Sapa, un paraíso entre nubes

Al norte de Vietnam, junto a la frontera con China, las trazas de la civilización se desvanecen entre la sempiterna niebla que cubre las montañas y comienza un viaje inolvidable que transcurre entre nubes grises de algodón que velan el paisaje.

Texto y fotos: Francisco López-Seivane

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Actualizado martes 07/10/2008 18:23 horas

De la estación central de Hanoi sale cada noche un tren con destino a Lao Cai, la última población en el norte de Vietnam a la que llega el ferrocarril. Enganchados al larguísimo convoy, las dos unidades del Victoria Express relucen como joyas entre el resto de los viejos vagones. Están reservados a los clientes que se alojarán en el exclusivo Hotel Victoria de Sapa y tienen todo el aire decimonónico del legendario Oriente Express. Una de las unidades es un elegante vagón restaurante y la otra un coche cama con todas las comodidades, así que el viaje de apenas ocho horas se convierte en una agradable experiencia. A pesar del lujo, el Victoria Express se balancea y traquetea como los trenes de antes, meciendo a los pasajeros en sus literas.

El ambiente en el vagón restaurante es de fiesta. Las voces, risas y brindis de un grupo de vietnamitas, camaradas divirtiéndose a su manera en viaje de incentivo, rompen el silencio habitual. Unos pocos extranjeros, los viajeros más habituales, los observan sin complacencia y se retiran temprano, dando la impresión de que huyen del jaleo para refugiarse en la intimidad de sus cabinas.

En Cao La nos recibe por la mañana un auténtico diluvio. Todavía queda una hora de camino en coche por una serpenteante carretera de montaña antes de llegar a Sapa. Pero en las montañas de Hoan Lien, que los franceses denominaban Alpes Tonnkineses, las trazas de la civilización se desvanecen entre la sempiterna niebla que las cubre y el viaje transcurre entre nubes grises de algodón que velan el paisaje.

Balneario de montaña

Por fin, llegamos a esta curiosa ciudad, asentada a mil seiscientos metros de altura y rodeada de crestas y picachos. Hasta la llegada de los franceses no era más que un mercado tribal, un abrigado cuenco donde las numerosas tribus de los alrededores se encontraban para comerciar, pero su clima fresco lo convirtió en un buscado balneario de montaña donde los galos podían huir del calor asfixiante de la llanura.

Que nadie se engañe, Sapa no es un apacible y bucólico valle de altura, sino un paraje abrupto, erizado de colinas afiladas como dientes de tiburón, donde los jirones de niebla dejan ver sólo por momentos la sobrecogedora belleza de un paisaje ciertamente dramático. Las viejas casas francesas encastradas en las laderas de los morros dan un extraño toque señorial a esta población en la que sólo se puede subir o bajar, ya que, aparte de la elegante laguna y sus riveras, todo es una sucesión de escaleras y cuestas ocupadas por un sin fin de zabarceras indígenas que pasan el día sentadas, embutidas en sus coloridos ropajes, tratando de vender cualquier cosa.

Largo éxodo

La razón por la que tantos miles de turistas visitan Sapa hay que buscarla en las tribus que habitan los valles contiguos, totalmente indiferentes a un mundo que parecen desconocer. Son viejos pueblos que llegaron a estas montañas con lo puesto desde las planicies del Yang Tse, huyendo del acoso de tribus más aguerridas. En el largo éxodo perdieron sus libros y su historia, pero se las arreglaron para conservar sus tradiciones, sus vestidos y su forma de vida.

Asentados en valles imposibles, transformaron las abruptas laderas en terrazas para cultivar arroz, dejaron en libertad a sus cerdos porque no tenían con qué alimentarlos y mantuvieron las diferencias culturales que los identifican y distinguen, formando un extraordinario mosaico de colores, costumbres y estilos que convierten la región en uno de los más extraordinarios museos vivos, étnica y antropológicamente hablando, del mundo.

 
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