Cienfuegos tiene el color del azogue, es plateada y profunda. Ahí pasé la mitad de mi infancia, entre arena colada, ostiones frescos, barcos encallados y un puerto visitado por griegos ebrios y secretos submarinos rusos. Por eso, y por lo que amo a esa ciudad, a mí me dicen, como en aquella vieja canción: "Cienfueguera en La Habana".
La provincia de Cienfuegos se levanta justo en el medio sur de la isla, tiene una extensión de 4.178 kilómetros cuadrados y una población de 396.691 habitantes. Es el centro cardinal de los viajeros que recorren Cuba de punta a cabo. A sólo 244 kilómetros de la capital habanera nos topamos con su extraordinaria bahía de bolsa que, en las noches de luna llena, está salpicada por la cotidiana mancha de sardinas plateadas: se pescan allí pargos de carne blanca y jugosa y el gran sábalo cienfueguero. La captura de los barcos camaroneros es tradición de esta ciudad. Tanto la distingue el mar, que hasta la estación provincial de radio, donde trabajó mi madre por muchos años se llama Radio Ciudad del Mar.
Conviven los cienfuegueros con enormes playas bañadas por el Caribe: Rancho Luna y El Inglés, Pasacaballos, sitios ideales para el buceo y el descubrimiento de asombrosos bancos de corales marinos como El Notre Dame, de seis metros de altura, nombrado así por alguien que notó una loca semejanza con la catedral francesa.
El espíritu francés no se ocultaba de nadie: marcaba la diferencia con otras villas
Los cienfuegueros son herederos de la única población de Cuba fundada por franceses procedentes de Burdeos, con el nombre de Fernandina de Jagua. En 1829 el rey le concedió el título de villa y su nombre actual. También coexistían colonos del Sur de los Estados Unidos y una pequeña colonia española. El espíritu francés no se ocultaba de nadie, por el contrario, la urbanización de la ciudad marcó ampliamente la diferencia con otras villas. En el siglo XIX, con Don Luís D' Clouet a la cabeza, el estilo Neoclásico y sus nuevos aires de urbanismo europeo se pusieron en marcha. No tardaron los cienfuegueros, con una concepción amplia y ambiciosa, en trazar calles rectas y limpias que desembocan en el mar.
Su puerto los hizo autónomos, independientes, modernos. Allá por los años cincuenta, mi abuela decía que si uno achinaba los ojos no sabría determinar si estaba en Miami o en Cienfuegos. En su aeropuerto aterrizaban aviones a cualquier hora del día y la noche; desde entonces, el turismo extranjero ha sido parte del movimiento urbano.
La Perla del Sur posee su mayor atractivo en el centro histórico, que consiste en un conjunto de orgullosas edificaciones de enormes columnas y portalones espléndidos extrañamente bien conservados, que dan a la ciudad, y también a sus gentes, un aire señorial. No es difícil imaginar los días en que figuras como Enrico Caruso vinieron a actuar al Teatro Tomás Terry. Su fastuosidad lo situó entre los tres más importantes del país. Las crónicas cuentan que el tenor, con un sostenido de su poderosa voz, rompió tres bombillas e hizo rabiar a los empresarios porque quienes no tenían dinero para pagar la entrada, oyeron perfectamente toda la función desde el vecino Parque Martí.
Es precisamente en este parque donde se erige, desde 1902, el único Arco de Triunfo existente en Cuba. En su simpática glorieta se disfrutan aun las retretas domingueras que llenan la tarde de danzones y otras piezas tradicionales.
Mi Cienfuegos predilecto va desde el área del Malecón hasta Punta Gorda; del antiguo Cienfuegos Yacht Club hasta el Palacio de Valle. Estas zonas identifican a la ciudad con un charme sublime y han sido protegidas y declaradas por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Pero no se puede dejar de visitar, además:
El Jardín Botánico de la ciudad, que ofrece al viajero curioso su gran colección de plantas integradas por 1.450 especies -y de ellas el 80% son exóticas- y su colección de palmas, que está entre las 10 más importantes del mundo. Fue fundado en 1902 y desde 1919 dependió de la Universidad de Harvard.
La Fortaleza de jagua. Un Castillo construido durante doce años, iniciada la obra en 1733. España, para evitar las visitas indeseadas y el comercio ilícito de los lugareños con piratas y corsarios, decidió construir esta fortaleza de cantería a la entrada de la bahía. Hoy, sin mucho que hacer, la fortaleza sólo guarda los buques hundidos durante esos años. Se inauguró bajo el nombre de Castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, pero todo el mundo le llama Castillo de Jagua.
El Chalé de Valle. Hoy un refinado restaurante de comida gourmet, expuesto al mar a través de sus enormes pasadizos y columnatas voladas. Este sitio, que antes fuera una enorme mansión familiar, es hoy la más deslumbrante joya que prueba hasta dónde podía llegar el enloquecido eclecticismo cienfueguero.
La laguna de Guanaroca. Entrada del río Arimao antes de desembocar en la bahía de Cienfuegos, un área protegida que incluye los Laberintos de los Naturales Cayo Ocampo y otros cayos menores en el interior de la propia bahía.
Las puestas de sol en la ciudad de mi infancia son incomparables. El entorno de la bahía es extravagante y atractivo debido a las grandes poblaciones de mangles grises, refugio natural para la flora y la fauna autóctonas. Una colonia de más de doscientos flamencos rosados regala un toque mágico que deslumbra cuando se visitan los sitios arqueológicos más importantes de su pasado aborigen.
Hoy, la gente que la habita, según mi madre "millonarios sin millones", cuidan su ciudad mucho mejor que a su alma. Si vienen a Cuba, no olviden visitar a esta "Francesa de Cuba", romántica y suficiente villa que se levanta sola ante la dorada coordillera del Escambray, que la guarda y la corteja desde lejos. Una ciudad acosada por el mar e iluminada por la luna. "Cienfueguera luna" de pescadores y poetas.
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