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Esplendor bajo tierra

Bajo las moles de roca calcárea, en los sótanos de los amables prados verdes de Cantabria, 6.500 quinientas cuevas han sido ya reconocidas y, de ellas, 58 poseen muestras de arte paleolítico. Cinco aparecen sólo en Monte Castillo y un total de nueve son -aparte de la de Altamira- Patrimonio de la Humanidad desde el mes de julio.


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Texto y fotos: Jesús Torbado

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Actualizado lunes 14/07/2008 11:29 horas

Debajo de las moles tremendas de roca calcárea, en los sótanos de los amables prados tan verdes, asomada su boca en montículos que parecen buscar el disimulo, cientos de huecos de misteriosa monumentalidad añaden a Cantabria esplendores que pueden sin duda compararse con los que están en la superficie, a la vista de cualquier viajero. 6.500 cuevas han sido ya reconocidas y, de ellas, 58 poseen muestras de arte paleolítico. Cinco aparecen sólo en Monte Castillo y un total de nueve son -aparte de la de Altamira- Patrimonio de la Humanidad desde el mes de julio.

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Pero suelen pasar casi inadvertidas otras cuevas que aguzan sin duda la emoción del viajero. Son las 'iglesucas rupestres' escondidas al sur de la provincia en el Valderredible, frente al páramo de la meseta, casi en paralelo al curso del río Ebro (que no es sólo de aragoneses y catalanes) cuando abandona el gran embalse. Tan humildes son estos templos primitivos que muchos de ellos ni se perciben desde su proximidad. Claro que el más notable de ellos, el de Santa María de Valverde se corona de una airosa espadaña de piedra que anuncia su existencia. De hecho, el precioso subterráneo excavado, incluso con naves adjuntas y columnas, sigue siendo parroquia local abierta al culto.

Su belleza no es su monumentalidad soberbia, sino justamente su modestia y su historia. Algunas de las iglesias apenas son un agujero o una serie de ellos, antigua morada de eremitas, abiertos en un farallón, en una falla o aprovechando una cueva natural de la roca. En cuando a su historia, es más bien leyenda. Algunos piensan que fueron organizados por fugados de la morisma, cuando la invasión del siglo VIII y en su continuación; es decir, refugios abiertos por mozárabes para sobrevivir con sus devociones. Otros opinan que son anteriores, de la época visigoda, ocupados incluso durante la invasión de Leovigildo a mediados del VI.

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No importa mucho su origen, salvo para los especialistas. La emoción que atrapa al viajero es su misma sencillez, su situación prodigiosa, el misterio que encierran estos templos mínimos, su milagrosa supervivencia después de casi mil quinientos años. En su extraña morfología algunos guardan imágenes valiosas, siempre posteriores, o detalles de un culto cristiano cuya verdadera entidad se nos escapa. Campo de Ebro, la necrópolis de San Pantaleón, Arroyuelos, Cadalso (que está pegada a la carretera CA-2739), Villamoñico, Villaescusa... cerca de una decena en un territorio pequeño.

Mas este territorio, casi oculto entre la gloriosa naturaleza norteña, es uno de los más encantadores de la península. Por sus paisajes y sus aldeas y también por la gran cantidad de discretos monumentos que lo adornan. Las iglesias rupestres son antecesoras del arte románico, tan espléndido en ese valle y sus alrededores (San Martín de Elines, Cervatos, Villacantid) y sucedieron a diversos asentamientos romanos de hace veinte siglos, cuando las legiones se enfrentaron a los cántabros. Tesoro ignorado y digno, sin duda, de una visita demorada.