Banyan Tree Ringha, Hong Po Village, Jian Tang Town, Shangri-La County, Diqing Autonomous Prefecture. Yunnan, China. Tfno: +86 887 828 8822. banyantree.com. ringha@banyantree.com.
32 habitaciones.
Desde 206 euros.
5 estrellas.
Lodge, hotel de campo.
El Gran Tíbet es uno de esos lugares del mundo donde uno espera encontrar austeridad, frío intenso y comida de dudosa procedencia. Por eso, uno se sorprende gratamente al encontrar un refugio como el complejo Banyan Tree Ringha. Perdido en un valle montañoso, en la provincia china de Yunnan, es un remanso de paz, donde meditar al estilo budista o disfrutar del silencio en un entorno mágico.
¡Ojo! No es un sitio fácil: Hay que advertir que no es para todo el mundo. Para empezar, la altitud y el frío dejarán a más de uno en su casa y, además, aunque el sitio sea de lujo, no hay que engañarse, forma parte de la China más profunda y eso es evidente.
Llegar hasta allí implica largas horas de vuelo en distintos aviones y un último viaje en coche de 40 minutos, pero el esfuerzo vale la pena. El lugar es tan auténtico que las cabañas son antiguas granjas de madera remodeladas y acondicionadas. Los interiores son cálidos y amplios, con suelos cubiertos por alfombras tibetanas de colores vivos e intrincados dibujos, cortinas de terciopelo y objetos de adorno chinos.
Como si uno fuera Indiana Jones después de una ardua pelea contra los malos, al llegar conviene sumergirse en la bañera (una inmensa tina de madera) e iniciar un viaje personal, dejando a un lado los problemas y las preocupaciones. El cuarto de baño es lo más parecido a un salón de té chino. Como el resto de la cabaña, está puesto con mucho estilo y originalidad.
La manera de subsistir en el Tíbet es vivir en sociedad y, aunque a uno lo que le apetezca sea quedarse frente al fuego en la habitación, hay que seguir la costumbre y acercarse al edificio central.
'Llamo', que significa 'lugar de reunión', es el nombre de la planta baja donde se sirve comida china y occidental y en el piso superior el restaurante Chang Sa sirve el original Tibetan Pot, que consiste en un caldero con caldo caliente donde se van echando trocitos de carne, marisco y verdura. Algo entretenidísimo, aunque algo caro. El ambiente del restaurante es de una camaradería raramente encontrado en otros hoteles. Quizás sea la lejanía y aislamiento del lugar lo que lleve a compartir un rato de charla con el vecino de mesa.
Durante el día las opciones son varias, pero lo que es seguro es que todas implican esfuerzo y grandes dosis de ejercicio. Uno no llega hasta el Tíbet para quedarse leyendo un libro... Para elegir hay desde trekking hasta una pequeña escalada para mover las piernas.
Los paisajes son tan increíbles que parecen de mentira. Montañas bañadas por las nubes, cañones de dimensiones gigantes, ríos tumultuosos y lagos tranquilos. Cerca del hotel no hay ninguna atracción turística, pero sin duda es parte de su encanto.
En el pueblo, siempre hay un monje tibetano dispuesto a dar la bienvenida y compartir un tazón de leche de yak. Hay que probarla para poder contarlo. Al volver al complejo espera una grata recompensa: El spa, que es cura para casi todo, se convierte en necesidad. Los tibetanos saben mucho de masajes y tratamientos, por ello hay que ponerse en sus manos, porque el lenguaje es casi imposible y dejarse hacer.
Las piedras calientes, Ghui Shi, son una técnica del Himalaya que devuelve la vida y la energía a la espalda más tozuda. Lo dicho, hay que dejarse hacer...
Terraza, teléfono, televisión vía satélite, minibar y caja de seguridad en las habitaciones, y spa.
Su ubicación y, sobre todo, el paisaje que se contempla desde sus miradores.
Para llegar hasta el hotel debemos coger un vuelo hasta el aeropuerto internacional de Kunming. Air China ofrece vuelos vía Frankfurt y Pekín. Una vez en el aeropuerto de Kunming, hay que coger un vuelo interno hasta el aeropuerto de Diqing de Shangri-La. Este vuelo tarda aproximadamente 40 minutos. El hotel se encuentra a una media hora en coche del aeropuerto.
Songzanglin. El monasterio tibetano más grande de la provincia de Yunnan. El lugar es un conjunto de edificios en forma de castillos construido en 1681. Pasear por los interiores es como hacerlo por un museo de todo lo relacionado con el budismo. Frescos de leyendas e historias budistas, lámparas y candelabros, esculturas... Songzanglin es un lugar de peregrinación de budistas. Cuentan que el Dalai Lama eligió su emplazamiento por adivinación. La visita dura unas dos horas y cobran 3 euros por entrar.
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