Éste es el recuerdo de una plaza frente a una iglesia en Nicaragua, plasmada ya para siempre en una fotografía vieja, ajada por el tiempo y por la vida, que evoca un pueblo perdido y hermoso de hijos de campesinos.
![[foto de la noticia]](http://estaticos01.ocholeguas.com/imagenes/2008/09/01/1220281846_0.jpg)
En un lugar preferente del salón de mi casa, en un discreto marco de madera, conservo a la vista una foto del templo parroquial de Rivas, en Nicaragua. Se trata de una copia en blanco y negro en la que se aprecian bien las intensas marcas de humo del último incendio que asoló el edificio en tiempos de guerrilla.
También se ve en la fotografía que la cubierta exterior de la nave central está totalmente reparada con unos materiales nuevos que contrastan con la fábrica del resto del edificio o de los campanarios. Esa iglesia vieja es ya para mí el símbolo de un pueblo perdido y hermoso en el que comí bien y barato, descansé en una fonda amable y fui recibido por sus escasos habitantes con simpatía y un olor a pan recién hecho que aún guardo entre mis más preciados recuerdos.
Hay ciudades en el mundo tremendamente hostiles, de hombres asustadizos; ciudades turbias o en idiomas extraños, en las que uno llega a sospechar que algo ha pasado alguna vez. Hay ciudades que desprecian al que viene de fuera, ciudades polvorientas, burocráticamente miserables o fatalmente mezquinas.
Tengo la memoria llena de ciudades y planos, plazas, mezquitas, catedrales y callejones que llevaban directamente al infierno. En todos los continentes hay ciudades terribles donde lo único que se puede hacer es dormir mal. Hay ciudades y pueblos en los que es mejor no detenerse, nunca, ciudades sin árboles, sin niños, sin una barra de bar o una miserable tienda de abarrotes donde hacerse con una cerveza fría.
No había entonces nada especial en Rivas: una plaza frente a la iglesia que se llena de escandalosos colegiales uniformados a la hora del recreo, una casa de comidas que hace esquina donde preparan tamales picantes y cuyo propietario no tiene reparos en prestarte su pesada y oxidada bicicleta, una pastelería que vende bollos calientes y huele por las mañanas como espero que huela el paraíso, y una reina de las fiestas salvajemente hermosa que, vestida de tul blanco y encaramada a un herrumbroso camión de ganado adornado con guirnaldas, respondía perfectamente a la imagen que habría de tener la diosa de los viajeros perdidos.
Frente a la iglesia de San Sebastián de Rivas pasa una camioneta Ford de los años sesenta en el momento en que disparo mi cámara. Se ha quedado para siempre, en blanco y negro, sobre un estante de mi librería. No se aprecia el rostro de quien la conduce pero encarna, en lo más hondo de mis secretas certezas, a todo el pueblo de Rivas.
A veces, en invierno sobre todo, me quedo un rato mirando la fotografía, me acuerdo del olor a pan y del griterío de los escolares en la plaza y confío en que San Sebastián, chamuscado en una hornacina sobre el pórtico de cantera del templo, cuide de aquellos campesinos y sus hijos.
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