San Sebastián en estado puro

Es una ciudad para pasear, para ser recorrida en bicicleta, para comer bien, para contemplar, para sumergirse en ella, para bebérsela txikito a txikito. Es una ciudad donde late el arte, la gastronomía, el cine, el jazz... Durante sus fiestas, del 9 al 16 de agosto, se revoluciona. Luego vuelve a su esencia en estado puro. Éstas son ocho claves para sentirla y vivirla como un donostiarra.


Texto y fotos: Sara Cucala

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Actualizado martes 19/08/2008 16:54 horas

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1. Las olas del Paseo Nuevo.

Hay una sana costumbre en la ciudad que es el arte del paseo. Un donostiarra que se precie sale a cualquier hora del día a pasear por el Paseo Nuevo, que recorre desde el acuario hasta la desembocadura del Urumea; o por la Playa de la Concha o por la Playa de la Zurriola, junto al Kursaal. El trayecto incluye, evidentemente, vistas al mar, aire puro y, generalmente, la conversación con algún amigo que está haciendo contigo la ruta. Pero el día que el Cantábrico está un poco revuelto, tiene lugar la mayor afición de los donostiarras: ver cómo rompen las olas. El reto es ponerse lo más próximo a la barandilla y correr cuando llega la ola. Si te moja... ¡mucho mejor!

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2. En cada taberna, un pincho.

Hemos heredado el resto de españoles una costumbre donostiarra que consiste en entrar en una taberna, en cuya encimera reposan decenas de pinchos a cuál más apetitoso, y coger cuantos bocados queramos. Guardamos los palillos y el recuento de éstos son los pinchos que hemos comido y, en consecuencia, lo que debemos pagar. En las tabernas de Donostia no se lleva mucho el sistema de los palillos. Lo habitual es leer la carta de picoteo que suele encontrarse en una pizarra o en un pequeña cartita y pedir. Esto da la garantía de que el pincho estará recién hecho. Tabernas indispensables para un buen tapeo en la parte vieja: Nestor, Gambara, Txepetxa, Goiz Argi, Bar Martínez, La Cueva...

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3. Visita al mercado.

En la zona vieja se encuentra el Mercado de La Bretxa. Es un hermoso y cuidado espacio donde se puede comprar excelente materia prima o simplemente regodearse con la bella visión. Pero quizá lo más llamativo del mercado donostiarra se encuentre en la parte de arriba, donde los agricultores montan al aire libre sus puestecitos de frutas, verduras y plantas aromáticas. Si se quiere llevar un souvenir de huerta, nada como los tomates de la tierra, una buena elección de compra.

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4. El puerto durante la puesta de sol.

Una de las zonas maravillosas para una puesta de sol y posterior cena es el puerto de Donostia. Sus soportales están repletos de restaurantes donde se pueden degustar deliciosos pescados y mariscos. En cierta época suelen estar a rebosar, con lo que es recomendable elegir bien el sitio y reservar. Antes, durante el día, se puede pasar por el puerto para comprarle a los pescadores un cucurucho de karrakelas (bígaros) o de quisquillas y degustarlas sentados frente a la Playa de la Concha. Pero cuando caiga la tarde, el lugar ideal es el barecito Ostertz, situado en esos soportales del puerto. Se trata de una taberna pequeñísima, forrada de maderas y con una terracita donde se arremolinan las mesitas de plástico. Es un sitio perfecto para ver caer el sol mientras animas el hambre con un txacolí o una cerveza (una Keller txiki, es decir, un pequeño botellín de Keler). Para cenar unas buenas sardinas con ensalada, nada mejor que en el bar-restaurante Igueldo.

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5. De ruta por los 'cinco tenedores'.

Si algo tiene Donostia son grandes cocineros: Arzak, Subijana, Mikel Santamaría... Si las ganas y el bolsillo lo permiten, nada mejor que reservar en los restaurantes de estos maestros de los fogones. Arzak tiene su establecimiento en el barrio de Ategorrieta, lo mejor es dejarse llevar por las recomendaciones del chef y degustar una elaborada cocina de la tierra. Subijana, por su parte, tiene su casa en lo alto del monte Igueldo. Con unas vistas maravillosas del mar y unos guisos de mar y montaña de lo mejorcito de la ciudad. Y Mikel Santamaría dirige las cocinas del restaurante Aquarium, al final del puerto. El restaurante se encuentra encima del acuario de la ciudad. Las vistas son preciosas: toda la concha y la isla de Santa Clara. Tiene un bar, que es el lugar perfecto para tomarse una cerveza y un pincho después de la ruta por el Paseo Nuevo, al mediodía. El mejor momento para comer en el Aquarium es por la noche: las vistas son espectaculares.

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6. La costa en bicicleta.

Desde El Peine del Viento hasta Sagüés, al final de la Playa de la Zurriola, es un recorrido magnífico para hacer en bicicleta. Donostia es una ciudad para pasear y para andar en bici. Así que el plan es perfecto para sentirse cien por cien de esta ciudad. En menos de una hora, y por carril bici, se puede tener la vista más bonita de San Sebastián. Al paso se puede ir parando para contemplar el mar desde La Perla, El Náutico, sobre el acuario... Sólo hay un tramo que hay que hacerlo de pie y con la bici a cuestas, y es en el puerto. Pero son unas pocas escaleras que no llevan más de dos minutos subirlas. La bicicleta se puede alquilar en la Avenida de la Zurriola, 22, en Bici Rent Donosti (Tfno. 639 01 60 13). Si se prefiere, hay algunas empresas que organizan rutas por la ciudad. Para contratar estos servicios hay que llamar al 943 26 05 98 o al 600 44 56 97.

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7. Jazz en el Altxerri y la última en el Náutico.

Donostia no es una ciudad nocturna. Aquí gusta de madrugar y hacer deporte por la mañana temprano. Trasnochar, lo que se dice trasnochar, suele hacerse los días festivos o fines de semana. Lo habitual es cenar en un restaurante un bocata o unos pinchos y estirar el tiempo hasta que el cuerpo aguante. Si se quiere una noche un tanto especial, nada como empezar con unos zuritos en el Branka, llegando al Peine del Viento, continuar con un buen concierto de jazz en el Altxerri -donde además sirven unos gin tonics magníficos, esto también es arte de la tierra-, continuar con un traguito en la Casa del Whisky y ver amanecer en la parte de arriba del Náutico, que por las noches se convierte en la discoteca con más marcha de la ciudad.

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8. Desde Urgull... adiós Donostia.

El domingo, se haya dormido poco o mucho, lo mejor es madrugar y animarse a subir al monte Urgull. La subida es suavecita y las vistas, un regalo para el despertar. Entre frondosa vegetación, especies autóctonas de la provincia, y un ascenso que deja a un lado el Cantábrico y el sonido de sus olas, se puede terminar la ruta con una visita al Castillo de la Santa Cruz de la Mota, donde se puede ver una exposición sobre la historia y las tradiciones de la ciudad donostiarra, y con un aperitivo en el barecito del monte.. Tiene una terraza natural con vistas a la Concha donde se puede tomar la primera cerveza del día y unas patatas de bolsa. No hay más, pero... ¿quién necesita otra cosa desde el paraíso?