Paisaje budista, corazón hindú

A apenas unos kilómetros del centro de Katmandú, se levanta sobre una meseta la pequeña ciudad de Patan, quizá la más antigua del valle. Aunque en la actualidad se encuentra sólo separada de Katmandú por el curso del río Bagmati, este antiguo reino, posee una tradición artística extraordinaria.


Francisco López-Seivane

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Actualizado miércoles 07/01/2009 16:53 horas

Aunque cerca del noventa por ciento de la población se declara hindú, el budismo tiene una presencia extraordinaria en Nepal, reflejada en sus numerosos templos, monasterios y estupas. La más antigua y venerada de todas se encuentra en lo alto de la colina de Swayambhu, al oeste de la ciudad, a la que se accede por un largo tramo de escaleras jalonado de mendigos y vendedores. Vale la pena subirlas, aunque no sea más que por la espléndida vista del valle que se divisa desde lo alto.

Erigida en los primeros tiempos del budismo, hace más de 2.500 años, fue destruida en el siglo XIII por una invasión musulmana y reconstruida en el XV. Llama la atención la gran cantidad de dioses hindúes que presiden los numerosos altares cuando es sabido que el budismo es una religión sin dios. De hecho, entre las numerosas chaitias o pequeños panteones que se agrupan por doquier, hay muchas adornadas con figuras divinas y otras no.

Se dice que Gautama Buda, nacido príncipe en el reino de Lumbini, no muy lejos de Katmandú, visitó Patan en una ocasión y elevó a los humildes herreros a la categoría de orfebres y plateros, dándoles el nombre de su propio clan, los sankhya. Sin embargo, el budismo no caló en Nepal, como tampoco lo hizo en la India, hasta que no lo trajeron los tibetanos. En Bodhnath, al este de la ciudad, los emigrantes tibetanos levantaron la mayor estupa del mundo. En forma de mandala escalonada en terrazas, su imponente geometría se va elevando hasta proyectar al cielo una gigantesca cúspide dorada. Alrededor de la estupa, un círculo de casas, hoteles y comercios tibetanos cierran uno de los lugares más atractivos y singulares del Valle.

Las dos caras de una misma ciudad

En términos generales, puede decirse que los templos budistas copan las colinas mientras los hindúes ocupan el corazón de las ciudades, siendo tanto lugar de adoración como centro de encuentro social. La excepción, sin embargo, la encontramos en Pasupatinath, un inmenso templo sivaita del siglo XVII que ocupa ambos márgenes del sagrado río Bagmati y que algunos consideran el Benarés de Nepal porque allí se efectúan la mayoría de las cremaciones de Katmandú. Sólo los hindúes pueden entrar en su sancta sanctorum, el templo original al que no se le permitió el paso ni siquiera a Sonia Ghandi, que tuvo que esperar fuera a que su marido terminara la visita.

Patan. Nepal

Las deidades hindúes adornan cada rincón de la ciudad. / FLS

A lo largo de los ghats, o escalones que jalonan el río, hay una doble ringlera de plataformas destinadas a la cremación de cadáveres, un auténtico espectáculo al que nunca falta público. Las que se encuentran a la derecha del puente son para el pueblo y las que quedan a la izquierda, aguas arriba, están reservadas para la nobleza. A apenas unos kilómetros del centro de Katmandú, se levanta sobre una meseta la pequeña ciudad de Patan, quizá la más antigua del valle y, según algunos estudiosos, primer asentamiento de los kiratis.

Aunque en la práctica Patan está sólo separada de Katmandú por el curso del río Bagmati y se puede hablar de dos sectores de una misma ciudad, este antiguo reino, hoy Patrimonio de la Humanidad, posee una tradición artística extraordinaria que ha dado los mayores y mejores talentos del país. Se dice que la ciudad fue diseñada de acuerdo con el Dharma Chakra (la rueda del deber de los budistas) y cada uno de sus puntos cardinales está marcado por una estupa construida hace unos 2.500 años.

Patan alberga más de 1.200 monumentos budistas de distintas formas y tamaños y, como todas las ciudades del Valle, posee una extraordinaria Durbar Square, donde exquisitos templos hindúes de piedra contrastan con los rojos ladrillos del Palacio Real y los tejados de las pagodas budistas. Pero en Nepal nunca se sabe, ya que las religiones están tan ntremezcladas que no es extraño encontrar contradicciones. Tal es el caso del Kumbheshwor, un templo de la época de los Malla dedicado a Siva que, sin embargo, es una de las dos únicas pagodas del país que suma cinco tejados superpuestos.

La kumari, una niña-diosa

Patan. Nepal

Los templos hindúes ocupan el corazón de las ciudades. / FLS

Otro ejemplo de singularidad es el de la kumari de Patan que, al contrario de la de Katmandú, vive en su casa como una niña normal y sólo ejerce de diosa virgen en determinados festivales religiosos. Lo más destacado del espléndido Palacio Real de Patan son sus tres patios interiores o chowks. En uno de ellos puede admirarse un remarcable templo octogonal de tres plantas construido en el siglo XVII por Sri Nivas, un rey de la dinastía de los Mallas, pero es el magistral conjunto de esculturas de piedra en el centro del siguiente patio, conocido como el Baño Real, el que me despierta mayor interés por su extraordinaria belleza.

Agobiado por Siva y Buda, los templos, el cortejo de incansables vendedores que se pegan como moscas a tu alrededor, repitiendo sin fin los tres mantras que se saben en español y la turba de turistas que hormiguean por Durbar Square, decidí una mañana perderme por las callejuelas que se alejan del hervor. Pero en Patan se puede huir de todo menos de Buda. Apenas llevaba diez minutos caminando por las abigarradas callejuelas cuando me di de bruces con el Mahabuda, una obra maestra de la arquitectura nepalí del siglo XIV que contiene miles de imágenes del Buda grabadas en sus paredes de arcilla y ladrillo. ¡No quieres taza, toma taza y media!

El encuentro, fortuito, me impulsó a cambiar la dirección de mis pasos y dirigirme hacia el oeste buscando el borde de la meseta para oxigenarme con la contemplación del valle. Resulta que ese mirador fue uno de los puntos estratégicos elegidos por el emperador Ashoka para plantar la pequeña estupa de Pulchowk, que allí está todavía, dos mil quinientos años después, delante del Mahavihar, un edificio rojo con pequeñas ventanas de madera construido en el siglo VI para albergar ¡una pequeña estatua de Buda!

 
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