Mopti, la 'Venecia Negra'

Para llegar a Mopti hay que realizar un largo viaje desde Bamako, la capital de Mali, donde muere el ferrocarril de Dakar. La 'Venecia Negra' está enclavada en la confluencia del Níger y el Bani. Aroma y color se apoderan en esta ciudad de los sentidos hasta hacer olvidar la miseria.

Texto y Fotos: Francisco López-Seivane

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Actualizado jueves 11/09/2008 10:25 horas

Para llegar a Mopti hay que realizar un largo viaje desde Bamako, la capital de Mali, donde muere el ferrocarril de Dakar. A partir de ahí, son las aguas del Níger las que arrastran todo hacia oriente, atravesando más de 4.000 kilómetros de continente y marcando inequívocamente la linde meridional del Sahara. Mali, tres veces mayor que España, no es más que desierto y río, dos mundos encontrados; y entremedias, el Sahel, la región semiárida que se interpone entre la arena y la sabana.

La carretera que lleva a Mopti, siguiendo el río, es una cinta de asfalto que se abre camino entre el verde esplendoroso de la sabana. No recuerdo haber negociado ni una sola curva en cientos de kilómetros.

En África aún sigue vivo el espíritu tribal, por eso en la aldea de Segoukoro hay que rendir visita al jefe del poblado

En África aún sigue muy vivo el espíritu tribal, por eso en la aldea de Segoukoro hay que rendir visita al jefe del poblado si se quiere visitarlo. Tras intercambiar con él unas frases de cortesía en el salón/escuela donde aprenden el Corán los hijos de sus cuatro esposas, merece la pena acercarse a la orilla del Níger a contemplar la vieja y diminuta mezquita que se asoma a las aguas con descascarillada dignidad.

Al lado, media docena de zabarceras a la sombra de una acacia tratan de vender su modesta mercancía a los aldeanos: unos peces salados, cuatro tomates, cuatro bananas y cientos de moscas. Poca cosa, pero mientras llega algún cliente, todo son voces y fiesta entre el torbellino de colores de sus vestidos y turbantes. La alegría de los pobres en este continente siempre me ha resultado desconcertante, entre incomprensible y conmovedora.

A medida que nos acercamos a Ségou, vieja capital imperial, pueden admirarse, diseminados por la sabana, numerosos balanzan, árboles que pierden las hojas con las primeras lluvias tropicales y florecen en invierno. Los reyes de Ségou acostumbraban a plantarlos en los territorios conquistados para simbolizar su posesión, una forma elegante, supongo, de marcar el territorio. En la antigua capital del imperio Bambara, sin embargo, sólo destacan hoy la mezquita de estilo sudanés (una singular forma arquitectónica que debemos al español Es Saheli) y el inevitable mercado donde todo se compra, se vende y se arregla.

Antes de llegar a Mopti, todavía hay que atravesar numerosas aldeas de adobe, donde las mujeres se afanan en elaborar manteca de karité, mientras los hombres cultivan tomates y arroz.

Encanto africano entre el Níger y el Bani

Mopti, la 'Venecia Negra', como gustan llamarla los reclamos turísticos, se halla enclavada en la confluencia del Níger y el Bani, su principal afluente. En realidad, se trata de tres islas unidas por diques artificiales, lo que le confiere, en época de lluvias, cierto aspecto de ciudad inundada, pero en nada más se parece a Venecia.

Tampoco le hace falta, porque la vitalidad de su puerto fluvial y de sus mercados, bien abastecidos por un enjambre de mercaderes y pescadores, hacen de Mopti una ciudad cosmopolita, multiétnica y dinámica, llena de encantos africanos.

Los olores asaltan al caminante en cualquier mercado de Mopti. Aroma y color se apoderan de la ciudad

Si los maravillosos colores de África seducen irremediablemente la vista del viajero, otro tanto podríamos decir de los entremezclados olores que asaltan al caminante en cualquier mercado de Mopti. Aroma y color se apoderan en esta ciudad de los sentidos hasta hacer olvidar la miseria. Particularmente en el abigarrado puerto, donde se fabrican y reparan las famosas pinazas que transportan mercancías y pasajeros a lo largo del río. Allí, entre idas y venidas, sudores y regateos, rezos y gritos, todo el mundo encuentra siempre algún afán.

Para compensar el desorden mental y emocional que provocan las abigarradas calles y mercados de Mopti, nada como una apacible excursión en pinaza por el Níger, visitando las bucólicas aldeas de pastores peul y pescadores bozo que se asientan en sus márgenes. La majestad del río, con sus amplios horizontes, obra milagros en el ánimo del viajero que recupera de inmediato el gusto por el descubrimiento sosegado.

Una vez en la región, no queda más remedio que visitar la histórica Djené, Patrimonio de la Humanidad, una ciudad de barro, cuya hermosa mezquita de estilo sudanés impone su arquitectura sobre estrechas callejuelas de casas sin ventanas. Hay que advertir, sin embargo, que la ciudad carece de alcantarillado y las miserias circulan por diminutas acequias abiertas a lo largo de los callejones. Un buen consejo: en contra de las recomendaciones de las agencias, procure evitar el mercado de los lunes

 
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