Cada año, durante el Festival Internacional de Cine, el espacio-tiempo se altera en esta ciudad pequeña, burguesita y, a veces, desganada. Como preludio del otoño, San Sebastián viste traje de gala, se apoltrona en el patio de butacas y asiste a alguna que otra fiesta nocturna.
San Sebastián viste traje de gala, se apoltrona en el patio de butacas y asiste a alguna que otra fiesta nocturna en cada nueva edición de su Festival Internacional de cine. Pero esos doce días de glamour y atención mediática no desaparecen del todo una vez clausurado. He aquí una breve guía para comprender entresijos y secretos cinéfilos de la Perla del Cantábrico.
Durante la II Guerra Mundial, soldados y gerifaltes nazis frecuentaron San Sebastián casi con el mismo ahínco que en los pueblos sureños de la vecina -y ocupada oficialmente- Francia. Años después, en 1968, la capital guipuzcoana volvió a lucir esvásticas y cruces gamadas en sus balcones: la culpa fue del equipo de rodaje de La Batalla de Inglaterra que convirtió la avenida de la Libertad y los lustrosos edificios que se apiñan entre las calles Bergara y Fuenterrabia en una suerte de strasse del Berlín hitleriano. Para la ocasión, varias decenas de donostiarras ejercieron de extras, se instalaron -falsas- entradas de Metro en las aceras y se decoraron fachadas con banderolas nazis.
Los resultados de semejante transformación pueden verse en el minuto 78 del citado filme, durante la secuencia nocturna del bombardeo. Asimismo, en el año 2006 San Sebastián volvió a tener sus tres segundos de gloria, gracias esta vez a una película de corte terrorífico: varias versiones del trailer que anunciaba el remake de La Profecía, contenían imágenes del Paseo Nuevo durante un día de tormenta, con las olas chocando furiosamente contra el litoral. Nadie sabe cómo ni por qué esos fotogramas fueron a parar ahí, pero contenían una verdad incuestionable: cuando el Cantábrico se enfurece, el citado espolón donostiarra es lo más cercano al infierno que puede haber en la Tierra.
No durante el rodaje de Desire (1936) de Frank Borzage, aunque varias secuencias de la película discurren en la Bella Easo, con referencias explícitas en el guión y un par de panorámicas en las que se muestra la playa, los tamarindos del paseo de La Concha y el monte Urgull. Ni ella ni Gary Cooper -su partenaire en la trama- salieron de los estudios de Burbank, California, en los que se rodó Desire, aunque sí aterrizó en dominios donostiarras una segunda unidad para grabar los planos de recurso.
El minutaje dedicado a la ciudad discurre en el desaparecido Hotel Continental, lujoso alojamiento ligado a la época dorada de la ciudad, que ocupaba -al igual que los actuales hotel de Londres y hotel Niza-, la primera línea del paseo de La Concha. Uno de los mayores placeres que regala este celuloide es escuchar a la Dietrich pronunciar, en la versión original, el nombre de San Sebastián con la característica acentuación inglesa.
Si el cine fuera una religión en San Sebastián, el hotel María Cristina sería, sin duda, su Vaticano particular. No porque allí se hayan rodado o proyectado películas -que no-, sino porque por sus camas, habitaciones, salones y pasillos han acogido a toda la pléyade de actores, actrices y directores americanos y europeos con un aura mítica. Pisamos, entonces, Tierra Santa cinéfila, la misma que holló Elizabeth Taylor -cuya habitación fue decorada con tonos color violeta... como sus ojos-, Bette Davis -donde durmió diez días antes de su muerte-, Audrey Hepburn, Sofia Loren, Federico Fellini, Cantinflas, Kirk Douglas o Vittorio Gassman...
La lista de ilustres que han dejado pelos en las almohadas del María Cristina es interminable, tanto como el torrente de anécdotas, no siempre gratas, que éstos han sembrado. En 1994, la organización hubo de hacer encaje de bolillos para que Mickey Rooney y Lana Turner no coincidieran en los espacios comunes del hotel: Semanas antes, el que fuera niño prodigio de Hollywood había destapado en sus memorias un tórrido -y presunto- romance con la Turner del que había nacido una niña. Por supuesto, la posibilidad remota de que se cruzaran tendría consecuencias fatales. Al final, la sangre no llegó al río.
No se sabe todavía si San Sebastián es una ciudad pequeña o, por el contrario, se trata de un pueblo grande. Durante el Zinemaldia todo es posible en este lugar aquejado de un sutil provincianismo. A lo largo de la semana larga que dura el Festival, la variable del espacio-tiempo se quiebra por completo, convirtiendo las calles donostiarras en un lugar irreal en el poder toparse con Lauren Bacall mientras ésta contempla escaparate de una zapatería de la calle Loyola; corretear junto a un sudoroso William Hurt mientras practica su deporte favorito por el paseo de La Concha; cruzarse con Johnny Depp paseando por la Parte Vieja junto a Benicio del Toro; sorprenderse con la figura de John Malkovich entre los puestos tradicionales del desaparecido mercado de La Bretxa; seguir atentamente los progresos amatorios de William Dafoe, desatado como si, en verdad, fuera el Duende Verde, en una discoteca con vistas al mar; ver entrar a una tienda de ropa infantil de la avenida de la Libertad a Robert de Niro, o descubrir a David Hasselhof en la calle 31 de agosto con suficiente provisión de copas en el cuerpo como para dejar tirado a Kitt en una cuneta.
Más allá de los Arzaks, Akelarres o Martín Berasategis existe una pléyade de restaurantes donostiarras que, aunque carentes de estrellas Michelín, forman parte indispensable de los engranajes gastronómicos de la ciudad. Ello lo saben aquellos que mueven los hilos del Zinemaldia que acostumbran a acercar a los invitados a estos otros templos del buen comer.
Las estrellas quieren lujo pero también cercanía, autenticidad y certezas, que es lo que suelen encontrar en Casa Nicolasa -Woody Allen puede dar fe del mimo con el que eligen las materias primas-, o el Aldanondo, donde Paul Auster cató y se rindió a los pies de uno de sus platos estrella: el chuletón.
«Pronto se dirá de vosotros, lo que suele ahora decirse de nosotros: ¡¡Murieron!!», puede leerse en el principal acceso a Polloe, la mayor necrópolis de San Sebastián, encaramada en la alto del barrio de Egia. La ciudad de los muertos donostiarra recibió una visita fugaz de Alfred Hitchcock en julio de 1958. El director británico se encontraba en la ciudad presentando Vértigo en el marco del Festival, cuando un periodista, Enrique Herreros, le propuso visitar el cementerio para realizar un reportaje fotográfico que saldría publicado en la revista París Match.
San Sebastián, bella y virginal, no es dada a los rinconcitos sórdidos, de ahí que el camposanto fuera la mejor -cuando no la única- opción a la hora de escoger un escenario siniestro. El mago del suspense accedió, quedó prendado de la belleza de la necrópolis -cuál no la tiene- y protagonizó una serie de fotografías de las que apenas han trascendido unas pocas. Sí que son más populares sus posados frente a la fachada barroca de la basílica de Santa María, en la parte Vieja.
Por cierto, a raíz del pase donostiarra de Vértigo y las reacciones de la audiencia, Hitchcock decidió cambiar el final, alumbrando la versión hoy por todos conocida. Sólo aquellos que asistieron al pase del Victoria Eugenia tuvieron la oportunidad de conocer el director's cut.
A mediados de los años 80, una película retrató una cara de San Sebastián que pocos conocían más allá de las fronteras de la ciudad. El filme era 27 Horas y su director Montxo Armendáriz pintó al óleo una Donostia taciturna, yonki, nublada, tristona, con el cielo siempre enfurruñado y las calles perpetuamente humedecidas. Veintipico años después, el filme mantiene el tipo y es testimonio del San Sebastián que fue pero, también, del que sigue siendo: un enclave bellísimo, a veces achuchado por el interminable conflicto vasco, que, en los meses fríos, viste máscara tristona.
27 Horas sigue siendo una ventana curiosa, morbosa y lánguida a través de la cual se puede conocer un poco del otro San Sebastián, amén de una guía turística heterodoxa y granuja. Quien no quiera recibir una ducha de pesimismo, siempre podrá visionar El Cantor de México, protagonizada por Luis Mariano en 1956 y en la que el Real Club Náutico, la playa de Ondarreta y la isla de Santa Clara hacen el papel de su vida y fingen ser... enclaves del idílico Acapulco.
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