparate. Su arma: la animación constante en el muelle, desde la mañana hasta la noche. Por algo tiene, como buena belga, un sinfín de cervecerías.
De no ser por la marabunta que a estas horas abarrota el Graslei de Gante, la escena podría ser la propia de una pintura flamenca: los colores brillantes, la profusión de detalles arquitectónicos y esa luz matizada que barniza de misterio el paisaje urbano y que hace que hasta el aire pueda palparse.
Pero ocurre que es media tarde en el muelle artesanal de la ciudad -su traducción es el muelle de las Hierbas- y en ambas márgenes del río Lys bulle la algarabía de cientos de jóvenes, que han llegado en bicicleta para sentarse en el mismo suelo y compartir cervezas y risas. Un ritual con el que se viene a apurar el sol de primavera, que los fríos de este año han sido muy duros. Y con el que, sin quererlo, se dota también a la ciudad de una curiosa incongruencia: ese ir y venir de rastas, tatuajes y piercings en un auténtico escenario medieval.
Las románticas casas gremiales, que nacieron para defender derechos, se han reciclado en bares y restaurantes
Gante, la tercera ciudad de Bélgica, tiene una intensa vida universitaria, lo cual aviva aún más el fuego de su rebeldía. Esa rebeldía que se remonta a la época de Carlos V -el más afamado gantés-, a quien el pueblo truncó su intento de imponer una subida de impuestos. De la misma manera en que entonces se sublevó contra el emperador -¡ay de esa humillante condena que hoy han convertido en fiesta: salir a la calle descalzos, cubiertos por una saya y con una soga al cuello!- esta urbe impone en los tiempos que corren otras resistencias más mundanas. Una de ellas es la de limitar la explotación de su belleza. Como la mujer que no sólo quiere ser bonita, Gante se niega a ejercer de mero escapare, de esmerado museo al aire libre. Para eso, pensarán algunos, ya está su vecina Brujas.
Puede que el Graslei sea la muestra más evidente de esta animación diurna, siempre bajo la sombra de sus románticas Casas Gremiales -la de los Albañiles, la de los Marineros Libres, la de los Medidores de Cereales...- que nacieron para defender los derechos de asociación, y que hoy se han reciclado en tiendas, bares y restaurantes. Pero, muy cerca, también rivalizan las terrazas por aumentar el ambiente en la calle: en el Korenlei o muelle del Trigo, donde las aguas del canal reflejan los palacetes clásicos. Por cierto que hallamos aquí el colmo de lo antiguo y lo nuevo: el Hotel Marriott, inaugurado en 2007, que esconde tras su fachada medieval un interior rabiosamente vanguardista.
Dicen que sólo la visita a dos de sus innumerables monumentos -no hay que olvidar que es la ciudad flamenca con mayor número de edificios históricos- ya justifica el viaje: la Catedral de San Bavón y el Castillo de los Condes de Flandes. En el primero, una joya de arquitectura ecléctica -románico, gótico, barroco-, sobrevive una de las primeras muestras de la escuela primitiva flamenca: el retablo de La Adoración del Cordero Místico, de los hermanos Van Eyck. En el segundo, toda una obstentación de riqueza, poder y dominio, se puede ver hoy en día un repertorio de instrumentos de tortura.
Aún sobrevive una obra de la escuela primitiva flamenca: La Adoración del Cordero Místico, de los hermanos Van Eyck
Pero más bien Gante, con su casco histórico semipeatonal, invita a una marcha lenta, a una parada a cada paso. Por ejemplo, en el Puente de San Miguel, desde donde se aprecia la magnífica enfilada de atalayas: la de la citada Catedral de San Bavón, la de la Iglesia de San Nicolás y la Torre Campanario, gris y solitaria, que se alza sobre la ciudad con su campana Rolando y ese dragón en lo alto que protege las libertades.
Despacio también se recorre el encantador barrio de Patershol, antiguo arrabal de obreros y curtidores que se salvó por los pelos del derribo: gracias a su restauración, hoy luce un bonito entramado de callejas que -cómo no- están a rebosar de restaurantes: Amadeus, especializado en costillas; Vier Tafels, en carne de cocodrilo... Incluso un canario: La Malcontenta, con su inprescindible mojo picón.
Claro que antes de comer habrá que tomarse una cerveza fresca. Buena opción es Dulle Griet (Margarita la loca) que tiene el honor de ofrecer 250 tipos diferentes. Cerveza que es servida en un enorme recipiente con forma de reloj de arena, previa entrega al camarero de uno de los zapatos del cliente. Sólo cuando éste acabe la ingesta, si aún hay lucidez que lo permita, tendrá que reclamarlo en la barra para que le sea devuelto.
Puede que se quiera continuar el periplo clásico por el Canal del Amor, con coquetos cafés sobre el agua y hermosas vistas al castillo. O puede también que uno opte por una senda del siglo XXI, como es la del Callejón de los grafitis (Graffiti Straatje), colorida y efervescente. Si se tiene la suerte de ser domingo, y además de que haga buen tiempo, aguardan seis mercadillos: de flores, de ropa, de pájaros, de antigüedades, de curiosidades varias... Incluso hay una visita guiada por los mismos -y gratis- con un pregonero gantés.
Ya después caerá la noche y se abrirán mil alternativas. Entonces la iluminación -por la que esta ciudad se ha ganado varios premios- le conferirá un aire mágico. Ahora sí, Graslei, sumida en el silencio, parece una pintura flamenca.
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