Primera escala de Cristóbal Colón en su descubrimiento de América, las 700 islas e islotes que forman el archipiélago de Bahamas son una parada obligada para los grandes cruceros por el Caribe. Pero aún conserva un puñado de islas apenas habitadas que la convierten en un destino exclusivo y exótico.
Cada mañana, miles de cruceristas desembarcan en Nassau, la capital de Bahamas. Suele haber varios barcos a la vez y los turistas llenan tiendas, mercadillos y restaurantes. Visitan el Museo de los Piratas o se dan una vuelta por las callejuelas de los alrededores. Algunas compañías tienen incluso sus propias islas privadas en este archipiélago, para que los cruceristas consuman en sus casinos, spas, tiendas, bares, playas privadas o centros de deportes náuticos.
Por suerte, hay otra faceta muy diferente en estas islas que fueron la primera escala de Cristóbal Colón en su descubrimiento de América. Las Bahamas son un archipiélago formado por unas 700 islas e islotes y casi 2.500 cayos y rocas, que se prolongan a lo largo de 1.200 kilómetros desde la punta sudeste de Palm Beach, en Florida, hasta una punta del extremo este de Cuba. Las Biminis, el grupo de islas más occidentales, están sólo a 97 kilómetros al este de Miami, Florida.
Las islas son en su mayoría largos y planos arrecifes de coral, apenas coronados en pocos casos por unas colinas redondeadas de escasa altitud. ¿Cómo movernos en este laberinto de islas? En realidad, sólo están habitadas unas treinta, son de fácil acceso y en ellas se puede disfrutar de sus playas con un sol casi eterno y practicar el buceo. Los anglosajones ya lo saben y pasan aquí sus vacaciones año tras año. Para los españoles, las Bahamas son todavía un destino exclusivo y exótico.
La entrada por Nassau es casi inevitable, aunque no lleguemos en crucero. La capital del país está situada en la orilla norte de la isla de New Providence y su puerto es un espigón natural que se adentra en el mar y que desde hace siglos ha convertido a esta ciudad en una escala imprescindible a cuantos navegaban por el Caribe, piratas incluidos. Hoy es una ciudad muy animada, donde no faltan los grandes centros comerciales de lujo y las playas de aspecto paradisíaco, con su fina arena blanca y aguas cristalinas.
Lo más llamativo de esta capital caribeña es su remilgado aspecto colonial británico, cuyo momento cumbre llega con el cambio de guardia, protagonizado por jóvenes guardias negros, vestidos con el mismo uniforme utilizado por el antiguo ejército colonial británico en Hong Kong, Nairobi o Nueva Delhi, incluido el salacot adornado con banda de seda roja, un chaleco de piel de leopardo (sintético) que recuerda la guerra de los bóers y un enorme reloj de oro en la muñeca muy del gusto local.
Bay Street es uno de los más importantes centros de venta libre de impuestos del mundo
Frente a las casas sencillas, animadas a base de pintura blanca y rosa, con un aire un tanto naïf y refrescante, se pueden observar varios edificios coloniales como el Parlamento y los juzgados, puertos como Charlotte Port y dos interesantes fortines -todos del siglo XVIII-, la catedral de Christ Church... Muchos visitantes se animan incluso a visitar los famosos jardines Ardastras con sus curiosas plantas tropicales, los jardines marinos o Jumbey Village, una reproducción de una población de las Bahamas en el siglo XVIII. Por supuesto, la mayoría prefiere ir de compras a Bay Street, uno de los más importantes centros de venta libre de impuestos del mundo.
El cine ha dado su pequeño empujoncito publicitario. El Museo de los Piratas es una buena introducción a la historia del archipiélago, una historia que para nosotros comenzó en 1492, cuando Cristóbal Colón llegó a la isla de Guanahaní, actual San Salvador (también conocida como Watling). Ésta formaba parte de un archipiélago que los españoles bautizaron como Islas de Bajamar, de donde procede la denominación actual de Bahamas. Los españoles las abandonaron en el siglo XVI y desde entonces se convirtieron en un refugio de piratas, hasta que en 1648 los británicos se hicieron los dueños del archipiélago.
Pero apenas hemos hecho otra cosa que llegar a Bahamas y tenemos un montón de islas por descubrir. La mayor de todo el archipiélago es Andros, que en realidad es un archipiélago de unos 160 kilómetros de longitud atravesado por varios canales. Posee un lago de agua dulce y el único río de las Bahamas, el Goose. Pese a su tamaño, Andros es una de las islas menos turísticas del archipiélago y se utiliza sobre todo para explotar la madera del denso bosque primitivo que la cubre.
Los isleños aseguran que se encuentra habitado por duendes de ojos rojos llamados chickcharneys que atacan a quienes se encuentran por el camino. Sólo algunos buceadores apasionados se atreven a desafiar a estos duendes para adentrarse entre los corales, sobre todo en la playa de Somerset Beach y en Red Bay, al norte de la isla, donde viven los descendientes de los indios seminole, famosos por su preciosa cestería.

Atardecer frente al mar.
Frente a la poco conocida Andros, Gran Bahama se ha convertido en el segundo destino más popular en las Bahamas. Aparte del juego y las tiendas libres de impuestos, la isla tiene interesantes encantos naturales, playas de arena fina, densos bosques de pinos cubanos y una rica fauna y flora. Su capital, Freeport, es poco atractiva, aunque a quienes les gusten la horticultura y los jardines, disfrutarán en el Rand Memorial Nature Centre, con muestras de horticultura y senderos naturales y en el Garden of the Groves, un exuberante jardín con más de cinco mil especies de plantas exóticas de todo el mundo.
En la isla hay otras referencias turísticas imprescindibles, como el Museo Grand Bahama, dedicado a la historia de la isla desde los tiempos de los Lucayans, y particularmente el Parque Nacional de Peterson Cay, situado al este de Freeport, un rincón perfecto para la práctica del buceo y el submarinismo.
Y saltamos a otra isla sin turistas, Long Island, que muchos consideran el rincón más pintoresco y auténtico de Bahamas. Aquí el Atlántico se estrella contra los acantilados que recortan la costa y los bananeros y los maizales cubren el interior. Al norte podremos disfrutar de la mejor playa de la isla, la del Cabo de Santa María, y en Stella Maris, encontraremos las condiciones perfectas para practicar el buceo y la pesca.
Dicen que hay centenares de playas, aunque los turistas se concentran en sólo unas pocas
Pero para conocer a la población más genuina de Bahamas, las costumbres tradicionales y la vida auténticamente caribeña, hay que ir más allá. Por ejemplo a Cat Island. Aquí sus habitantes todavía practican las creencias obeah y la medicina tradicional, y elaboran su propia cestería. El entorno es perfecto: playas de arena fina recorren toda la costa del Atlántico, mientras que la costa oeste está llena de calas con abundante pesca. En el interior, sólo encontraremos pantanos y manglares y en el sur, una curiosa ciudad, New Bight, que fue un asentamientos de esclavos libres de principios del siglo XIX.
En estas islas, al margen de la marea de los cruceristas que van y vienen, quedan centenares de rincones curiosos, como The Heritage, un curioso monasterio en miniatura construido en el punto más alto de Cat Island, en el que a principios del siglo XX vivió un anacoreta llamado Padre Jerome. O el archipiélago de las diminutas Exumas, que son 365 islas. O las Abaco, con sus casitas de madera pintadas en colores africanos que dan al cayo Green Turtle un aire encantador.
Y aún hay mucho más que descubrir, sobre todo si viaja en barco. Dicen que hay 700 islas para escoger y dentro de ellas centenares de playas, aunque los turistas se concentran en sólo unas pocas. Incluso en las islas más turísticas quedan muchas playas casi desconocidas, algunas cargadas de historia, como las de San Salvador, la gran olvidada, aquella en la que Colón pisó suelo americano y dejó escrito: «(Estas islas) son muy verdes y fértiles, de aires muy dulces». Y continuaba: «Incluso el canto de los pájaros es tal que un hombre nunca deseará abandonar este lugar».
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