El jardín de Yves Saint Laurent

Azul y puro como un oasis en la roja y caótica Marrakech, este jardín abierto al público en 1947 fue adquirido y restaurado por el fallecido modisto francés a finales de los pasados años 80. Allí, entre lotos y bambúes, encontró la inspiración y hoy le brinda su sosiego eterno.

Como sólo se aprecia el paraíso cuando se ha conocido el infierno; del mismo modo que sólo se entiende un oasis cuando se ha recorrido, sediento, el desierto, el jardín Majorelle, azul y puro, se siente como un paraíso, como un oasis, tras haber deambulado por el laberinto, caótico y rojo, que es Marrakech, la ciudad donde se enclava.

El jardín Majorelle fue creado por el pintor francés que le da nombre a comienzos del siglo pasado, a partir de unos terrenos en las afueras de la ciudad marroquí. Fue en 1947 cuando lo abrió al público para que pudiera participar de este particular edén dibujado en un azul inmenso y único, de esbeltas palmeras, flores y pájaros. Un accidente de coche le hizo regresar a Francia, donde poco después moriría.

El tiempo pasó por las hojas del calendario y las del jardín, hasta que uno de los pocos maestros de la moda del siglo XX, el recientemente fallecido Yves Saint Laurent, lo adquirió junto con su imprescindible Pierre Bergé, en 1980. Lo restauraron, y trasladaron al antiguo taller de Majorelle su colección de arte islámico, proviniente del Magreb, Oriente, África y Asia, que comprende cerámicas, joyas, textiles, alfombras, y trabajos en madera, y que hoy puede visitarse. En 2001 instituyeron una fundación para asegurar su eternidad.

Azul, loto, bambú

Hoy, el Jardin Majorelle es una de las más bellas atracciones de la ciudad imperial marroquí. El azul lo invade todo como una sensación de calma, las buganvillas trepan las paredes, los lotos florecen en los estanques, el bambú baila al son del viento, elegante y fresco. Su creador, Jacques Majorelle, reunió en esta hermosa colección las plantas más importantes en su época de los cinco contientes. Y a las plantas les siguieron los pájaros y a ellos, sus cantos.

La estética marroquí se suma a una vegetación lujuriosa que hoy suma más de 300 especies. Además se dedica un espacio al mentor de este pequeño paraíso, cuya pasión por el sur comenzó en España y le llevó a lo largo de su vida a Sudán, Guinea, Níger, Costa de Marfil... Pero más importante que sus lienzos es esta obra paisajística que recuerda a una pintura y que habla en silencio del amor que todos sus dueños -Majorelle, Saint Laurent y Bergé- profesaron por Marruecos.

Es, sin duda, uno de los jardines más misteriosos del siglo XX. Auténticamente islámico, en su sofisticación arquitectónica, en el sonido del agua, resulta anacrónico, como fuera de lugar, en esa Marrakech que sabe a dátil y huele a humo, que cambia del día a la noche aunque siempre sea abigarradamente medieval, como sus zocos y como su plaza, que es como la plaza del mundo entero.

El jardín Majorelle, en cambio, sólo es inspiración y calma, como una serena obra de arte, como un oasis limpio. "Tras numerosos años, he encontrado en el Jardín Majorelle una fuente inagotable de inspiración y he soñado a menudo con sus colores, que son únicos", afirmó Yves Saint Laurent, ese genio melancólico, al que es imposible decir adiós y que descansa ya para siempre en su jardín azul de rosas frescas.

Azul majorelle.
Azul majorelle.