Mali es una explosión de colores, un desordenado caleidoscopio de sensaciones incesantes que sobrepasan muchas veces la capacidad de percibir del viajero. Entramos en un mundo nuevo, misterioso y desconocido, cuya magia va más allá de la extraordinaria geografía.
Mali es una explosión de colores, un desordenado caleidoscopio de sensaciones incesantes que sobrepasan muchas veces la capacidad de percibir del viajero. Pero, tras una jornada huyendo sin tregua del acoso infatigable de los vendedores, el horizonte infinito de la sabana actúa de nuevo como bálsamo reparador.
El trayecto de Mopti al pueblo de Bandiagara, puerta de entrada al País Dogón, se hace cómodamente en poco más de una hora. La carretera transcurre por una agradable meseta plana y verde, hasta que, poco antes de llegar a Bandiagara, el terreno se encabrita, aparecen las primeras barrancas y la piedra se apodera del paisaje, desplazando casi por completo cualquier atisbo de vegetación. La pista ya no es apta para vehículos convencionales, sólo los todoterreno pueden negociar penosamente las irregularidades del camino.
Es evidente que acabamos de entrar en un mundo nuevo, misterioso y desconocido, cuya magia va más allá de la extraordinaria geografía. Algo hay en aquel lugar que muda el ánimo y lleva la mente a viajar incesantemente de la sorpresa al asombro. En la abrupta escarpadura que une la pared al llano, una sucesión de aldeas ordenadas y tan perfectamente fundidas con el terreno, que obligan a forzar la vista para distinguirlas, se aprietan junto a la inmensa falla arenisca, horadada en múltiples puntos a media altura.
Antes de la llegada de los dogón, vivían allí los tellem, un misterioso pueblo de pigmeos cazadores que habían construido sus moradas a gran altura, en la pared de la falla. Se supone que para acceder a sus viviendas utilizaban lianas hechas con corteza de baobab, el gigantesco árbol que se encuentra por doquier en la sabana, pero los dogón los tenían por hombres de extraordinarios poderes, capaces de volar y alcanzar sus arriscadas moradas de un solo salto.
Lo cierto es que los tellem desaparecieron un buen día, tras la llegada de los dogón, sin que nadie sepa a ciencia cierta a dónde dirigieron sus pasos, ni cual fue su destino. Desde entonces, los nuevos moradores utilizan aquellas oquedades para depositar a sus muertos.
Nadie que llegue aquí puede resistir la tentación de trepar hasta alguna de las aldeas. La más próxima es Banani. Hay que atravesar el río, pero en siglos a nadie se le ha ocurrido tender un puente, por precario que sea, así que no queda más remedio que saltar de piedra en piedra. El camino serpentea después agónicamente, ladera arriba, por una estrecha torrentera de grandes piedras, reconvertida en sendero ocasional. Hay que sudar la gota gorda bajo un sol de justicia para llegar al paraíso.
Las primeras cabañas de barro (ginna) aparecen construidas en terrazas. Todas son idénticas, con muchas pequeñas estancias para el jefe de familia, sus esposas e hijos, granero, almacén y establo, todas dispuestas de forma que simbolizan el cuerpo humano. Los graneros constituyen, quizá, la más peculiar de las construcciones dogón, ya que tienen una base cuadrada que se estrecha piramidalmente a medida que asciende hasta quedar rematada por un techo de paja que recuerda el sombrero de una bruja.
Sin embargo, el más importante de los edificios comunales es la toguna, o 'casa de la palabra', una especie de parlamento donde se reúnen los ancianos de la tribu para dirimir los asuntos comunales. La Toguna de Banani consta de una plataforma cuadrada y un techo plano de palitroques, cuidadosamente entrelazados en capas, que pueden tener más de dos metros de espesor, sujetos por ocho recias columnas de piedra. Lo más curioso es que el espacio libre entre el suelo y el techo no pasa de 1,20 metros, lo que obliga a los ancianos a permanecer sentados todo el tiempo. Los dogón sostienen que así se aplacan los calentamientos súbitos que impulsan a la gente a levantarse y gesticular cuando discute.
Entre tanta geometría poliédrica, en las afueras de cada aldea no deja de sorprender un curioso edificio circular, denominado 'casa de las mujeres', en el que todas las féminas de la comunidad deben permanecer recluidas el tiempo que dure su menstruación, ya que se consideran impuras durante ese período.
Esas singulares estancias, de techo muy bajo, se emplean también como paritorios ocasionales, dónde la parturienta ha de permanecer igualmente aislada de cualquier otro miembro de la tribu. Por razones que nadie supo explicarme, muchos de esos recintos están decorados con figuras de barro de ambos sexos, en las que destacan unos enormes genitales, adornados con auténtico vello púbico. Otra singularidad.
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