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De vacaciones solidarias en el Callao

Dar apoyo escolar a niños en situación de riesgo, impartir charlas sobre anemia o embarazos precoces y construir una casa a una madre soltera con tres hijos son partes del programa de voluntariado que cada año organiza la ONG Coprodeli en Lima. Así transcurrió este verano.


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Isabel García

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Actualizado viernes 12/09/2008 16:44 horas

"¿Y en España también hay basura?". La duda la suelta Estefany, que a sus 10 años se muestra intrigada mientras devora un trozo de pan con mantequilla. Más atónita se queda una, que no sabe muy bien por dónde salir. "Pues claro, como en todas partes, ¿no?". No se convence. En ese instante, Junior, que ronda los 14 y gasta vaqueros XXL y gorra al más puro estilo latin, grita de corrido: "Listoooo... A los del Callao nos llaman chalacos". Va con el equipo de los Intocables y se acaba de anotar un punto en el Ahorcado. Risas, choque de manos, algún corte de mangas, chillidos, reproches...

Todo sale del Centro de Atención Externa (CAE) Chalaca del barrio del Callao, uno de los más deprimidos de Lima si se exceptúan zonas como la de La Punta, un lujoso balneario de principios del siglo XX venido a menos. Pero eso está lejos. Y aquí es donde se dan cita cada día unos 30 niños de menos de 16 años y clase marginal, ya sea por la mañana (los que van al colegio por la tarde; en Perú hay dos turnos) o después de comer (al revés).

Sale a escena Armando, del grupo de los Galácticos. Para algunos es su primera vez. Otros aprendieron el Ahorcado con las dos cooperantes que llegaron antes, en julio. Ahora es agosto. "Las señoritas Celia y Cristina", aclara Jordan, de chándal azul, mirada morena y apenas 11 años. "¿Las conocen? También viven en España y hablan con la 'c'".

Algunos de los niños que participan en los programas de Coprodeli.

Algunos de los niños que participan en los programas de Coprodeli.

La pregunta va dirigida a Pati, la nueva voluntaria del proyecto Vacaciones Solidarias de la ONG Coprodeli (www.coprodeli.org), que, desde 1989, trabaja con los sectores más desfavorecidos de Perú. El objetivo es que, durante tres semanas, 14 voluntarios participen en tres de sus programas: Atención a Niños de Alto Riesgo, Construcción de Viviendas y Salud y Ayuda Humanitaria. Los cooperantes, llegados de Madrid, Barcelona, Valencia y Vigo, deben pagar el vuelo, excepto los que trabajan en Deloitte, que mantiene un convenio con Coprodeli para que sus empleados dediquen el verano a esta actividad. Del alojamiento (en una casa tipo Gran Hermano) y el transporte interno se encarga la ONG. Eso sí, hay que acostumbrarse a la forma de conducir de los limeños, más cercana a los coches de choque que a otra cosa. "Tranquila, señorita", repite un taxista kamikaze ante la mirada pavorosa de su copiloto.

Entre fútbol y volley

La primera semana, a trabajar con niños, ya sea en centros de día (CAE) o casas-hogar. El reparto de los críos en unos u otras depende de la gravedad de su situación familiar. Así, mientras a los primeros van (siempre gratis) sólo durante el día, las segundas funcionan a modo de internado, ya que muchos ni siquiera conocen a sus padres. A cada voluntario le asignan un sitio. Los del CAE Chalaca dan apoyo escolar a los niños, los acompañan en sus paseos, juegan al fútbol o volley con ellos o simplemente conversan.

Dan las 12.00, hora del almuerzo. Menú: sopa, fideos con pollo y quaker (así se llama la marca de avena con la que se hace una masa común en las mesas peruanas, y así se quedó) con banano. Una chica ataca de nuevo: "¿Y conoce Argentina? Mi tío está allí". Bien orgullosa, obvia un par de datos: en la cárcel y por tráfico de drogas, lacra que se repite con frecuencia entre las familias de los chicos. "Es su realidad; acá les enseñamos otro camino y otras reglas", cuenta Sonia Rodríguez, directora del CAE. Pati apostilla: "Con las historias que tienen es increíble cómo se hacen querer".

El asentamiento de Pachacutec, en el distrito de Ventanilla, Lima.

El asentamiento de Pachacutec, en el distrito de Ventanilla, Lima.

Entre gruesos muros que conjugan blancos y azules con más o menos tino, manteles verdes con solera y cuencos de acero inoxidable, los muchachos comen dos veces al día, hacen los deberes, cantan karaoke (les encanta Rebelde Way y Aventura, esos de Noooo, no es amorrr, lo que tú sientesss... y no paran de poner al andaluz David de María) y aprenden matemáticas, ortografía, disciplina y amistad. También lemas como Querer es poder o Quien mal anda, mal acaba. Su estampa reaparece a modo del típico mural de escuela por las paredes.

Una vez fuera, muchos de los chicos viven entre terrenos sin asfaltar ni agua potable y luz eléctrica robada de los tendidos cercanos. Tablones de latón y cartón hacen las veces de paredes y el suelo no es más que barro. No hay que olvidar que el 40% de la población peruana vive bajo el umbral de la pobreza. Se advierte en la multitud de asentamientos humanos que rodean las principales ciudades. La mayoría de sus habitantes llegó de otras provincias en busca de trabajo, pero muchos se quedaron en el intento y malviven gracias a la caridad (en los mejores casos) o la delincuencia.

Tú apuntalas, yo sierro

Es el decorado en el que se ubica la chabola de Yolanda Huamán (27 años), una agradable morena de rasgos andinos, y sus tres hijos, Ruth Cinthia (12), Stefanie (10) y Joel Alexander (3), en la barriada de Sarita Colonia, también en el Callao. Ella nació en Ayacucho, al sur, pero cuando la abandonó su esposo hace dos años decididó emigrar. Ahora trabaja en una fábrica de "hacer vasitos" doce horas diarias. Al pequeño lo cuida la vecina. Las mayores pasan el día en centros de la ONG.

Tres voluntarias pintan de azul una de las viviendas construidas.

Tres voluntarias pintan de azul una de las viviendas construidas.

Estamos en la segunda fase del programa, la de construcción. Tras reducir a escombros la que fuera casa de Yolanda, decorada con pegatinas de Pokemon y un calendario de lo más kitsch auspiciado por Bodega Canela Fina, los voluntarios comienzan a levantar la nueva morada bajo la orden de los obreros Walter y Edwin. Es la primera vez que muchos ven un clavo (incluida una misma), pero le cogen el gusto a eso de medir tablones, serrar, pulir... Siempre con salsa, reggeatón o cumbia de fondo.

La cosa discurre tranquila, salvo para uno de los chicos, que se machaca el dedo tres veces, pero no diremos el nombre. Cuestión de orgullo. "Me subo a poner el tejado", dice Javi. Fernando ya está encaramado. Seis horas después (y un plato de cau cau, arroz e hígado, mediante), la casa de madera es una realidad. Y no sobran apelativos para los más mañosos, como Benita y Manolo. No podía ser de otra manera.

La última parada es en Pachacutec, un gigantesco arenal al borde de la playa convertido en asentamiento humano por el ex presidente Fujimori (ahora en una cárcel cercana que mandó construir él mismo) en los 90. En el centro de salud que Coprodeli tiene en el sector E, los españoles alternan labores de corte de cabello con entrega de ropa enviada desde España o EEUU, toma de tensión, registro de historiales clínicos y visitas domiciliarias para animar a la población a hacerse un chequeo. Esto último, básico en un país donde la sanidad pública brilla por su ausencia. Aquí, la consulta cuesta cuatro soles (un euro), mientras que en una clínica privada no da con el salario mínimo, que está en 125 euros.

Entre las últimas actividades de los cooperantes también hay quien se lanza a dar charlas informativas sobre autoestima, embarazos precoces (una de cada cinco mujeres encinta es adolescente) o anemia. Pero es Carmen la que se lleva el premio a la más efectiva... Y hasta aquí el resumen de uno de tantos veranos solidarios. ¿Quién se apunta al próximo?

 
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