Recientemente declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, la antigua Malaca, en Malasia, es el mejor ejemplo en el sureste asiático de una ciudad mestiza, con influencias europeas y orientales. Se mire donde se mire siempre aparece algo desconcertante, difícil de clasificar.
Malaca, declarada el pasado 8 de julio Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es un ejemplo vivo en el sureste asiático de una ciudad mestiza en la que múltiples influencias europeas y asiáticas, a lo largo de más de 500 años, han terminado creando un espacio urbano excepcional.
Malaca no se parece a ninguna ciudad de Asia y mucho menos de Malasia
Malaca no se parece a ninguna ciudad de Asia y mucho menos de Malasia. Se mire por donde se mire siempre aparece algo desconcertante, difícil de clasificar, de ponerle un nombre. De pronto aparece una iglesia con influencia holandesa, pero también con caracteres chinos, un fuerte portugués con cañones británicos, un antiguo palacio del sultán que se aleja de los cánones arquitectónicos de la región o una insólita estatua de San Francisco Javier.
También ocurre con la cocina, que es pura fusión -antes de que se inventara el término- y la misma impresión vuelve a repetirse con sus gentes, que todavía conservan rasgos de todas las culturas y civilizaciones que han pasado por este lugar estratégico en el estrecho de Malaca.
Sus orígenes están relacionados con un príncipe errante de Sumatra que llegó a estas costas hacia el año 1400. Un día, mientras cazaba, quedó tan impresionado al ver cómo un pequeño ciervo era capaz de tirar a uno de sus perros al río, que decidió tomarlo como una señal divina y crear allí mismo un imperio al que llamó Malaca o Melaka.
Durante siglos se aceptó el termino Malaca, que en lengua tamil significa 'patas arriba' -tal como había quedado su perro tras el incidente-, pero últimamente se ha cambiado por Melaka, que es el nombre en lengua local del árbol donde se encontraba el príncipe Parameswara en aquel momento crucial.
No tardó en ser invadida por mercaderes chinos, tropas de Siam y musulmanes, hasta que llegaron los portugueses
Malaca, o Melaka, se convirtió en un lugar tan atractivo que no tardó en ser invadida por mercaderes chinos (una hija del emperador se casó en 1460 con el Sultán), tropas de Siam, musulmanes de otros punto de la actual Malasia, hasta que en 151l llegaron los portugueses para quedarse. Todavía se pueden ver restos de alguno de los fuertes que construyeron, como el de Famosa, e iglesias, como la de San Pablo, en la que estuvieron enterrados durante años los restos del misionero Francisco Javier, que pasó largas temporadas en esta parte de Malasia.
Lo que más impresiona de la herencia portuguesa es la pervivencia de costumbres, canciones, platos de cocina, nombres y palabras que salpican la cultura local. Es imposible dar un paso por Melaka sin encontrarse con algo ligeramente portugués, sobre todo cuando se celebra alguna fiesta como el Intrudu o Santa Cruz y comienzan a bailar como lo harían en alguna aldea del Trasomontes. No importa que después llegaran los holandeses y británicos, permaneciendo muchos más años que ellos. La influencia lusa sigue siendo predominante, aunque siempre mezclada con la china y todas las demás, que da forma a lo que se conoce como cultura Baba Nyonya, que cuenta con su propio museo.
Pero, no lejos de la pequeña Lisboa que esconde el barrio portugués, surgen edificios pintados de un rojo sangre, como la antigua residencia del gobernador de la Compañía de la Indias Orientales, hoy transformada en museo etnológico, o la Iglesia de Cristo, dónde lo holandés es predominante, aunque muy trufado con influencias orientales.
Melaka es, ante todo, una ciudad tremendamente acogedora y agradable, volcada al turismo. Se puede pasear por calles, como la de Jalan Hang Jebat, cuajada de tiendas de anticuarios escondidas en el interior de casas portuguesas o malayas, aunque siempre con los rasgos típicos de la arquitectura local.
Tan pronto aparece el templo chino más antiguo de esta parte de Asia, como un palacio que podría estar en Manila o incluso en La Habana. Y siempre hay un café o un restaurante dónde hacer una pausa, digerir esa mareante mezcla de culturas y, también, probar exquisiteces gastronómicas como Belacan, una pasta de gambas que se come con arroz, o un curioso setay de pescado, o la famosa sopa Laksa, la máxima expresión de la cultura Peranakan, que es, como se define en Malasia, todo lo relacionado con la región de Melaka de influencia china.
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