Existe la nostalgia de Matanzas, la 'ciudad de los puentes' y los artistas, de los refinados músicos y los grandes poetas. Y existe, mucho más profunda aún, la nostalgia de Varadero, la playa más codiciada de Cuba, cuyo destino estaba escrito desde principios de los años 40.
Atenas de Cuba o Ciudad de los Puentes. Así llaman a Matanzas, localidad de infinita tradición artística e intelectual, villa de célebres y grandes poetas, refinados músicos y set de la película Cartas del parque, de Tomas Gutiérrez Alea.
Fue necesario construir seis puentes para imponerse ante el arrastre de los ríos Yumurí, San Juan, Canímar y la Bahía que zigzaguea peligrosa por la ciudad. El centro histórico, justo en la Plaza de la Vigía, ofrece bellísimas joyas arquitectónicas como El Teatro Sauto, el coqueto Museo Farmacéutico, el Ayuntamiento Municipal, su Museo de Historia y la catedral de san Carlos de 1730.
En Matanzas existe la editorial independiente Vigía, que produce libros artesanales (a veces hacen su propio papel), que saca a la luz a conocidos y desconocidos de la literatura cubana y universal.
La provincia, del mismo nombre, limita al norte con el Océano Atlántico, al sur con el Mar Caribe, al oeste con La Habana, al este con Villa Clara y al sudeste con Cienfuegos. Se conecta a la capital por una de las más vistosas vías costeras de la isla, donde se encuentra un soberbio puente-mirador llamado Bacunayagua.
Fue necesario construir seis puentes para imponerse ante el arrastre de los ríos que zigzaguean en Matanzas
Si quieres dejar atrás el trasiego de la ciudad, a cinco minutos en auto del centro descubrimos el Valle de Yumurí, distinguido por su copiosa vegetación tropical de helechos y palmas reales. En Cuba hay mucha tierra por cultivar. Las plantas silvestres han ganado el paisaje y, si te detienes a mirar, no parece haber civilización alguna alrededor de este majestuoso valle. Las Cuevas de Bellamar son las grutas más vastas de la isla y se encuentran a veinte minutos de la ciudad. Poseen más de tres mil metros de galerías adornadas por cristales cársicos con formaciones y columnas de estalagmitas y estalactitas. Esculturas caprichosas de la naturaleza, como un regalo de las rutas matanceras.
En el punto más septentrional de la Isla, y a 32 kilómetros de Matanzas, llegamos al balneario de Varadero. Paraíso de arenas blancas, finas, 22 kilómetros de orillas deslumbrantes. Aguas cristalinas donde los peces pican las plantas de tus pies... caminarla de arriba abajo es el sueño de quienes la visitan y la añoran.
Tal como existe un bronceado Varadero, existe, no hay dudas de ello, la llamada Nostalgia Varadero. El primer asentamiento en la península de Hicacos fue fundado en 1880 y era conocido como Playa Azul. Sin embargo, la cualidad de sus playas, donde puede caminarse por mucho rato sin que el agua sobrepase el nivel de la cintura, determinaría que el nombre derivara en Varadero. Cada año el aura del lugar fue fortaleciéndose y hacia mediados del siglo XX era ya conocida en todo el mundo.
Agradezco a mi primer novio el privilegio de recorrerlo sobre una moto alemana en una noche de invierno.
Desde comienzos de la década de los 40, el destino de la playa más codiciada de Cuba estaba ya trazado. Las casitas de madera de color blanco y azul, los bronceados profesores de natación para chicos, las elegantes nadadoras vestidas de blanco, las regatas de velas dispersas como gaviotas... Aquellas máquinas de cortar césped, que diseñaban la combinación de verde con azul que profundiza y estalla entre bancos de arena y limpios horizontes, estaban destinadas a desaparecer.
Todo eso quedó escondido para dar paso al crecimiento de infraestructuras hoteleras y extrahoteleras. Las arenas empezaron a esconderse a la sombra de los nuevos hoteles, que antes fueron terrenos familiares y luego campamentos de pioneros y alfabetizadores. El destino, sin eclipsar sus cualidades, le ganó la partida al mar.
Conocí Varadero un poco tarde, no fui de las que pudo bañarse de niña en sus aguas transparentes. Mi nostalgia es más reciente. Aún agradezco a mi primer novio el privilegio de recorrerlo sobre una moto alemana en una noche de invierno.
El gran cartel que reza en mi memoria Hasta siempre varadero, me hace pensar cómo será ese pueblito años más tarde. Cuando cierro los ojos y pienso en Matanzas, recuerdo los versos de la escritora Carilda Oliver Labra:
Y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.
Sí, al pensar en Varadero me desordeno, cierro los ojos, me veo caminando metros y metros intentando adentrarme en el mar sin conseguirlo. Encontrar la profundidad en Varadero lleva su tiempo. Y el tiempo es algo que no ha podido vencer a Varadero. Ni se te ocurra seguir de largo. Pasa por el pueblito, prueba un guarapo con ron e imagina su pasado de madera y césped recién cortado. Zambúllete en sus aguas limpias de múltiples celestes, llévate su color y mi pedacito de nostalgia.
© 2012 Unidad Editorial Internet, S.L. | Aviso legal | Política de privacidad