Vancouver dará qué hablar porque será la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2010. Y también porque ha sido completamente renovada para la ocasión hasta convertirse en una de las ciudades más espectaculares del planeta. Le ayuda a ello su privilegiado emplazamiento y esa agradable sensación de bienestar que transmite.
Aunque muchas de las pruebas deportivas van a tener lugar en la estación invernal de Whistler, la referencia para los próximos Juegos Olímpicos de Invierno en 2010 va a ser sin duda Vancouver. Una oportunidad que la ciudad ha aprovechado para reinventarse casi por completo, como ya lo hizo de forma parcial cuando fue sede de la feria universal de 1986 que celebraba el centenario de su fundación.
Los que ya creían conocer la metrópolis del este de Canadá de otros viajes, no la van a reconocer. Casi de pronto, ha dejado de ser aquella modesta capital de provincia en medio de un paisaje sobrecogedor, para convertirse en una de las ciudades más hermosas y espectaculares del planeta, ampliando si cabe, su poder de seducción.
Ahora el protagonismo está centrado en un 'downtown'
lleno de vertiginosos rascacielos de cristal
Si hasta hace unos años impresionaba a los viajeros sobre todo por su extraordinario emplazamiento, rodeada de inmensas montañas e islas a las puertas del Pacífico, ahora el protagonismo está centrado en un Downtown lleno de vertiginosos rascacielos de cristal, que cobra su máxima expresión en Coal Harbour, en medio de Bayshore Drive, sobre todo al atardecer, cuando las montañas y el mar se confunden y reflejan en su fachada de vidrio tornasolado. Ya no tiene nada que envidiar ni a Toronto, ni a Montreal que siempre la han tratado con cierto desprecio. Es difícil no enamorarse de inmediato de Vancouver.
El corazón de la ciudad sigue siendo Robson Square, donde sólo las formas palaciegas del Fairmont Hotel nos recuerdan otros tiempos. Tanto el resto de la plaza, como Robson Street que la atraviesa, se han renovado casi por completo. El Museo de Bellas (Vancouver Art Gallery) sigue allí pero ampliado y con un aspecto distinto. Una buena forma de comenzar un viaje por el nuevo Vancouver es seguir toda la calle Robson desde el estadio que acogerá la ceremonia de apertura de los Juegos, Stanley Park, donde siguen añadiéndose nuevos tótems aborígenes a los ocho que ya existían hasta hace poco. Este inmenso parque en el extremo norte del centro urbano es un buen sitio, además, para conocer el nuevo skyline y comprobar hasta qué punto la ciudad comienza a parecerse a Hong Kong o Nueva York. Por lo menos desde lejos.
Las semejanzas desaparecen casi por completo cuando se recorre el Downtown. A pesar de que sus calles han sido utilizadas últimamente por docenas de directores de Hollywood, haciéndolas pasar por auténticamente americanas, nada hay más lejos. En Brollywood (la ciudad del paraguas) todo está inmaculadamente limpio, no hay mendigos ni tampoco se ve un excesivo despliegue de riquezas, ni en las tiendas, ni en las personas, reflejando un estado de bienestar que sigue consolidándose a pesar de la crisis y ayudado posiblemente por el imparable motor de las Olimpiadas. José, un cubano que llegó hace veinte años y ha probado suerte como traductor y guía, pero también como broker, cuenta que Vancouver es tan políticamente correcta que necesita volver a la Habana todos los años para contaminarse. "Salvo quizás las playas, es una ciudad perfecta, pero puede terminar ahogando o por lo menos aburriendo aunque no viviría en ninguna otra".
Todo está inmaculadamente limpio, no hay mendigos y tampoco se ve un excesivo despliegue de riquezas
Es una opinión que seguramente no comparten la mayoría de sus conciudadanos, emigrantes como él pero totalmente satisfechos en un medio urbano donde nada parece desentonar. Muchos, casi el 40% ahora, son de origen asiático, amantes del deporte, de los animales y profundamente liberales. Los derechos de las minorías son escrupulosamente respetados, como se puede comprobar en Davie Village, el centro de la comunidad gay -nunca un guetto- al contar con las leyes más permisivas y avanzadas de todo Canadá. Lo mismo le ocurre a los descendientes de las tribus First Nations (como se denominan a los indios), que son muy numerosos en esta parte del país y disfruta de grandes privilegios. Este buen ambiente no ha impedido, sin embargo, que la comunidad hippy de Kitsilano, floreciente durante los años 60 y 70, haya terminado desapareciendo. Ahora lo más bohemio se concentra en Granville Island, aunque no por mucho tiempo: se ha convertido en una de las principales atracciones de Vancouver.
Esta nueva edad de oro de la ciudad viene acompañada de un enriquecimiento cultural que se echaba en falta hasta hace unos años. Al mundialmente famoso Festival de Fuegos de Artificios a principios de agosto se le ha añadido un renovado festival de cine en octubre que coincide con otro literario en esas mismas fechas. Todavía faltan grandes compañías teatrales, orquestas y grandes museos (la única excepción es el Antropológico), pero no tardarán en llegar. Por el momento, esas carencias se compensan con unos atractivos naturales extraordinarios en las mismas puertas de la ciudad. Es muy recomendable combinar un viaje a Vancouver con excursiones a Victoria, Whistler y, si se cuenta con tiempo, a alguno de los parques nacionales de British Columbia.
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