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Un pasadizo sediento con olor
a cactus

La península de Baja California es extremadamente fina y alargada, tan larga como el trecho que hay desde Sicilia a Venecia o desde Cádiz a Bilbao pasando por Barcelona, y tan flaca que la distancia entre el Pacífico y el mar de Cortés no supera los cincuenta kilómetros. El mejor sitio para pasar inadvertido y avistar ballenas.

Texto y fotos: Jos Martín

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Actualizado jueves 28/08/2008 09:57 horas

El asiento de aquella desvencijada cáscara de nuez era tan cómodo como la cama de un faquir. El mar parecía en calma, pero en cuanto aquel patrón con cara de resaca acallaba el ruido de la abeja que llevaba por motor, la corriente de fondo movía mi cuerpo como en una batidora turbojet de arriba abajo, de un lado a otro. Un enorme bulto gris se acercaba con lentitud y aun sabiendo la respuesta, pregunté:

-¿Ballena?

Pasó bajo nuestra barca a un palmo del pantoque, o sea, casi rozando la quilla, pero la emoción que sentía impedía que pensara en que aquel monstruo podía lanzarnos por los aires a varias millas de distancia. Se detuvo a nuestro lado. Luego, mostró su cuello lleno de conchas que parecían bígaros. Muy despacio, extendí la mano y rocé su piel. Me extrañó que no fuera áspera como la lija, sino suave, carnosa, y que a pesar de la grasa que debía encerrar, ella parecía que se daba cuenta de mis caricias. Y que le gustaban. Después de una eternidad, o de unos segundos, ¡qué más da!, porque las agujas del reloj se habían quedado en la orilla, se alejó.

Ya en tierra, me crucé con una turista yanqui vestida exageradamente de turista yanqui que repetía sin cesar: ¿veremos ballenas?, y nadie contestaba, pues andaban pendientes de hojear las guías cuyo título coincidía en una contundente palabra cuadrisílaba: California.

Isla saturada de perlas

Con un nombre tan sonoro, tan evocador de aventuras, su historia se quedó enganchada a las púas de cada cactus desde que Colón la imaginó en su primer viaje como isla saturada de perlas y habitada por amazonas. Nada de esto interesaba a la turista yanqui vestida exageradamente de turista yanqui. Ella sólo quería saber si vería ballenas, porque si no las viera, si no las encerraba en su video para mostrarlas a sus amigas, sería como ir a ver una película de Peckinpah sin sangre.

La península de Baja California es extremadamente fina y alargada, tan larga como el trecho que hay desde Sicilia a Venecia o desde Cádiz a Bilbao pasando por Barcelona, y tan flaca que a veces la distancia entre las costas del Pacífico y el mar de Cortés sobrepasa escasamente los cincuenta kilómetros. En medio hay un desierto atravesado por una carretera que parte de Tijuana, en la frontera con Estados Unidos, hasta el cabo San Lucas, su extremo sur, sobre el que crece un bosque de cactus junto a la pitahaya que florece vagamente perfumada con el aroma del orégano. Este pasadizo sediento es el principal causante de la sensación placentera de soledad que obtiene el viajero cuando encara la línea recta de asfalto recalentado.

En medio del desierto, encontré sorpresas para romper la monotonía: pueblos levantados al trasluz que había que mirar dos veces porque se encontraban mimetizados tras la pátina terrosa que la naturaleza y el tiempo les habían dado; misiones como la de San Ignacio, que mostraba su monumentalidad como si formara parte del paisaje de una vieja Castilla, o la de Mulegé, levantada en piedra gris cerca de un palmeral que daba sabrosos dátiles; vestigios del ferrocarril minero que se movió por Santa Rosalía con la Compañía del Boleo; pinturas rupestres como las de Jardín de Piedras o Cataviñas, salinas que confundían su color con el del guano extendido en las rocas más altas donde las aves marinas reposaban.

La Paz, locura momentánea

La Paz, capital de Baja California Sur, es la ciudad más sorprendente en este istmo que nada une. Su situación, sobre la ensenada de una bahía que da a un mar interior, me producía confusión: cualquiera podría jurar que allí el sol salía por el oeste. Esta locura momentánea duraba poco, porque había que atender a otras cosas. La luz diáfana, pura, abrumadora, resaltaba la gracia de una ciudad colonial que guardaba con igual interés su pasado colonial y su sabor mexicano.

El centro oficial estaba en la Plaza de la Constitución, aunque la vida cotidiana palpitaba en torno a los atardeceres que inundaban el Malecón y sus bancos de forja con intensos colores tropicales. La noche de los viernes, cientos de jóvenes recorrían el paseo Álvaro Obregón mientras coches y furgonetas pick-up producían un gran embotellamiento en la calle y más aún en el oído, debido al griterío que salía por los enormes altavoces del equipo musical puesto a un volumen atronador.

Lugar bien distinto me pareció la población llamada Cabo San Lucas, trazada para al gusto del turista estadounidense. Quedaba el consuelo de visitar el casco antiguo de la cercana San José del Cabo, visitar el Estero de las Palmas (una laguna de agua fresca donde viven 250 especies animales, entre ellas, 70 de pájaros exóticos) y, sobre todo, navegar al encuentro entre dos mares, el de Cortés y el océano Pacífico.

Lo de menos era esa aguja rocosa retorcida como un rayo que recibe el nombre de Cabo San Lucas, sino lo que la rodeaba, el Arco Natural, la hermosísima playa del Amor o la cueva de San Andrés en cuyos roquedales sesteaban lobos marinos sin hacer caso a los humanos que merodeaban por sus dominios.

 
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