En esta ciudad uzbeka, caminar por sus desiertas calles empedradas supone deambular por la historia. De noche, cuando los bazares y mercados ya han cerrado sus puertas, comienza el esplendoroso espectáculo de la luz encendiendo de oro los minaretes.
Tras la larga travesía del desierto, una foto fija que se mantiene durante horas, las frondosas avenidas arboladas y los setos rebosantes de rosas que reciben al viajero en Bujará constituyen un auténtico oasis, una visión grata y refrescante que ensancha el corazón de inmediato.
La primera visita es para Labi Hauz, una umbrosa plaza bajo moreras centenarias que extienden sus membrudas ramas sobre una sucia alberca. Alrededor, algunas personas se sientan en las típicas plataformas de madera, charlando animadamente. En otro tiempo debió de ser uno de los lugares más concurridos de la ciudad. En la Bujará medieval abundaban los canales y los hauz, piscinas públicas que eran centro de esparcimiento y encuentro social, donde la gente se reunía para cotillear, beber y bañarse.
En el siglo XIX se contaban más de doscientos hauz de piedra, en unas condiciones higiénicas deplorables que causaron numerosas plagas. El promedio de edad de la población de la época no llegaba a los treinta y dos años. Los bolcheviques los drenaron y con ello acabaron también con las numerosas cigüeñas que anidaban en los alrededores. Aún pueden verse muchos nidos vacíos en la copa de los árboles más altos.
En el dédalo de callejuelas que confluyen en la plaza es donde más se nota el pasado. Aún huele a fritanga y a rosas
En el dédalo de callejuelas que confluyen en la plaza es donde más se nota el pasado. Aún huele a fritanga, a retrete y a rosas. El alcantarillado, ancho y abierto, no es más que un arroyo canalizado que arrastra las inmundicias sin ningún pudor. Con ayuda de Eugeny, mi intérprete, me las arreglo como puedo para trasladar el equipaje por un callejón serpenteante, que bien pudiera pertenecer al Barrio de Santa Cruz, de Sevilla, hasta el hotel Labi Hauz, un antiguo caserón, cuya entrada revela de inmediato la influencia árabe. En el patio interior se alza un altísimo porche de dos plantas, sostenido por esbeltas columnas de madera de una pieza. Las paredes exhiben hornacinas y filigranas pintadas en tonos pastel, dando al conjunto un elegante y agradable aire renacentista.
A la hora mágica del atardecer, me pierdo por las desiertas calles empedradas del centro con la sensación de estar deambulando por la historia. Los bazares y mercados ya han cerrado sus puertas y la ciudad aparece vacía, como si a nadie le importara el esplendoroso espectáculo de la luz encendiendo de oro los minaretes, haciendo refulgir como esmeraldas las cúpulas de las mezquitas y alumbrando sin rubor los más recónditos rincones que, de otra forma, nunca escaparían a las tinieblas perennes de la sombra.
El azar me lleva ante una hermosa madraza y entro en su patio interior, que aún conserva ese ambiente recogido y silencioso, propio de los claustros. Como en los seminarios católicos de occidente, la crisis de vocaciones religiosas es hoy muy aguda en Uzbekistán y la mayoría de las madrazas se han reconvertido en hoteles, restaurantes, tiendas o escenarios de festivales folclóricos para turistas. En la que me encuentro ahora, todas las habitaciones de la planta baja han devenido pequeñas tiendas de souvenirs. El patio central es un restaurante ocupado por numerosas plataformas que acogen a un buen número de comensales.
La noche sestea sobre un manto de silencio perfumado de rosas. Con el tiempo detenido, la brisa acaricia los rostros
En un impulso, decido cenar allí y me siento con las piernas cruzadas sobre el piso de una de las plataformas. Dos músicos con una doira (pandereta) y un dutar (especie de laúd de solo dos cuerdas) animan la velada desde un rincón, desgranando suaves melodías orientales, mientras una bailarina llena el ambiente de erotismo con sinuosos movimientos y un insinuante despliegue de gasas. La noche sestea dulcemente sobre un manto de silencio perfumado de rosas. Con el tiempo detenido, una brisa casi imperceptible acaricia suavemente los rostros. Hay tanta magia en el lugar que nadie se atreve a romper el embrujo del momento alzando la voz.
No se debe dejar de visitar en Bujará el palacio de verano del último emir de la ciudad, Alim Khan. La leyenda dice que su padre, queriendo buscar el lugar más fresco para construir su morada de verano, mandó matar una cabra y diseminó sus restos por los sitios que le parecían más apropiados. Finalmente, eligió aquel donde la carne se pudrió más despacio para iniciar las obras del edificio. Su hijo Alim, ya bajo la protección de los zares, quiso erigir un palacio comparable a los de San Petersburgo y encargó el diseño a arquitectos rusos, mientras la decoración interior la realizaron artesanos locales.
Un generador eléctrico de cincuenta vatios iluminaba las estancias por primera vez en la historia de la ciudad. Me detengo ante la colección de porcelana asiática en una sala con ventanas en forma de corazón, junto a la piscina en que se recreaban las mujeres del harén. Desde una casita de madera próxima, el emir, nos dicen, solía arrojar una manzana a la elegida para compartir su lecho esa noche.
Sin embargo, parece que el harén era meramente decorativo y un esfuerzo de imagen de cara a sus súbditos. Cuando los bolcheviques tomaron la ciudad en 1920, el emir huyó cobardemente a las montañas con sus chicos, abandonando el harén a su suerte.
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