Valparaíso, un pintoresco festival de colores al borde del Pacífico, aguarda al viajero con sus innumerables funiculares modernistas. Mientras que un poco más arriba aguarda el pueblo pesquero de Los Molles, un desconocido remanso de paz.
«Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es igual a lo que está abajo», sentenciada hace unos cuantos siglos el maestro y alquimista griego Hermes Trismegisto. La quintaesencia de la alquimia chilena se llama Valparaíso, un rompecabezas multicolor en el que nada es lo que parece. Sus 290.000 habitantes viven arriba y abajo, abajo y arriba, colgados de alguna de las barriadas distribuidas en 17 cerros, según unos, y 42 cerros, según otros. A sus pies descansa el puerto más emblemático del país, donde se mantienen a flote los buques de guerra más importantes de la nación junto a los pequeños botes de pesca y a los barcos de recreo de la clase pudiente.
Ya en tierra, empinadas escaleras y funiculares modernistas hacen de elixir mágico para que el viandante llegue a buen puerto. Para moverse en Valparaíso, mejor ir andando que en coche, pues el orden de las calles es tan complicado que ni los porteños (habitantes de Valparaíso) saben si las vías son de subida o de bajada.
Los ascensores de Valparaíso han sido la piedra filosofal que ha trasmutado a estas alegres y coloridas callejuelas en Patrimonio Cultural de la Humanidad. Construidos entre 1883 y 1917 son en realidad funiculares. En 1900 había 30, hoy sólo funcionan 14. Transportan unos 10.000 pasajeros diarios, de los que la mitad suben y bajan en dos; el de Artillería y el de Concepción.
El viaje cuesta de 60 a 120 pesos (entre 10 y 20 céntimos de euro). Como dato anecdótico, decir que subir escaleras durante media hora gasta entre 300 y 500 kilocalorías. Una mujer de peso medio necesita ingerir al día, aproximadamente, 1.750 kilocalorías. Con la de cantidad de escaleras que hay en la ciudad de los cerros el funicular supuso todo un hito tecnológico.
Ciudad anárquica, hecha para andar, subir y bajar, y sobre todo, para observar plácidamente la vida vecinal. «Manolo, estúpido, retira la antena de telefonía» se lee en la fachada de metal de una casa cualquiera. «Trabaja, mantenido ambicioso», concluye el mensaje. Un poco más abajo, en la calle, otra pintada más explícita dice: «Promoción por inauguración. Habitaciones desde 4.000 pesos por tres horas». ¿El precio incluirá a la chica o al chico correspondiente?
Los grafitis callejeros, los destartalados ascensores, los pacíficos perros dormilones y esquineros y las magníficas puestas de sol. Valparaíso es un lugar fotogénico sin parangón. Por la cima de los cerros Alegre, Santo Domingo o Cordillera pasearon, y pasean, grandes bohemios y literatos de la vida. La cultura es parte integrante de ciudad al revés. A los pies del Cerro Artillería se ubica la Plaza de la Aduana, edificio en el que trabajó Rubén Darío desde 1886 hasta 1889. Allí compuso su obra Azul.
Muy cerca, en lo alto del Cerro Bellavista, se divisa la atalaya que domina el puerto y las estrechas callejuelas multicolores. Lleva por nombre La Sebastiana y fue la última casa que mandó construir Pablo Neruda. En este caserón victoriano el poeta pasaba las Nocheviejas junto a su mujer Matilde. Tras el golpe de estado de Pinochet, La Sebastiana fue saqueada. Hoy, bien restaurada, guarda parte de las colecciones del escritor, dos talleres literarios y un taller de fabricación de vidrieras.
A algo más de una hora en coche desde Valparaíso, en dirección a la Nacional Número Cinco o famosa Panamericana, se llega a Los Molles, un pintoresco pueblecito de pescadores. Se pasa de lleno por la mundana y cosmopolita localidad playera de Viñas del Mar, un gran centro turístico que en su origen fue una finca de viñedos perteneciente a la congregación de los Jesuitas.
El secreto de este pintoresco poblado es el Aqua vitae que rodea las desvencijadas casuchas de hierro, cal y plástico. Varios chiringuitos playeros, una virgen del mar, las mismas barcas de pesca de siempre, unos cuantos puestos de empanadas calentitas y un balneario de aguas marinas reciben al viajero con afecto.
El Puquén son unas impresionantes formaciones rocosas moldeadas por el mar
A un kilómetro de caminata por los acantilados se accede a El Puquén, unas formaciones rocosas moldeadas por el mar. La más espectacular, y peligrosa, es una hendidura por la que sale un estruendoso ruido cargado de vapor de agua debido a la compresión del mar al impactar contra las cavernas submarinas.
Un poco más al norte se divisa la Isla de los Lobos (marinos) y la Isla de los Pájaros, tapizada de blanco por el excremento de miles de aves que han hecho de este peñón, su hogar. Unas terrazas rocosas moldeadas por las olas son el lugar perfecto para deslumbrarse con la grandeza del océano. La noche cae y el cuerpo pide un descanso, así que habrá que dormir.
Una de las características más habituales de los trotamundos es que no suelen ir muy sobrados de dinero, por lo que ahorrar puede ser una buena opción. Sacando el dedo los autobuses paran al borde del arcén. Continuamos el viaje en dirección al desierto de Atacama, el más seco del mundo. La obra alquímica de Los Molles y Valparaíso ha finalizado. Moriremos unas pocas horas sentados en una cómoda butaca de Turbus antes de llegar a Iquique, capital mundial del fosfato, si es que el autobús no se para antes...
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