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Munich, más allá de la Oktoberfest

La ciudad germana no es sólo la capital europea de la cerveza, con su famosa Oktoberfest, sino que también siente pasión por el fútbol y los placeres de la buena mesa. Por si fuera poco, Munich es el colmo de la sofisticación, centro privilegiado de la cultura gay del Viejo Continente y encuentro de culturas.

Francisco Infante

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Actualizado martes 07/10/2008 17:29 horas

Aunque siempre es subjetivo establecer una escala de valores entre ciudades desde un punto de vista turístico, es difícil encontrar una metrópolis en Alemania tan atractiva como Munich. Puede resultar arrebatadoramente seductora, cuenta con un patrimonio cultural que desborda las posibilidades de cualquier visitante y todo ello dentro de una configuración urbanística perfectamente abarcable, algo que no ocurre con Berlín, su gran competidora, que a pesar de la fascinación que produce nos deja con una sensación de impotencia.

Munich es sin duda la capital de la cerveza con su Oktoberfest, que tiene lugar entre los meses de septiembre y octubre. Pero le encanta el fútbol y los placeres de la buena mesa. Y también puede resultar el colmo de la sofisticación, centro privilegiado de la cultura gay europea y un punto de encuentro imprescindible entre los amantes del arte contemporáneo.

Poco queda de aquel cenobio monástico que le dio su nombre hace ochocientos años cuando aparece por primera vez en un documento oficial. Mucho más notorios son los restos del patrimonio relacionado con la dinastía de los Wittelsbachs que rigieron el destino de Baviera desde 1180 hasta 1918, preocupándose únicamente de embellecer su reino y en especial su capital.

Su huella se puede ver sobre todo en el Altstadt o ciudad antigua, donde se mezcla lo auténticamente medieval y renacentista con las fantasías neogóticas e historicistas que tanto gustaban a Luis I y Luis II, que reinaron durante el siglo XIX. Casi nada en realidad es lo que parece en la capital de Baviera: detrás de una aparente homogeneidad se esconden miles de matices y una complejidad social que la hacen irresistible.

Bonitas incongruencias

Su Parque Inglés sólo tiene de británico su estructura y tan pronto pueden aparecer docenas de jóvenes 'cabalgando' olas en las aguas torrenciales de un afluente del Isar que pasa por uno de sus extremos, como docenas de adoradores del sol totalmente desnudos en las praderas que rodean alguno de los templos neoclásicos que salpican sus paseos. No resulta incongruente que tanto Hitler como el director de cine Fassbinder hayan creído encontrar aquí su ciudad ideal.

En una primera visita lo mejor es comenzar en Marienplatz frente al carillón del Ayuntamiento donde a las once y a las doce en punto se conmemoran dos eventos cruciales que ocurrieron en ese mismo lugar, la boda entre Guillermo V y Renata Von Lothringen en 1568 y la Primera Danza ritual que se organizó para ahuyentar la Peste bubónica en 1517. Una ceremonia que se vuelve a recrear cada siete años y que, aunque tiene ahora mucho de reclamo turístico, forma parte del patrimonio cultural de Munich.

Después, los turistas suelen subir a la torre del Ayuntamiento para tener una vista panorámica, aunque lo más recomendable es acercarse a la iglesia de San Pedro, cuyo mirador está aún más alto, abarca más y la entrada cuesta la mitad. En el interior del templo se guarda la momia de Santa Munditia, patrona de las solteras.

Pacto con el diablo

De camino a la Catedral casi es obligatorio hacer una parada en Hofbräuhaus, la cervecería más carismática de Alemania. Al Dom o Frauenkirche también hay que entrar, aunque sólo sea para comprobar cómo es la huella del Diablo que, según una leyenda, hizo un pacto con el arquitecto del edificio.

Es casi imposible dar un paso por el casco antiguo sin encontrarse con alguna sorpresa: la iglesia de los agustinos, más conocida por su recargada decoración rococó, ahora alberga un museo dedicado a la pesca y a la caza. La iglesia de San Miguel puede pasar inadvertida desde fuera, pero sólo hay que atravesar su puerta para encontrase con uno de los monumentos de la Contrarreforma más espectaculares de Centroeuropa: en su cripta está enterrado Luis II, un rey poco ortodoxo que sigue fascinando.

Y casi de sopetón surge en el mismo centro la Residencia de los Wittelsbachs desde principios del S.XVII aunque su apariencia actual está muy influenciada por los trabajos de Leo Von Klenze, el arquitecto que creó una ciudad neoclásica entre el casco antiguo y el pueblo de Schwabing que ha llegado hasta nosotros como el barrio más exclusivo pero también donde se concentran muchos de los museos e instituciones culturales.

Y esto es sólo el aperitivo, ya que hay otra multitud de barrios donde se pueden pasar días enteros... Como Haihausen, conocido por sus bares; Gärtnerplatz, que aglutina a la comunidad gay; el barrio olímpico; el estadio de fútbol diseñado por Herzog y Meuron que cambia de color según el día o el complejo palaciego de Nymphenburg, comparable a Versalles.

 
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