Monumental Évora

Sobre ondulados páramos cruzados por líneas de olivos surge esta pequeña ciudad portuguesa, con sus palacios monumentales, conventos, iglesias y casas señoriales, ceñida por las mismas murallas que ya lo hacían en el siglo XIV. Punto de partida para descubrir la belleza del Alentejo.

Texto y fotos: Jos Martín

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Actualizado lunes 20/10/2008 17:00 horas

Da lo mismo de dónde viniera. Si hubiera hecho lo que casi todos hacen, hubiera llegado de Extremadura, de Lisboa, de Estremoz para pasar un día o dos en Évora y luego, tomado el camino de vuelta o el que lleva al Algarve. Porque una vez alcanzada la ciudad romana del Alentejo, siempre olvidaba que las tierras del este existían, desfiguradas ante el esplendor de las playas algarveñas, del lánguido encanto de la capital portuguesa o del paisaje arrebatador que formaban los campos de olivos, encinares y alcornocales.

Los páramos, la piedra, las casas recuerdan un montón a nuestra Extremadura.

Mal hecho, porque allí el sol también salía por el este. Los ondulados páramos cruzados por líneas de olivos, las vallas de piedra envueltas en grisura, las casas colocadas como en un nacimiento, me recordaban un montón a nuestra Extremadura. De vez en vez, para mostrar alguna diferencia, surgía el azulejo no a la manera alegre y juguetona, sino al modo manuelino que es como decir con ese punto triste, meláncolico, que el arte portugués mantiene prendido del fado, de su arquitectura, del aire de los conventos y los palacios.

Sabía que uno no llega a Évora hasta que está frente al templete de Diana. Esta elegante columnata fue levantada en el siglo II por Adriano, emperador nacido en Itálica, cerca de Sevilla, al que se le recuerda por su historia de amor con el efebo Antinoo, que se suicidó en su honor tirándose de un barco y bebiendo demasiada agua del Nilo.

Sutil trazado

Visto desde el mirador, el templo me recordaba una miniatura de la fachada del Panteón romano, también edificado durante su mandato. Visto en su interior, el claustro que ahora era restaurante había perdido parte de su severa presencia, pero ahí estaba la sala capitular, su puerta doble, su columna salomónica, sus arcos de sutil trazado.

Por sus calles angostas el caminante oye sus pasos sobre la piedra.

Lo relevante no estaba sólo en aquella plaza austera. Lo curioso era que una ciudad que no llegaba a los cincuenta mil habitantes tuviera seis palacios monumentales, cuatro conventos, diez iglesias, y casas señoriales, murallas que rodeaban la urbe tal cual lo hacían en el siglo XIV, y una universidad y calles angostas en las que el caminante oía sus pasos sobre la piedra y luces tímidas que al anochecer aguapaban su silueta. Y un silencio extenso y calmo que a veces llevaba al suspiro hondo.

No era obligación verlo todo, aunque fuera recomendable dejar que los sentidos caminaran a su aire. Cuando se cansaron, volví a la carretera y no paré hasta llegar a Monsaraz. Antes de entrar, me senté en el mirador. Abajo, el Guadiana movía sus caderas como una coqueta y graciosa bailarina.

Esto es un valioso tesoro turístico al que no ha llegado aún el bárbaro turismo.

Entré. Atravesé el arco y me adentré en la Rua Direita, la calle mayor. La mirada vertiginosa de esta población construida sobre un alto peñasco desapareció. Dos viejos charlaban sentados en un saliente mientras un gato dormitaba sobre una escalera que nunca había tenido pasamanos. Unos pasos más allá se encontraba la iglesia de Nuestra Señora de Lagoa y al otro extremo del pueblo, el castillo construido en el siglo XIII. Desde sus torres, el paisaje rubio se expandía con un insólito ángulo visual. Esto es un valioso tesoro turístico, pensé, al que no ha llegado aún en oleadas el bárbaro turismo.

Pantano de Alqueva

Sin él quererlo, las aguas del Guadiana se habían convertido en un pantano, el mayor lago artificial de Europa. El río había ensanchado sus márgenes, aumentado su profundidad y sumergido algún pueblo, algún paisaje, algunos hogares de aves y otros animales. Pero el agua que da vida, decían, era la esperanza para enriquecer las pobres tierras bajoalentejanas.

El agua es la esperanza para enriquecer las tierras bajoalentejanas.

Me habían invitado a recorrer el pantano de Alqueva en unos yates que la compañía Amieira Marina poseía para su alquiler. Pregunté por el capitán de mi embarcación y me dijeron que yo era mi propio capitán. Me enseñaron cómo funcionaba el sónar, cómo acceder a la orilla, cómo utilizar la cocina y los sanitarios. En una hora ya estaba capacitado para recibir mi diploma de marino. Y me fui.

Reconozco que fue una gozada. Me olvidé de la ecología, de los pueblos sumergidos, de los animalitos y me dediqué a navegar sin rumbo premeditado, a deternerme en los espacios profundos para darme un baño, a pasar la noche meciéndome como el niño en su cuna. Cuando acabó mi aventura, me acerqué a cosas más terrenas. Y me adentré por Zambujeira en el misterio de los dólmenes y menhires.

 
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