El Tigre, capital del Delta y ciudad que en sus orígenes fue una babilónica aldea donde malvivían indígenas charrúas, emigrantes vascos y prófugos de la justicia, es la antesala de un viaje mágico por un archipiélago de color verde esmeralda atravesado por centenares de cauces.
Desde la terraza del antiguo Tigre Hotel, los turistas saludan al tripulante de una barca que surca el río cargada de bombonas de gas, racimos de bananas, aparejos de navegación y todo lo necesario para abastecer a los 6.000 habitantes de las islas que conforman el Delta del río Paraná. El dueño de la tienda flotante, Néstor Colmenares, los saluda a su vez con la mirada llena de nostalgia. A través de su imaginación, ve surgir en la misma terraza, la gallarda estampa de los caballeros de frac y de las alhajadas damas que festejaron la noche vieja de 1914, bailando al compás del tango y del foxtrot.
Arquitectos y paisajistas de todo el mundo 'peregrinan' a esta localidad, a sólo 30 kilómetros
de Buenos Aires
Colmenares escuchó por boca de su abuelo, cómo la música se derramaba sobre la superficie del río y los fuegos artificiales se veían desde el mismísimo Buenos Aires. Aquella fue la última gala antes de que el hotel cerrara sus puertas de hierro forjado, a causa de la crisis que sobrevino por el estallido de la I Guerra Mundial. Noventa años más tarde, el edificio neoclásico con sus columnas dóricas y bóvedas rematas en agujas, fue restaurado para albergar al Museo de Arte, uno de los atractivos que ofrece la ciudad de El Tigre, capital del Delta. Arquitectos y paisajistas de todo el mundo vienen a esta localidad, a sólo 30 kilómetros de Buenos Aires, atraídos por el contrataste que ofrece la presencia de los palacetes, en el paisaje agreste de las islas. El archipiélago de color verde esmeralda y los cauces que lo atraviesan forman el único gran delta del mundo (17.500 metros cuadrados de superficie) que no desemboca en el mar, sino el estuario del Río de La Plata.
Un día, preferiblemente de fin de semana, es suficiente para visitar los sitios de mayor interés de la pequeña ciudad que en sus orígenes, allá por el siglo XVII, fue una babilónica aldea donde malvivían indígenas charrúas, emigrantes vascos y prófugos de la justicia en eterna disputa por las tierras fértiles y las explotaciones madereras.
La elite bonaerense convirtió este rústico pueblo y su entorno en el 'resort' más elegante
de la Argentina
A finales del siglo XIX, cuando la milicia impuso la paz a punta de bayoneta, la elite bonaerense convirtió el rústico pueblo y su entorno, en el resort más elegante de la Argentina. La municipalidad de Tigre tuvo el acierto de preservar la residencia de la familia Bullrich, transformada en museo, con sus imponentes escaleras de mármol italiano, la quinta de los Anchorena cuyos vitrales traídos de Francia resplandecen como gemas bajo el sol del atardecer, u otras edificaciones alineadas a lo largo del Paseo de la Victorica, que por obra de su magia transportan al visitante a los alegres años de la Belle Epoque.
En el Museo Histórico de El Tigre se pueden observar daguerrotipos que muestran a los encopetados veraneantes, practicando la pesca con trajes de lino blanco y sombreros florentinos. También han resistido la mordedura del viento del sudeste, con su hálito de salitre y humedad, los edificios estilo normando de dos centros náuticos: el Buenos Aires Rowing Club o El Tigre Yacht Club, donde la colonia británica conmemoraba el natalicio de sus monarcas con sonoros cheers y libaciones regadas de jerez o vino oporto.
Al mediodía, cuando se ha levantado la bruma, los agentes turísticos invitan al público a dar un paseo en las embarcaciones que bambolean junto a la Estación Fluvial. Se puede emprender una travesía de siete horas, que comprende la cuarta parte del delta y la posibilidad de recalar en alguno de los restaurantes ribereños, y recorridos más breves -de una a tres horas- por los afluentes que rodean a El Tigre. No importa cual sea la elección, a poco de zarpar el viajero avista las casas orilleras de los isleños, entreveradas con los sauces, ceibos y espinillos que lamen el agua con su ramaje.
El Paraná y sus ramificaciones constituyen el habitat
del tigre sudamericano,
llamado yaguaraté
En su curso inferior, el Paraná y sus ramificaciones constituyen el habitat del yaguaraté (tigre sudamericano, de ahí el nombre de la ciudad), las nutrias, los ciervos y también del isleño del delta profundo, más reservado y arisco que el expansivo y dicharachero habitante de la costa. Los domingos se asoman a la playa, atraídos por el espectáculo de los yates que anclan en medio del río y de las ruidosas fiestas que sus tripulantes, damas en minúsculos bikini y señores con aire de playboy, celebran en cubierta.
Los moradores de la espesura cultivan juncos y mimbres que sirven para confeccionar los muebles, esterillas, biombos y otras piezas de artesanía que se venden el Puerto de Frutos, una colorida feria al aire libre situada en El Tigre, que los días festivos recibe a una legión de turistas. Si el clima lo permite, los visitantes se sientan en las terrazas de los cafés a contemplar la descarga de materia prima que llega de las islas, trayendo un penetrante efluvio de azahar y miel silvestre. Al caer la tarde el cielo se abre en pantalla de oro y el río se colorea también.
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