Un recorrido por la Kenia colonial de principios del siglo XX desde la mirada reciente, con paradas que, todavía hoy, son obligatorias para el viajero, como la procesión de ñus en terreno masai y la ristra de flamencos rosas en el lago Nakuru. Robert Redford y Meryl Streep supieron inmortalizar cada paisaje en la mítica película sobre la vida de la baronesa Karen Blixen.
La primera vez que le pillen, una multa de 2.000 shillings (unos 30 dólares). La segunda, seis meses en la cárcel. Nada de medias tintas para los adictos al tabaco en Nairobi, donde fumar en la calle está prohibido. Los afectados no tienen más opción que refugiarse en las escasas smoking areas que salpican la capital keniana para darle al cigarrillo.
Por eso, resulta extraño contemplar a un grupo de hombres (lo de que ellas fumen no está bien visto) con pinta de oficinistas deambulando por un reducido espacio semivallado en medio de una céntrica avenida. "¿Qué hacen? ¿Qué les pasa?", es lo que viene a la mente. "Fumar", responde una lugareña. "En el resto de la calle está prohibido". No lo está, sin embargo, en los pubs, una de tantas paradojas instaladas en este país del África oriental, atravesado por la ecuador, con más de 35 millones de habitantes, 29 reservas naturales y claras reminiscencias británicas en cada esquina.
No en vano, Kenia fue una colonia inglesa hasta 1963. Y eso se advierte en la puntualidad, la forma de conducir por la izquierda (mil veces más caótica aquí) o los hábitos alimenticios (aunque una botella de agua es más cara que una coca-cola). Basta entrar en un supermercado y ver cómo los cereales Weetabix, las infinitas marcas de té y las gigantescas muffins se amontonan en los estantes. Eso sí, junto a arcaicos VHS y cintas de cassette de las de toda la vida.
Así es Nairobi en la actualidad. Nada que ver con la ciudad que atravesaba Meryl Streep (o la baronesa Karen Blixen) en la legendaria película Memorias de África en busca de un crédito con que afrontar las deudas de su plantación de café. Para trabajar en ella llegaría desde Dinamarca a principios del siglo XX, siendo el inicio de una aventura que plasmaría después en su novela autobiográfica bajo el seudónimo de Isak Dinesen. El desaparecido Sydney Pollack se encargó de llevarla al cine, siempre con la silueta de los montes Ngong como encuadre de la historia de amor entre Blixen y el cazador Denys Finch Hatton (o Robert Redford).
La casa en la que compartían charlas, copas de vino, trifulcas y besos es hoy un museo en el residencial barrio de Karen (llamado así en su honor), a las afueras de Nairobi. Los chalets ajardinados se codean con colegios privados, clínicas dentales y coches lujosos sólo al alcance de un reducidísimo porcentaje de la población. Uno de tantos contrastes en un país que igual sorprende por sus impresionantes atardeceres rodeados de leones, búfalos y gacelas en medio de la sabana que por tener un Gobierno con más de 40 ministros.
La situación no ha cambiado tanto desde los tiempos en que los hijos de los trabajadores negros de la hacienda de Karen recibían clases de inglés sobre el mundo inglés con un profesor inglés. "G de golf", aprenden los críos en la cinta mientras los amigos cazadores de la danesa recorren a sus anchas la finca.
Los safaris (viaje en swahili) siguen siendo la principal atracción para los turistas que eligen Kenia como destino, igual que ocurría con los aventureros, intelectuales y oportunistas en época de la colonia. Sólo que la cacería de ahora es fotográfica y la de antes, real (la caza es ilegal desde 1977). Un buen sitio para los safaristas es el Parque Nacional Aberdare, entre páramos semiocultos, bosques frondosos y vegetación alpina. Allí, con un poco de paciencia, podrán disparar a búfalos, antílopes, halcones, rinocerontes... O leones, como tuvo que hacer la propia Karen ante la aparición sorpresiva del animal. Por suerte, le acompañaba Denys. ¿Recuerda la escena en la que le limpia la sangre de un labio con su pañuelo?
Si la ruta en 4x4 se hace por la Reserva Masai Mara, al suroeste del país, mejor en los meses de julio y agosto. Entonces, más de un millón de ñus seguidos de miles de cebras emigran desde el Parque Nacional de Serengeti, en Tanzania, hasta esta reserva en busca de agua y pastos. La vuelta es en octubre. Hasta entonces, los avispados depredadores (leones y leopardos en su mayoría) no tendrán que preocuparse por su sustento diario: siempre hay algo que acechar durante la migración.
La procesión de ñus queda inmortalizada espectacularmente desde las alturas en la película, cuando los dos protagonistas realizan su primer viaje en aquella avioneta amarilla mientras suena la memorable banda sonora que le valiera un Oscar. Instantes antes, la pareja atraviesa la impresionante Cascada Thomson en Nyahururu, el pueblo más alto de Kenia.
Y, después, el lago Nakuru y su interminable bandada de flamencos rosas, que tanto sorprende a Karen. Por miles se cuentan los que se alimentan de las algas en este pantano alcalino.
El terreno masai es uno de los mejores para enfrentarse a los Cinco Grandes de África (león, leopardo, elefante, rinoceronte y búfalo), los animales más difíciles de atrapar, como atestiguan los propios cazadores. Cualquiera de estas fieras puede aparecer ante el todoterreno (o debajo del globo, que también hay safaris de este tipo) durante la travesía.
Los elefantes son los que más temen a la tribu masai, que se mueve holgada por este territorio. Compuesta por pastores nómadas y atléticos de costumbres ancestrales (poligamia, alimentación a base de sangre, cereales y leche, alargamiento de las orejas como símbolo de belleza...), demuestran su virilidad atacando a los elefantes. Por ello, en cuanto huelen una prenda suya, intentan emprender la huida.
Pero no sólo los temen los elefantes. De su condición guerrera y orgullosa da fe Memorias de África cuando Karen se pierde en la sabana con su cohorte de empleados. Ven a lo lejos a varios masai y el miedo se apodera de ellos. Redford también los describe como gente de espíritu libre y curioso sentido del tiempo: sólo saben vivir en el presente. Por eso, su criado masai muere de impotencia en la cárcel al no poder concebir que un día saldrá, como le cuenta a Karen en una de tantas secuencias idílicas. Y, mientras, de fondo, el paisaje de la sabana, siempre rociada de acacias doradas.
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