Oslo se ha convertido en la nueva estrella de Escandinavia. Ha dejado de ser aquella capital con aire provinciano para transformarse en el lugar perfecto donde pasar un largo fin de semana. Su principal atractivo sigue siendo su situación, en medio de un fiordo.
De puntillas, casi sin que nadie se diera cuenta, la capital de Noruega se ha convertido en la nueva estrella de Escandinavia, rivalizando ahora de igual a igual con Estocolmo y Copenhage. De pronto ha dejado de ser aquella capital con aire provinciano, que apenas había cambiado desde la época en que el dramaturgo Ibsen decidiese exilarse a Roma huyendo de su ambiente excesivamente tradicional y conservador, para transformarse en el lugar perfecto para pasar un largo fin de semana en cualquier momento del año.
En invierno se puede aprovechar la cercanía de las estaciones de nieve y el nuevo hotel de hielo que se ha inaugurado a menos de dos horas del centro urbano, aunque quizá el momento más agradable es en verano, cuando los días se prolongan durante casi 24 horas y las noches son de color blanco azulado.
El cambio decisivo en su estatus ha provocado la llegada de compañías aéreas de bajo coste, que no sólo han reducido el precio del billete, sino también el tiempo de viaje (desde Madrid se tarda ahora unas tres horas y media). Hay tanto tráfico que ya son tres los aeropuertos en las cercanías que operan vuelos regulares. El más cómodo y cercano es el novísimo de Gardemoen, realmente espectacular desde un punto de vista arquitectónico. Pero cualquiera de los otros dos está perfectamente comunicado con el centro urbano.
Es cierto que Noruega está fuera de la Comunidad Europea, se sigue utilizando ela Corona Noruega y el nivel de vida es muy alto, pero sólo hay que consultar la página web de turismo de Oslo para comprobar que hay muchos restaurantes y hoteles a precios asequibles, además de atracciones gratis o a precios muy reducidos.
En apariencia no ha habido grandes cambios en el paisaje de la mini-metrópolis noruega. Todo sigue siendo cercano, asequible a pie y familiar, pero sólo hay que mirar con detenimiento para darse cuenta de que Oslo ha alcanzado su mayoría de edad. Hay un nuevo y deslumbrante edificio de la opera en el puerto, firmado por los arquitectos de Snohetta, más conocidos por su proyecto de la Biblioteca de Alejandría, el primero en el mundo en el que los visitantes pueden pasear por sus tejados en forma de rampas. Un edificio que pretende de alguna forma servir como vínculo natural entre el centro histórico al oeste y las colinas Ekeberg al este, convirtiéndose en la piedra angular para el desarrollo de una nueva identidad en la zona portuaria de Bjørvika.
Por otra parte, aunque el corazón de Oslo sigue siendo Kart Johans Gate con el Palacio Real en un extremo, la estación Central en el otro y entre medios el Parlamento, el Teatro Nacional, la Universidad, la Catedral y docenas de tiendas, han surgido con fuerza otros barrios como Grunerlokka, Kvadraturen y Gronland, donde se ha perdido esa homogeneidad escandinava para aportar nuevos matices y colores a la nueva Noruega del S.XXI.
Aunque el corazón de Oslo siga siendo Kart Johans Gate, han surgido con fuerza otros barrios
Frogner, el tradicional y refinado barrio que alberga el Museo de Ibsen y el siempre sobrecogedor Parque de esculturas de Vigeland, se ha vuelto más cosmopolita y las tiendas de Bygdoy Allé o Skoyen podrían estar en cualquier otra gran capital europea, aunque aquí tienen ese extra noruego que las hace distintas.
House of Oslo en Ruselokkvein, 26 es un gran almacén dedicado exclusivamente al diseño. Hay nuevos museos de arte contemporáneo como el Henie Onstadt Art Centre, DoGa, un centro dedicado a la arquitectura y el diseño, el Museo Astrup Fearnley especializado en arte moderno, sin olvidarse de que 'El Grito' ha vuelto al Museo Munch, después de años de ausencia y peripecias policíacas.
Pero quizás lo más atractivo de Oslo sea su situación, en medio de un impresionante fiordo lleno de tesoros y secretos por descubrir. Los más cercanos se encuentran en la península de Bygdoy, a la que se puede llegar en autobús, aunque siempre es preferible hacerlo en ferry. Allí se encuentra el Museo de los barcos vikingos, donde se conservan tres naves del siglo IX encontradas en una serie de enterramientos del sur del país a finales del siglo XIX. Su estado de conservación es insólito y sólo por verlos ya vale la pena hacer el viaje hasta Oslo.
Lo más atractivo de Oslo es su situación, en medio de un fiordo, lleno de tesoros y secretos por descubrir
Pero en Bygdoy aún hay muchas maravillas, comenzando por el Museo Etnológico de Noruega, donde se han reconstruido una serie de edificios tradicionales de madera procedentes de todo el país. También hay que acercarse a ver las balsas que utilizó Thor Heyerdahl en su expedición del Kin-Tiki, para terminar en el Museo Nacional Marítimo de Noruega, en cuyas cercanías se puede visitar el Fram que condujo en 1911 a Roald Amundsen hasta la Antártida.
Más tarde, si el cuerpo pide más naturaleza, sólo hay que seguir la exploración del fiordo. Si el tiempo es limitado, lo mejor es concentrase en la isla de Hovedoya, donde se puede combinar un paseo por la naturaleza con la visita a un antiguo monasterio cisterciense del siglo XII, o unirse a alguno de los minicruceros que cada tarde recorren el fiordo, en cuya tarifa se incluye un buffet libre a base de gambas.
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