Un refugio en el Caribe

Es un placer pasear por las calles estrechas y las murallas de Cartagena, ciudad por la que Blas de Lezo, marino español con pata de palo, resistió con bravura la dura embestida de los ingleses, aliados de los corsarios, que querían arrebatársela a España en 1741.

Texto: Salud Hernández Mora | Fotos: Cristina Candel

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Actualizado lunes 28/07/2008 19:26 horas

Un marino español feo, manco, tuerto y con pata de palo, más parecido a un pirata que a un ilustre almirante de Su Majestad, resistió con bravura la dura embestida de los ingleses, aliados de los corsarios, que querían arrebatarle Cartagena de Indias. Blas de Lezo luchó por conservar en aquel año de 1741 para nuestra corona una de las tantas joyas caribeñas que adornaban el cofre real de ultramar.

Como una paradoja del destino, más de dos siglos después, no fueron honorables patriotas, sino bandidos de otras causas aunque idéntica ralea a los piratas, las bandas guerrilleras, que contribuyeron a conservar la ciudad para la gente pacífica al punto de convertirla en el baluarte turístico colombiano por excelencia.

Retiro de alto nivel

Claro que no era esa su intención, sino más bien acabar con ella. Pero la capital del departamento de Bolívar se convirtió en el refugio de los veraneantes colombianos de dinero y de los escasos turistas que se asomaban por el país en la última década del siglo pasado y principios del actual, cuando las guerrillas sembraban el terror y hacían de Colombia un destino imposible.

Concentró la inversión de las clases altas bogotanas que querían tener una segunda residencia

Cartagena concentró la inversión de las clases altas bogotanas que querían tener una segunda residencia en una ciudad costera dentro de su propio país y no en la capital por excelencia de los adinerados latinoamericanos que huyen de algo: Miami.

Cada año 'el corralito de piedra', nombre que recibe la ciudad amurallada, fue embelleciendo sus edificios históricos civiles, sus iglesias, las casas hasta convertirla en una de las ciudades coloniales más bellas. Cada quién restauraba una casona antigua, un monumento, convirtiéndolo en residencia particular, en hotel boutique o en un acogedor restaurante. Por ello, los que hayan viajado hasta la urbe caribeña antes de mediados de los noventa, no reconocerán la parte antigua de Cartagena y, menos aún, la moderna.

Ciudad moderna, pero arcaica

La primera es una de las mejor conservadas y restauradas del sur del continente. Colores ocres, amarillos, tejas y beiges adornan las fachadas; patios andaluces hermosísimos, claustros imponentes, calles empedradas y estrechas, balcones enrejados. Un pedazo de España en el Caribe colombiano con la algarabía criolla y la pasión de los descendientes africanos.

La ciudad nueva, levantada sobre una lengua de mar, es un Miami en chiquito, una copia de sus torres multicolores y horteras, con impresionantes vistas al Caribe y las amplitudes norteamericanas.

Hay otra Cartagena que escapa a la mirada del turista y que recuerda que estos países aún deben superar unas desigualdades intolerables. La de las barriadas polvorientas, sedientas, de chabolas y charcas pestilentes, atiborradas de desarraigados llegados de pueblos lejanos por causa de la violencia de las bandas criminales. La recuerdan los vendedores ambulantes y las niñas que se ofrecen al turista depravado por cualquier cantidad.

Para los normales, los que abominan de esas prácticas, es un placer pasear por sus calles estrechas y sus murallas al caer la tarde, cuando levanta una brisa agradable, cenar en cualquier terraza o tomar una copa y rematar la noche en uno de los 'rumbeaderos' de moda para aprender lo que es mover el cuerpo desde el alma, fundiéndose con el ritmo, y no esos movimientos casi siempre ridículos que hacemos los españoles.

De las playas citadinas, sin embargo, no tenemos nada que envidiar. Son parecidas a las mediterráneas más corrientes de nuestro litoral, claro que sin una masa aceitosa que pelea cada centímetro de arena. Sólo se convierten en campo de batalla en Navidades, que es el agosto colombiano. Pero existe la posibilidad de coger un barquito para uno solo, si hay presupuesto abundante o compartido, y navegar hasta las Islas del Rosario, a menos de una hora de distancia, dónde el mar es azul turquesa y las arenas blancas.

 
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