Djerba, en el sur de Túnez

La que pudo haber sido isla de los Lotófagos de la Odisea guarda muchos secretos. Esconde un territorio misterioso, donde se superponen decenas de monumentos y costumbres de los diferentes pueblos que han pasado por este rincón en el extremo sur de Túnez.


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Javier Mazorra

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Actualizado viernes 22/08/2008 14:59 horas

La que pudo haber sido isla de los Lotófagos de la Odisea, guarda muchos secretos de los diferentes pueblos que la han ocupado. Detrás de una costa cuajada de inmensos hoteles, Djerba esconde un territorio misterioso, dónde se superponen decenas de monumentos y costumbres de los diferentes pueblos que han pasado por esta isla en el extremo sur de Túnez.

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Djerba surge por primera vez en la historia con mayúsculas de la mano de los cartagineses que le dan el nombre de Meninx, que en lengua fenicia significa 'falta de agua'. Una carencia que no impediría su prosperidad tanto como centro comercial, en un punto estratégico del Mediterráneo como exportadora de aceite y otros productos agrícolas.

Desde muy pronto la isla se llena de aljibes y pozos artesanos que recogen y aprovechan cada gota que cae del cielo. No tardarían en llegar los romanos que construyeron una calzada entre la costa ya cercana a Libia y la isla. Su principal interés era la producción de púrpura, un colorante natural que se extraía del murex, un molusco muy abundante en esta parte del Mediterráneo.

Desde entonces, y hasta la Edad Moderna, Djerba se ha convertido en un punto fundamental en la ruta de las caravanas que venían, tanto de la Africa más profunda, como del Cercano Oriente, camino de Europa. Por su territorio no sólo pasarían productos exóticos, como plumas de avestruz o marfil, sino también esclavos y numerosos fugitivos que encontraran en este pequeño paraíso el más perfecto de los refugios.

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Sólo hay que dar una vuelta por el interior de la isla para ir descubriendo una arquitectura que no se parece a ninguna otra en Túnez. Por un lado surgen, dónde menos se las espera, las mezquitas de los Ibaditas o Abadíes, una secta musulmana perseguida por gran parte del Islam que se caracteriza por su extrema austeridad. Sus construcciones parecen pequeñas fortalezas, con formas geométricas caprichosas que responden a sus necesidades y que prácticamente carecen de minaretes. Los mejores ejemplos se encuentran en Mellita y Mahbouline, pero hay otras muchas repartidas por todo el interior.

Por otra parte, los judíos convirtieron a Djerba en uno de sus principales centros de influencia, alrededor de la sinagoga de La Ghriba, dónde cada año se celebra una de las mayores fiestas religiosas del mundo hebreo.

Atardecer en Sidi Jemour

Mientras que gran parte de la costa este ha sido ocupada por docenas de hoteles a orillas de las mejores playas, la zona occidental permanece prácticamente virgen.

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Desde Ajim, dónde llega el transbordador desde tierra firme, sale una pista que recorre toda la costa hasta las ruinas del castillo de Jellij dónde ahora se encuentra uno de los dos faros de Djerba. La única construcción en todo el camino es un antiguo santuario en el que reposan los restos de Sidi Jemour. Allí se pueden contemplar los atardeceres más espectaculares de todo Túnez, antes de volver al bullicio de los zocos y plazas repletas de cafés de Houmt-Souk, la capital administrativa de la isla. Un lugar delicioso, caótico y tremendamente vivo durante las horas en las que el zoco se encuentra en pleno apogeo, en donde el patrimonio orientalista, dejado por los franceses, se entremezcla con las construcciones turcas y otras más antiguas.

Hay que visitar el mercado del pescado, en el que se subasta al por menor, para luego acercarse al puerto y maravillarse ante las montañas de cántaros de cerámica utilizados en la pesca del pulpo.

Al final del día nada es comparable a saborear un té a la menta en alguna de sus plazas, siempre perfumadas con naranjas y especias. El café más antiguo, abierto las 24 horas del día es el Ben Daamech, pero hay otros cargados de historia, como el cercano Ben Yedder.

No hay que dejar Djerba sin acercarse a Guellala, un pueblo en el extremo sur, enteramente dedicado a la cerámica desde hace muchos siglos. En el Museo local se pueden seguir sus diferentes épocas y estilos para luego elegir entre los muchos alfares, un recuerdo de esta isla en el corazón del Mediterráneo de apenas 500 kilómetros cuadrados.

 
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