EL VIAJE DEL LECTOR

Benarés: Siva, el Ganges
y el monzón

En plena temporada de lluvias, nuestros lectores nos narran la aventura que vivieron en la ciudad sagrada india, donde ni la lluvia es capaz de deslucir la magia del río, sus templos, creencias y ceremonias.


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Textoy fotos: Gardenia Barreiro y Marciano Cárdaba

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Actualizado martes 09/12/2008 10:16 horas

Aquella mañana del 20 de agosto de 2008 los turistas empezaron a subir a los autobuses para el consabido paseo en barco por el Ganges al amanecer. Cuando todos los autobuses giraban a la derecha, nuestra furgoneta giró a la izquierda. Según nuestro intrépido guía, intentaríamos llegar al río sagrado por otro camino.

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El chofer se abrió camino por la ciudad inundada hasta que una furgoneta parada le impidió el paso. Los frenos no respondieron bien, pero el choque fue nimio. Bicicletas y rickshaws cargados con clientes se cruzaban con nosotros, razón por la que el guía instaba a nuestro conductor a continuar. Se negaba, el agua llegaba hasta las rodillas de quienes circulaban en sentido contrario, a pesar de que debían aprovechar a su favor los desniveles de las calles que conocían.

Tras una pequeña conversación sobre la marcha con el conductor del rickshaw de la foto, el conductor optó por seguir. Algunas personas dormían bajo plásticos en las repisas más elevadas. Llegamos a las callejuelas que bajan hasta el Ganges, abrimos los paraguas, y adelante. Al cabo de unos veinte minutos divisamos una pequeña cúpula y nos cruzamos con la sempiterna vaca. Enseguida pasamos por los garitos donde se apilaba la leña y el tráfico de personas se incrementó bastante a pesar de ser los seis únicos turistas que nos encontrábamos allí.

Caza de turistas

Aunque aún no lo sabíamos y ni siquiera habíamos avistado el Ganges, ya éramos el centro de atención de un caza turistas (dicho sin connotaciones peyoritarias, porque pueden ayudarte a conocer detalles de los que no te percatarías). Aunque el río estaba seis metros por encima de su nivel normal en Marikarnika, los hijos mayores de los finados se rapaban en señal de duelo y los santones se purificaban y hacían sus ofrendas con aire rutinario, mientras los doms esperaban a cubierto el encargo de trasladar un nuevo cadáver.

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Naturalmente nos mostramos respetuosos y no hicimos fotografías de las incineraciones, pero sí aprovechamos la invitación del caza turistas para subir hasta las piras y observar detalles de la cremación mientras nos empapábamos de aquel peculiar olor. Una bosta de vaca en el extremo de la plataforma indicaba la impunidad de que gozan las vacas en la India, aunque no pudimos dejar de preguntarnos cómo había conseguido subir hasta allí.

Era hora de volver a atravesar la ciudad inundada, donde algunos seguían durmiendo en las repisas y otros se afanaban por llegar a sus destinos. Quizás a partir de las once podríamos visitar los ghats y perdernos entre la gente para observar a los bañistas, los vendedores de paan o los falsos sadhus.

Antes del almuerzo no podíamos dejar de visitar el templo de Vishwanath, con sus 800 kg de oro sobre la cúpula y sus disputas por la proximidad de la mezquita Gyanvapi. Más que visitarlo, lo avistamos, entre un contingente importante de policías armados. También estaba prohibido hacer la foto de rigor.

 
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