Desde las murallas de esta irrepetible ciudad de Uzbekistán se contempla un horizonte marrón en el que destacan, como gemas, las hermosas cúpulas azules de las mezquitas. Intramuros, los vestigios del kanato se suceden entre calles limpias y tranquilas, en las que no hay tráfico rodado.
Creo que empecé a enamorarme de Jiva en el mismo momento en que contemplé, llegando desde el desierto, las altas y redondas murallas de barro cocido, primorosamente reconstruidas, que rodean todo su perímetro.
Antiguamente, la capital del kanato estaba defendida por una doble muralla, pero la exterior, que recorría todo el contorno unos 200 metros más afuera, ha desaparecido prácticamente entera, excepto un par de pequeños tramos que pueden verse, al pasar, desde la carretera. Intramuros, las antiguas madrazas, mezquitas y minaretes se suceden entre calles limpias y tranquilas, en las que no hay tráfico rodado. Numerosas cúpulas azules contrastan bellamente con las construcciones de barro que se levantan por doquier.
El hotel que me acogió a mi llegada era un edificio de dos plantas alrededor de un patio central donde crecían varios naranjos. En la planta alta, las estancias daban a un gran pórtico. A mí, me asignaron una habitación en la planta baja, junto a las plataformas donde todo el mundo se sentaba a tomar té, comer o charlar ociosamente. Era ésta una peculiaridad que no había visto en Turkmenistán. Allí la gente se sentaba directamente en el suelo. Aquí, en cambio, lo hacían sobre unas plataformas cubiertas de mullidos edredones y cojines, con una gran mesa en medio que servía para cualquier propósito. Los zapatos se dejaban fuera y uno se acomodaba como mejor podía: tumbado de costado como un sultán, con las piernas cruzadas como un yogui o con los pies escondidos debajo de la mesa como un patán. A los cinco minutos, ya había ensayado todas las posturas y suspiraba por una butaca, pero aguanté estoicamente hasta terminar la cena.
A las ocho en punto de la mañana, Zalima, una de las chicas que trasteaban por allí, ya me había servido el desayuno. Inmediatamente después, salí a caminar sin rumbo fijo. La simpleza de los materiales y el diseño de las casas que veía me recordaron extraordinariamente a las de los indios pueblo, de Nuevo México, con sus paredes de barro del color del chocolate con leche, de las que sobresalían unas vigas redondas de madera que formaban el esqueleto de su estructura.
En una de las calles más céntricas, me llamó la atención una extraña torre redonda, cubierta de azulejos de un intenso azul turquesa, que relucían como joyas bañadas por la magnífica luz de la mañana. No parecía, ciertamente, un minarete, porque su altura apenas destacaba sobre las madrazas circundantes. Indagué y averigüé que el Kan Mohammed Amin había decidido construir, en 1850, el más alto y bello minarete del mundo, de 110 metros de altura. Mientras los trabajos avanzaban, el ministro responsable de la construcción subió un buen día a inspeccionar las obras.
La parte del minarete que se conserva es una joya primorosa de la arquitectura medieval de la ciudad
Desde la dominante atalaya pudo ver a las mujeres del harén del kan moviéndose con descuido por los patios del palacio, sin velo que las cubriera. Escandalizado, acordó con su señor la paralización inmediata del proyecto, dejando las cosas como estaban. Otra versión más verosímil habla, sin embargo, de falta de fondos para concluirlo. Quédese el lector con el cuento que más le plazca. Lo cierto es que la parte del tronco del minarete que se conserva es una joya primorosa de la arquitectura medieval que no podría estar en mejor lugar.
Los kanatos de Asia Central, por lo que pude ver y oír, padecían en la época medieval una absurda fijación pueril por erigir en sus ciudades los más altos y atrevidos minaretes. La parte patológica de esa obsesión y sus posibles resonancias freudianas la dejo para los especialistas en el análisis de grandes erecciones, pero el aspecto infantil no puedo dejar de resaltarlo. Aunque el propósito acordado a los minaretes es el de convocar a la oración con el canto de los muecines, también han servido muchas veces de atalaya de vigilancia y, en ocasiones, incluso para realizar ejecuciones, como en el caso del de Kalon, en Bujará.
Sin embargo, en aquella época, la mayor parte de los proyectos sólo perseguían funciones decorativas y de prestigio, sirviendo a los kanes para mostrar al mundo su grandeza y poder. Muchas de aquellas impresionantes erecciones arquitectónicas tenían innegables connotaciones fálicas y los motivos que llevaron a construirlas no me parecen muy distintos de los que impulsan a los adolescentes a competir.
Disquisiciones personales aparte, en pocos lugares he visto conservado con tanta pureza el ambiente medieval. En los mercados, numerosas zabarceras sentadas en el suelo vendían semillas de girasol, pistachos y nueces en lugar de las típicas golosinas envueltas en brillantes plásticos que llaman la atención de los niños de todo el mundo. El apacible paseo que me llevó a recorrer pausadamente los animados bazares tuvo la virtud de trasportarme fuera del tiempo, como si me hubiera convertido de pronto en protagonista de un extraño sueño que no podía discernir de la realidad.
Observé que los rábanos eran más gordos y los pepinos de mayor tamaño que en el vecino Turkmenistán, aunque no olían igual ni crujían de la misma manera al morderlos. También ví las primeras cerezas y fresas del año. Fuertemente coloreadas y de excelente aspecto, teñían de rojo los puestos del mercado.
Fue una visión sedante, no muy distinta de la que embelesaría a los kanes en el pasado
En un momento dado, subí a la muralla y extendí la vista sobre un horizonte marrón en el que destacaban, como gemas, las hermosas cúpulas azules de las mezquitas. Fue una visión sedante, no muy distinta de la que embelesaría, seguramente, los ojos de los kanes en el pasado. Por defenderme del fuerte sol del mediodía, me refugié en uno de los porches altos del hotel y pasé la tarde escribiendo, sentado en un viejo sillón de terciopelo.
Cuando, al fin, levanté la cabeza, me quedé embobado contemplando cómo la luz del atardecer encendía el arco de una madraza y las pequeñas cúpulas de tierra que la circundaban.
Los trinos redoblados de los pájaros, contagiados por la magia del crepúsculo, me animaron a perderme, esta vez solo y sin rumbo, por las tranquilas callejuelas que me remontaban al pasado. Fue un paseo memorable que recomiendo vivamente a todos los viajeros que se aventuren a visitar esta irrepetible ciudad.
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