Desde Nizwa, la capital interior omaní, comienza una ruta por el noroeste del país que encamina los pasos del viajero hacia enclaves históricos como Birkat al-Mauz, Tanuf, la bella Bahla, Jabrin y su castillo, los tambores jabel de Ibri, la ciudad abandonada de Yanqul o la misteriosa Bat.
El hombre actual ha desarrollado su inteligencia una barbaridad. El ejemplo lo tenía ante mí: la carretera que unía Mascate, la capital de Omán, con Nizwa, la capital interior, era una joya entre montañas abruptas y tierras inhabitadas perfectamente asfaltada, cuidada y pagada con el beneficio del petróleo. Para entrar en Nizwa había que atravesar un wadi, o sea, el cauce seco de un río que cuando llovía se mojaba como los demás, se humedecía y se convertía en río de verdad. Así que si las nubes habían descargado su contenido sobre el sediento suelo, era obligatorio atravesar un gran charco cuando uno quería llegar al casco urbano. Fíjense qué tontos eran los antiguos que la entrada principal estaba al sur al abrigo de estos inconvenientes, y consistía en un portalón precioso que se cerraba al atardecer hasta hace menos de cincuenta años.
Desde las ornadas almenas del fuerte, la cúpula en cobalto y oro de la gran mezquita Sultán Kaboos me recordaba una peonza boca abajo. Tan cerca estaban cúpula y fuerte que parecía como si en un pañuelo se concentrara lo divino y lo humano, un templo donde cuidar el alma y una fortaleza para cuidarse de los enemigos del cuerpo. Pura historia. Era viernes, y si miraba hacia abajo, veía el zoco lleno de pura vida en el que hombres vestidos de un lila casi imperceptible compraban cabras, ovejas, especias, dátiles, incienso y otras chucherías como dagas curvas que allí llaman kanyar, escopetas de pistón con aspecto de las del siglo XIX (antes de Cristo) o collares, pulseras y otros adornos femeninos trabajados en plata procedente de los antiguos dólares austriacos de María Teresa.
Y lo hacían de la misma manera que cuenta el hispano Ibn Batuta a mediados del siglo XIV: olvidando por un momento las rencillas entre las tribus belicosas, reuniéndose en corro alrededor de dos grandes palmeras, recorriendo las angostas calles de los distintos gremios y regateando el precio como si en ello les fuera la vida.
En Nizwa comenzaba la ruta de los fuertes. No había más que salir de ella en cualquier dirección para toparse con una ruina cuyas paredes de adobe se mimetizaban con el paisaje. Ruinas las había a cientos, y a ello contribuyó una enormidad el glorioso ejército británico por medio de la RAF. Lo cuento con las mismas palabras que lo haría si yo fuera inglés y trabajara como director de marketing del ejército real de Su Majestad: en la revuelta de los años 50, es decir, hace sesenta años, su ejército del Aire fue invitado por el sultán Said bin Taimur a bombardear los tres palacios magníficos que el rebelde Suleimán bin Himyar poseía en Birkat al'Mawz, Tanuf y Saiq.
El palacio de Birkat fue reconstruido, pero las otras dos urbes se convirtieron en ciudades fantasma
Los pilotos británicos, que son muy bien mandados, no sólo aceptaron, sino que de paso arrasaron las tres ciudades con sus habitantes dentro. El palacio de Birkat fue reconstruido y abierto al público en 1999, pero las otras dos urbes antiguas se convirtieron en ciudades fantasma y los que sobrevivieron se instalaron en otro lugar. Como homenaje, bebí de un sorbo una botella de agua mineral Tanuf, la misma que toma cualquier urbanita omaní, embotellada en sus alrededores.
A veces, los cauces secos se llenaban y hacían las delicias de los jóvenes bañistas. Así sucedía en el wadi Tanuf. Por diversión cuando estaban solos y por unas monedas cuando aparecía cualquiera que no fuera omaní, los adolescentes se lanzaban desde una altura considerable con el cuerpo firme como una tabla y la nariz tapada con los dedos. En otras ocasiones, se bañaban riendo y chapoteando en los falaj, canales que llevaban agua desde las alturas a los lugares en los que se necesitaba para beber, regar o lavar la ropa en jardines y estanques y huertas y pueblos y ciudades. La gran maestría en la construcción de este excelente sistema de irrigación sólo era comparable a la de los bedu (o sea, los beduinos) para sobrevivir en la montaña árida o en el desierto inhóspito.
Allá donde la tierra pudiera humedecerse con una simple gota (aunque fuera con la lágrima de un camello reidor), aparecía la palmera datilera. Mirando hacia lo alto, no podía ni imaginar que aquella montaña apabullante hecha de piedra estéril sobre la que no podía crecer ni el lamento de un rastrojo tuviera un bosque de palmeras que crecían abajo, en el dobladillo de su falda, pero allí estaba y, con él, un montón de casas disimuladas que se elevaban siguiendo el contorno de la colina rematada por una torre vigía. Así sucedía en Birkat al-Mauz (la bombardeada) y en otros muchos sitios de la ruta. Contemplar este paisaje desde la altura que, a modo de atalaya, formaban las montañas cercanas era como subirse a una nube y disfrutar con los pies colgando de lo que la vista alcanzaba.
Al fuerte de Bahla había que añadir una muralla defensiva que alcanzaba los doce kilómetros de largo
A Bahla, la comunidad internacional ya le había echado el ojo. Sobre un cerro, su fuerte aparecía con aspecto sólido, impresionante, en el que destacaba una torre de homenaje semicónica que parecía un granero agujereado. Por sí mismo, ya merecía el título de Patrimonio de la Humanidad que la Unesco le concedió en 1987, aunque hubiera mucho más. A él había que añadir una muralla defensiva que alcanzaba los doce kilómetros de largo, unas puertas con arcos árabes pequeñas, sencillas, deliciosas, y unas cuantas palmeras lustrosas puestas en el lugar adecuado para embellecer la imagen.
Por contra, no es que la gente del entorno fuera muy amable, ni mucho menos, hacía como si no me viera o como si estuvieran hartos de ver cada día multitud de extraños de piel pálida como la mía haciendo fotos hasta de las pulgas de un perro, pero cuando les hablaba (casi siempre por señas) despertaban de su letargo pasota y se interesaban por el motivo de mi viaje.
Tenían fama de buenos alfareros. Sólo quedaban dos y debían de trabajar muchísimo, porque las tiendas estaban llenas de piezas pequeñas, medianas y grandes hechas y adornadas con arte y esmero. También era tierra encantada, apta para miles de historias mágicas que contaban los abuelos a sus nietos al calor de la lumbre como lo hacía Mahoma a sus fieles en una sura del Corán: «Los yins -decía el profeta- están hechos de fuego sin humo».
Tomé un té bien azucarado mientras los demás fumaban pipas de meloso aroma y busqué en las volutas algún yin escondido. No tuve suerte. El interés de los presentes que veía y de los personajes fantásticos que se me ocultaban estaba en la pantalla de televisión que transmitía en ese momento el partido de fútbol entre el Bahla y el Oman FC. El partido terminó con el triunfo del Bahla por 3 goles a 1. Alá es grande. Todos contentos.
En Ibri, el viajero observador y medianamente inteligente se daba cuenta enseguida de que los cristianos no eran del agrado del personal
Me dispersé por los caminos y siempre encontraba un fuerte o unas ruinas de mi agrado. El castillo de Jabrin estaba tan restaurado que parecía construido ayer. En Ibri, el viajero observador y medianamente inteligente se daba cuenta enseguida de que los cristianos no eran del agrado del personal (incluso yo mismo caí en ello), pero era la única forma de escuchar los tambores jabel a cuyo ritmo se bailaban danzas armoniosas, de llegar a la ciudad abandonada de Yanqul, de alcanzar la misteriosa Bat si uno quería evitar la pista tortuosa que llevaba a la gran necrópolis del tercer milenio antes de Cristo, también protegida bajo el título de Patrimonio de la Humanidad. De nada me sirvió, porque la carretera desde Ibri era todo lo contrario a una autopista. La espectacularidad de las excavaciones me sorprendió y me hizo olvidar el mal trago del camino.
No estuve mucho tiempo. Por el aire me llegaba una lluvia de recados que decían que no era bienvenido. Tomé el camino de vuelta y me dediqué a recorrer el territorio del noroeste más cercano a Nizwa. Luego, me arrepentí de mi cobardía. Porque hoy en Omán no pasa nada.
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