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Tres razones para huir, con perdón, de Pamplona

Lo sabe todo el mundo: la capital navarra está de fiesta. San Fermín aterrizó en Pamplona para quedarse unos días, con todo lo que ello supone: una ciudad revolucionada, alterada, insomne, vinatera y torera. Todo el mundo, hasta Hemingway, necesita un descanso, dar esquinazo a la ruidera y descubrir qué se puede cocer en las inmediaciones de Iruñea. Helo aquí.

Gontzal Largo

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Actualizado miércoles 09/07/2008 18:05 horas

Pocos días antes de que el calendario marque el 6 de julio, los jardineros municipales de Pamplona se lanzan a las calles para realizar un trabajo inusual: retirar las flores, todas las flores y plantas ornamentales de parques y jardines. La razón de ello es evitar un estropicio innecesario: ya que los sanfermineros van a dormir con el cielo como único techo que, por lo menos, no lo hagan sobre una cama de pétalos.

Visitar la capital navarra durante estos días equivale a aterrizar en un lugar irreal, loco, imprevisible, saturado, excesivo en el que, en ocasiones, el caos tiene la última palabra.

Hemingway, el máximo y manidísimo embajador pamplonica, lo sabía. Así, en sus visitas a la capital navarra siempre planificó una escapada, una para huir, resarcirse y recuperarse de la furia y la fiesta. No es secreto que, durante 358 días al año, Pamplona es una ciudad que navega en un mar calmo.

Durante estos días de julio se transforma tanto que los árboles �es decir, los pañuelicos rojos- impiden ver el bosque que es, en realidad, la ciudad. Así, tomamos Pamplona transformada y tuneada como lugar de partida y regreso para realizar unas excursiones que enaltezcan al comedido y oxigenen al resacoso.

Norte verde

Decíamos que hasta Hemingway, a pesar del vino que corría, perpetuamente, por sus venas necesitaba descansar de los excesos sanfermineros. Y cuando ello ocurría marchaba unos kilómetros al norte, a Lekunberri, y allí se abandonaba al buen comer y al sueño reparador. Le recibían en el hotel Ayestaran, un acogedor alojamiento familiar del que todavía guardan recuerdos de su paso: un autógrafo y la habitación en la que siempre durmió: la 126.

Lekunberri es un coqueto pueblo emplazado en las estribaciones de la sierra de Aralar. En la primera mitad del siglo XX, para muchos no era una más que una parada del ferrocarril del Plazaola, uno de los trenes más bellos que conoció el norte y que unía Pamplona y San Sebastián.

Los racimos de pueblos se van sucediendo a la vera de ríos como el Larraun o el Basaburua, siempre escondiendo concentraciones de caseríos típicos

Sus locomotoras murieron en la década de los años cincuenta pero, en la actualidad, el trayecto se ha acondicionado como vía verde para que paseantes y ciclistas puedan arribar, si las piernas se lo permiten, a la localidad guipuzcoana de Andoain, cuarenta y pico kilómetros al norte.

Lekunberri es la cabeza visible de una Navarra montañosa, húmeda, siempre bucólica �los numeroso hayedos tienen mucha culpa de ello-, articulada en torno a pequeños y herméticos valles. Los racimos de pueblos se van sucediendo a la vera de ríos como el Larraun o el Basaburua siempre escondiendo concentraciones de caseríos típicos o algún que otro tesorito de tiempos barrocos o medievales.

En ese sentido, San Miguel de Aralar gana por goleada pues no sólo es un suntuoso edificio románico, sino que su emplazamiento �mágico y aparatoso- y la ristra de leyendas que le acompañan servirán a más de uno para expurgar los pecados del día anterior. Aquí arriba ha habido jaleos desde el alba de los tiempos, cuando los antiguos levantaban dólmenes, vivían en cuevas y posaban la mirada en la cúpula celeste.

Erik el Belga y los suyos pararon aquí en 1979 para arramplar con el retablo de esmaltes que, recuperado poco después pero maltrecho, se esconde en su interior. Comparte oscuridad y silencios con una talla de San Miguel, también antiquísima, que luce una desconcertante escafandra en la cabeza lo que ha alimentado no menos de mil quinientas supercherías.

Sur caminero

Abandonamos el suelo bañado en alcohol de Pamplona por la N-111 rumbo sur pero no para llegar a tierras riojanas sino para hacer un alto mucho antes. Bastarán unos pocos kilómetros para desembocar en los dominios, camineros y santiaguistas, de Puente la Reina, localidad íntimamente ligada al sendero que recorre Europa y muere en Compostela. La importancia de la villa es doble: allí se une el sendero que baja desde Roncesvalles y el que lo hace desde Somport.

Así, el paso de peregrinos, de aquí y de allá, en los meses cálidos no sólo está asegurado, sino que es una constante, convirtiendo el pueblito en una suerte de Pamplona chiquita, pletórica y cosmopolita. Todo ello contribuye a hechizar la atmósfera de estas tierras de paso, caracterizadas por las amplias superficies de cultivo y un sinfín de colinas y rompepiernas que llevan siglos desmoralizando a los peregrinos.

Merece la pena acercarse al pueblo de Cirauqui porque ha sabido mantener, sin grandes aspavientos ni retoques, el aspecto de un burgo medieval

Puente la Reina, de ahí el nombre, es famosa por su puente medieval, levantado no sin esfuerzos en el siglo XI para facilitar las cosas al tráfico de penitentes. Antes de que éstos comenzaran a surcar el lugar, no había prácticamente nada junto al río Arga, lo que explica la fisonomía del pueblo: su calle Mayor es el Camino mismo pero con edificios a ambos lados. Merece la pena acercarse al vecino pueblo de Cirauqui porque ha sabido mantener, sin grandes aspavientos ni retoques, el aspecto de un burgo medieval con sus casas blasonadas, cuestas de pendientes imposibles y alguna que otra iglesia con encanto como la de San Román, gótica pero con un pórtico labrado cuando imperaba la moda románica.

Pero, sin duda, el gran atractivo de estas tierras meridionales es la iglesia de Santa María de Eunate, en el término municipal de Muruzabal. No hace falta ser un erudito para percatarse de lo especial que es esta construcción, rodeada de arcos -'Eun ate' significa, en euskera, 'cien puertas'-, varada en medio de la nada, con su forma octogonal y un folletín de rumores que la asocian a caballeros templarios y rituales de todo tipo. Tras visitarla, será difícil sucumbir a las tentaciones de los San Fermines.

Este pirenaico

Todo, o casi todo, el mundo ha oído hablar de Irati. Del bosque, claro, de ese bosque que alguien bautizó como 'selva' y se quedó con el apelativo, inquietante y atractivo. Abandonamos la llanada y la ruidera pamplonica para viajar hasta el Pirineo Navarro, a apenas una hora de la capital. Nos adentraremos en éste a través del valle de Salazar, surcado por el río homónimo y la carretera NA-178, una de esas vías que por su belleza, uno no desea que acabe nunca. Cuando parece que va a finalizar, explota ante nuestros ojos Irati.

Irati es patria de andarines, bicicleteros o, al menos, de aquellos que son capaces de conocer sin estar tras el volante de un coche

A nadie se el escapa que las fechas idóneas para adentrarse en la selva son los meses que preceden al invierno, cuando el otoño mata, muy lentamente, la hoja, la retuerce, amarillea y, finalmente, la deposita en el suelo como inerte hojarasca. El resto del año, Irati es igualmente delicioso �algo lógico cuando se cocina con hayedos, abetos y 17.000 hectáreas de territorio protegidísimo-, sobre todo en años pluviosos como el que acontece o en una época estival en la que los pastos son auténticos paraísos gastronómicos para el ganado.

Así, Irati es patria de andarines, bicicleteros o, al menos, de aquellos que son capaces de conocer sin estar tras el volante de un coche. Existen variados senderos para conocerla de los que dan fe en las oficinas de información. Una de ellas está en Otsagabia, cabecera del valle de Salazar. Todos los ingredientes de la población son deliciosos: el blanco de las fachadas, los balcones floridos, las calles empedradas. Que se sepa, Hemingway nunca estuvo aquí. Pena. Él se lo perdió.

 
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