La vida transcurre plácidamente a las orillas del Canal du Midi, esa arteria de navegación artificial que recorre transversalmente el sur de Francia, de Toulouse a Carcassone, deslizándose entre bellos pueblos. Todo un entorno lleno de cultura meridional.
Navegar por el Canal es una de las formas más agradables de hacer turismo por esta región. Se puede hacer cómodamente en un barco-casa, agradables apartamentos flotantes que se alquilan por días, semanas o meses y que son perfectos para familias, parejas o grupos de amigos dispuestos a disfrutar de la naturaleza y de un modo de vida apacible y lento, como el propio canal.
Estamos ante una gran obra de ingenieria. Edificado en el siglo XVII por Pierre-Paul Riquet Canal du Midi se prolonga por el llamado Canal de Garona, comunicando así el océano Atlántico con el Mediterráneo. Los barcos deben de pasar unas cincuenta esclusas y puentes y atraviesan ciudades llenas de historia, como Toulouse o Castelnaudary, hasta llegar a Carcasona (Languedoc-Roussillon).
La historia de este canal del sur de Francia es muy antigua: los romanos ya tenían pensado unir el Atlántico al Mediterráneo. Un loco sueño que a lo largo de los siglos hizo correr mucha tinta. En 1662, Pierre Paul Riquet, apasionado dela Montaña Negra, llegó a convencer personalmente a Colbert y Luis XIV para que lo pusieran en marcha. Para ello fue necesario movilizar a más de 12.000 obreros que trabajaron durante 14 años para realizar 240 kilómetros de canal, alimentados por un sistema hidráulico único y jalonado por 350 obras de fábrica. La Rigole à Riquet (canal del Midi) se inauguró en 1681 y en 1996 fue declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco.
Aunque en principio estuvo pensado como una vía comercial, poco a poco fue cambiando su vocación hasta transformarse en la ruta turística que es hoy. Navegar por esos paisajes tranquilos tiene un gran encanto y permite además hacer un circuito por ciudades como Toulouse, la eterna, la ciudad rosa, con sus plazuelas históricas y el coro de su célebre basílica de Saint Sernin, o navegar placidamente a través del Pays de Cocagne...
La historia se asoma desde las murallas del casco antiguo de la ciudad de Carcassonne
El canal nos llevará a conocer por ejemplo la puerta de Naurouze, lugar de reparto donde las aguas provenientes de la Montagne Noire escapan hacia el Mediterráneo y el Atlántico. La historia se asoma también desde las murallas del casco antiguo de la ciudad de Carcassonne: la bella medieval, de callejas empedradas y encantadores tenderetes, restaurada en el siglo XIX por el arquitecto Viollet le Duc.
También son puntos imprescindibles de la ruta Le Cabardès, anidado sobre las estribaciones de la Montagne Noire, frente a Carcassonne, con una multitud de paisajes y de pequeños pueblos para descubrir, vinos para degustar. O Revel, que hoy es una ciudad dedicada a la marquetería. Se pueden visitar los talleres y la escuela de oficios de la madera o contemplar la presa de Saint Ferréol, origen del Canal del Midi.
El canal tiene para los españoles un valor añadido: su proximidad a España y sus dimensiones a escala humana que permiten recorrerlo sin grandes esfuerzos. El Canal también se puede recorrer por sus márgenes, en bicicleta, con una sombra casi continua que le proporcionan distintos tipos de árboles y, además con un agradable clima.

Taberna en la ruta.
En función de nuestro medio de transporte, tenemos varias opciones. Una de las principales atracciones que tiene la ruta del Canal du Midi es contemplar la variedad de barcos que circulan o están anclados en sus aguas, desde los yates más cool hasta barcos tradicionales, muchos de ellos convertidos en residencias flotantes, como sucede en los canales de Ámsterdam.
Después de un día en Moissac, el inicio de la ruta tiene ese gusto romántico de los días de niebla. Aquí podremos disfrutar en pueblitos como Verdun, o Frontón, donde la gente va en bici a por su baguette o sus croissants recién sacados del horno.
También se puede iniciar la ruta por este canal en Toulouse, que es una de las ciudades principales de Francia, con un casco antiguo de coquetas y animadas calles. Entre Toulouse y Carcassonne el canal funciona como una poderosa red de ocio entre la N-113 y las autopistas. De un modo discreto el agua anima a un picnic o un pequeño paseo.
En una segunda etapa sería conveniente pasar por Naurouze, donde se inicia la alimentación del Canal du Midi con las aguas procedentes de la Montaña Negra. Siguiendo el curso continuamos encontrando rincones atractivos como Port Lauragais, un puerto de recreo en el interior perfecto para un picnic al mediodía o preparar las mochilas para una buena caminata.
Al visitar Castelnaudary nos encontramos con uno de los puertos más importantes del canal, denominado el Gran Estanque. El casco antiguo y sus monumentos reflejan sus siluetas en las aguas de este lago de reducidas dimensiones que termina en la esclusa de San Roque, formada por cuatro desniveles consecutivos que permiten superar 9,5 metros.
Un poco más lejos, encontramos la triple esclusa de Trèbes, parcialmente excavada en la roca
Es interesante también darse una vuelta y visitar el acueducto de Orbiel, asentado sobre tres arcos por los que el Canal supera el río del mismo nombre, y que se construyó según los planos de Vauban en 1688. Un poco más lejos, encontramos la triple esclusa de Trèbes, parcialmente excavada en la roca. Junto a ella se erige un molino de casi 300 años de antigüedad.
Otra buena opción nos puede llevar hacia las ciudades de Carcassonne y Béziers, dos lugares de referencia. La primera con su ciudadela que nos transporta hacia el mundo medieval. La Cité es como un gran teatro, donde los turistas y la iluminación nocturna crean una fantasía continua. Cada una de sus puertas es un camino hacia la intriga histórica. Posiblemente, la basílica de St. Nazaire sea la otra visita obligada.
Beziers no es tan turística, pero su atractivo es evidente. Ver la catedral de St. Nazaire desde el puente viejo sobre el río Orb es una forma perfecta de entender el románico. Ya casi al final de la ruta, las esclusas de Fonseranes nos demuestran los avances de la ingeniería del siglo XIX: ocho puertas sirven para superar los 312 metros de desnivel. El agua y las leyes de la física hacen el resto. El mar ya está más cerca.
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