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La ruta de 'Sexo en Nueva York'

Hablar de las muchas ciudades que contiene Nueva York resulta ineludible. De entre todas ellas, recorremos los escenarios de la película, los mejores restaurantes, las tiendas más trendies, así como otros lugares emblemáticos de la ciudad de Carrie y sus amigas.

Julio Valdeón Blanco

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Actualizado viernes 20/06/2008 13:38 horas

Hay Nueva Yorks, así, en plural, para todos, beatnik, punk, rapera, amante del jazz o de la salsa. Está la Nueva York del Upper East Side, señorial y un punto frígida, al menos en las avenidas cercanas a Central Park, y la del Upper West, más familiar, joven y dislocada. Al norte, Harlem renace, tras cincuenta años trasegando basura, con la arquitectura mejor conservada de Manhattan y unos vecinos a punto de ser expulsados; hacia el sur, en el Soho, fluorescentes tiendas liquidaron el esplendor de las viejas galerías. Si buscas la meca artística del futuro, olvida el Village, donde a pesar de todo la lista de garitos que ofrecen música en vivo de excepcional calidad resulta casi infinita; indaga, mejor, en un territorio tan castigado como el South Bronx, refugio de dominicanos y puertoriqueños que, gracias a la gentrification, pronto ofrecerá nido a las tribus bohemias.

Hoy, pocos territorios imaginarios atraen más turistas que el de Sexo en Nueva York. Hablamos de la ciudad sin penumbras, propiedad de quienes nunca viajan en metro, urbe que cena en restaurantes multipremiados, bajo un palio de candelabros, y calza zapatos de suntuoso lujo, bombástica, febril, fabricada con prisa y maderas nobles, la de las discotecas con jóvenes modelos, la de los deportivos bienolientes, los diamantes en bandolera, los desfiles patrocinados por Mercedes (Semana de la Moda), los perros con apartamento propio (que sepamos, al menos uno) y los edificios diseñados por arquitectos prestigiosos (pasado el subidón por los lofts, lo último, lo más, pasa por contratar a, pongamos, Frank Gehry, y ponerlo a diseñar tu choza). Entre los puntos frecuentados por Carrie, Miranda, Charlotte y Samantha destacan...

1. Magnolia Bakery. Panadería/bollería fundada a mediados de los noventa, en la intersección de la la calle 11 con Bleecker. Aunque Jennifer Appel y Allysa Torey, sus fundadoras, ya no regentan el negocio, el espíritu de los mejores cupcakes de Nueva York todavía atrae al personal, feliz de acampar, haciendo cola, en uno de los barrios más hermosos, ese West Village a la sombra de árboles como catedrales de un gótico esmeralda.

2. Tao. Restaurante panasiático, en la esquina de la 58 con Madison, lo que equivale a decir situado en el epicentro de la moda y la suntosidad a chorro. Con plaza para más de trescientos comensales y un imponente Buda de cinco metros, la comida, siendo buena, resulta un adorno. Lo que importa es el derroche de historia y diseño, espolvoreados en un marco ¿incomparable? Más bien apoteósico. 100% neoyorkino.

3. II Cantinori. Comida toscana estilizada. "Sofisticado e impecable", según la más que fiable guía TimeOut, heterodoxo para el que acuda con la idea fija de la pasta. Un sitio más que recomendable, "mención especial para las almejas con vino blanco".

4. Pastis. El bistró donde podrías encontrar, si hurgas en la cocina, a la estrella de Ratatouille. Acogedor, casero, especializado en el siempre reconfortante recetario provenzano. Pero cuidado, bajo la apariencia doméstica late un corazón cool, lo cual que resulta infalible a la hora de atraer modernos. Más allá de su estupenda cocina, resulta fascinante por el barrio, ese Meatpacking District transformado en epicentro del arte y el diseño (atención a la segunda residencia proyectada por el Whitney Museum).

5. Barneys. Fundado en 1923, son a los grandes almacenes tradicionales lo que un Rolls al cinco puertas de una familia media. A despecho de los cambios, y aunque el accionariado ya no pertenezca a la familia fundadora, pervive en las sístoles de Madison, milla de oro donde conviven tiendas superlativas y hoteles propios de la belle époque.

6. Manolo Blahnik. ¿Qué se puede decir a estas alturas del diseñador de zapatos más famoso del mundo? Desde sus pinitos londinenses, Blahnik, mitad canario mitad checo, ha desarrollado una carrera imparable, con un calzado/escultura más apropiado, tal vez, para adornar las vitrinas de un museo de arte moderno.

7. Tiffany. Imprescindible incluso aunque sea imposible desayunar en ella. De Capote a las chicas de Sexo..., permanece como mascarón de proa del Nueva York mítico, el mismo que combina, en una constelación alada, el Waldorf Astoria y las pestañas de Audrey Hepburn.

8. Four Seasons Hotel. A un paso de la tienda de Appel, Central Park y el viejo Plaza, hoy reconvertido en edificio de apartamentos, este hotel ofrece habitaciones dignas de un pachá con la tecnología más sofisticada. En una ciudad donde decenas de spas compiten por el podio absoluto, las esencias del Four Seasons percuten a la vanguardia. Paraíso entre los rascacielos, el lugar más indicado para mimar la piel mientras amontonas las compras de cada día.

9. Louis Meisel Gallery. Si en Nueva York solicitas un volumen donde consultar todas sus galerías, prepara las sales. Desde que, merced al expresionismo y sus ángeles rebeldes, conquistase el centro del arte mundial, la Gran Manzana ha sido farallón y faro de mil corrientes pictóricas, y Lois Meisel, galería habitual de Carrie y cia., confirma el lugar común con interesantes exposiciones.

10. Boathouse, Central Park. Puede que no sea el mejor restaurante de Manhattan, pero por su ubicación, asomado a uno de los lagos de Central Park, merece la pleitesía. Nada más asombroso, en este laberinto de torres y teléfonos, taxis y alcantarillas, derroche y humo, que la foresta de Central Park, proa verde que en el Boathouse ofrece un mirador privilegiado.

Y claro, la casa de Carrie, en el número 245 de la 73, entre Park y Madison: o lo que es lo mismo, en el Upper East Side, océano de porteros con librea, berlinas mayúsculas y, sorpresa, comercios tradicionales que subsisten entre la marejada.

Sin olvidar, por cierto, el puente de Brooklyn, que cumple 125 años, protagonista de una de las escenas claves de la película y balconada mágica del skyline, desde los ventisqueros huérfanos del downtown, imposible sustraerse al hueco que dejaron las Torres Gemelas, y hasta la mole brumosa del Empire State o el mercurio líquido del Chrysler.